sábado, 15 de febrero de 2014

Anécdotas de barcos: Threshold Limit Value



Threshold Limit Value:
                El Stewart zarpó de Buenos Aires durante un invierno de mediados de los ´80, cargado, para sorpresa del tipo, con dos tanques completos de vino tinto a granel de primerísima calidad.
                Una de las diferencias de emblemas entre la Marina Mercante y la Marina de Guerra es que, donde la de Guerra pone un sol aguerrido sobre el escudo nacional, la Mercante lo blasona con el caduceo de Hermes. (Demás está aclararlo, el caduceo era ese palito con alas y dos espirales opuestos enroscados alrededor, que venía a ser la credencial de correo de Zeus que enarbolaba Hermes) Hermes era el dios del comercio, y el Stewart, si uno lo miraba bien, era un buque que realmente parecía concebido y diseñado por un dios semejante. Poseía la versatilidad de transportar todo tipo de mercaderías, de cambiar de artículos sin demasiado cambio de configuración, y de satisfacer todos los imprevistos y requerimientos que comerciantes y productores pudiesen proponerle. No había desafío imposible. ¿Querían llevar cereales o minerales a granel? Se sacaban los entrepuentes de las bodegas secas y se transportaba. ¿Querían llevar chiquicientos mil pallets, cajas, bultos, bolsas y paquetes diversos? Se ponían los entrepuentes y cada bodega se volvía un almacén de tres pisos de alto y casi 9000 m2 por piso ¿Querían llevar carne congelada, pescado congelado, corderos enteros o pollos a rajabonete? Tenía su bodega frigorífica, una cosa casi tan grande como un estacionamiento de tres pisos donde todos esos finaditos podían viajar a 25º bajo cero por el Ecuador. ¿Contaìners?... Bueno, si, había que reconocer que los contáiners eran un problema, pero así y todo se podían apilar de alguna manera sobre cubierta (“de alguna manera” quiere decir de la forma en que se acomodarían cosas cuadradas y planas en una cubierta curvada en las tres dimensiones del espacio. No era lindo, pero servía).  ¿Querían llevar aceite de girasol, o de lino, o de maíz? Tenía sus dos tanques de carga líquida y sus correspondientes bombas ¿Sebo en vez de aceite? No había problema: las paredes y el piso de esos tanques tenían una especie de tubería de calefón por la que se hacía circular vapor y mantenía a la grasa líquida y bombeable.
                Si los mercaderes levantinos que cruzaban los desiertos en caravanas de camellos hubiesen podido soñar un barco, hubiesen soñado con el Stewart.
                Pues bien, aquella vez fue vino. Se lavaron los tanques al estándar de un quirófano, se pintaron con una pintura epoxi esmaltada, se cargaron con el mágico elixir, y se inertizaron con una capa no se sabía si de nitrógeno o de anhídrido carbónico para evitar la emisión de gases y el riesgo de explosión. Por supuesto, también se precintaron y erizaron de candados todas las tapas, accesos, agujeros y venteos, y sólo se dejó librada a su suerte la boca de un tubo de sonda por el cual se verificaba, cada tanto, que no hubiese ingreso alguno de agua o merma de producto.
                Como Hermes también es el dios de los ladrones (y dice mucho de los griegos el que, para ellos, no hubiese mucha contradicción entre ambas advocaciones), y como todo lo gratis tiene una fascinación infantil para el marino, y como también, seamos honestos, el vino siempre tuvo su encanto, aquellos ingresos vedados fueron un desafío irritante durante toda la travesía. Eran una provocación, de hecho, y hubiese sido más que humano aquel que jamás hubiese especulado, al menos teóricamente, sobre algún método de acceder al tanque y sacar algo de él. Muchos lo intentaron, de hecho, pero pronto se hizo evidente que el cargador del vino también conocía el simbolismo del caduceo y la astucia de los navegantes: por más que se recurrió a la inventiva de los mejores y se apeló a la creatividad de los más astutos, no se logró dar con otro método que el bajar por el tubo de sonda un tubo de ¾”, ciego en un extremo, de metro y medio de largo (más no se podía porque tocaba con el techo y no se podía sacar del tubo de sonda). La cantidad obtenida era absurda, y sólo servía para tantalizar y enardecer más a los sedientos saqueadores.
                (Si, es verdad, una bombita portátil podría haber sacado más cantidad. Pero debe recordarse que todas estas maniobras eran secretas, prohibidas y peligrosas. Nadie del comando del buque las avalaba, y el somelier a quien descubrieran “catando” la carga podía ser severamente sancionado. Era este riesgo, precisamente, el que más realzaba el bouquet de aquel vino).
                La carga llegó prácticamente virgen a su destino, Rijeka, un delicioso puerto yugoeslavo.
                El tipo estaba franco aquel día, y junto con el tercer oficial de máquinas habían planeado viajar hasta las grutas de Postumia. Cuando estuvieron listos a salir pudieron ver desde la planchada las empinadas laderas de la vieja ciudad, el azul esmaltado del adriático y, bajo un solazo de justicia, el muelle ocupado por una formación ferroviaria compuesta exclusivamente de negros vagones tanques. La locomotora esperaba detenida casi junto a la planchada, y el fin de la formación se perdía allá a lo lejos, en la línea del muelle.
                Una grúa de puerto sostenía la serpiente muerta de la manguera de carga (algo parecido al cuello de un brontosaurio, de casi veinte centímetros de diámetro y amplias y negras curvas), pero las bombas del buque aún no habían empezado a hacer latir por ellas la sangre de Dionisos. A pesar de ello, una pequeña embajada de tripulantes ya se había acercado al yugoeslavo encargado de dar las señales de inicio y parada de la bomba que, sentado a horcajadas del primer vagón, debía acomodar la manguera en aquel agujero, indicar el inicio de la carga, y cortarla poco antes de llenar del todo el tanque. Los muchachos de a bordo le enseñaban el Símbolo Universal de Voluntad de Transacción (el cartón de Marlboro), y le explicaban, medio en italiano, medio en español, medio en portugués y medio en inglés    –en barquero básico, dicho en otras palabras- que deseaban adquirir algo de aquel líquido por el que habían penado tanto durante el viaje.
                El tipo pudo oír, incluso alejándose de allí, la indignada negativa del yugoeslavo. Se dio vuelta a mirarlo y le impresionó aquel gesto altivo, honrado y orgulloso, que hasta entonces sólo había visto en los obreros de los afiches del partido comunista. El Pueblo y el Partido habían confiado en aquel hombre la integridad de la carga, y él iba a defenderla con su honor y con su vida, de ser necesario. Y no había SUVT que valga.
                El tipo y su colega pasaron el día en Postumia (cosas que sólo se conocen navegando, parece, y que merecen un capítulo aparte) y volvió cuando ya el sol estaba empezando a recostar la cabeza en el mar. Las cosas, parecía, habían cambiado algo.
                El proceso de carga no, claro. La cosa seguía igual que como había empezado: como el barco no podía moverse, ni la manguera tenía tanta amplitud de maniobra, el que se movía era el tren. El Héroe Proletario cargaba el tanque, avisaba que estaba listo, cerraba la tapa, bajaba y, cuando la locomotora avanzaba unos metros y volvía a detenerse, subía al nuevo vagón vacío, abría la tapa y empezaba de nuevo.
                Así todo el día, bajo el mismo solazo, el mismo yugoeslavo.
                Pero hete aquí que, ya fuese por un error conjunto de los amarradores del puerto y del Partido, o por un guiño amistoso de Hermes y Dionisos, a nadie pareció ocurrírsele que el efecto de inertizado de los tanques iba a durar, cuando se empezase a bombear a tanque abierto, lo que el proverbial pedo en un canasto, ni que el calor y el negro de la manguera iban a llevar al alcohol del vino a la temperatura de inflamación, ni tampoco que hasta el más patriótico camarada socialista se aloca un poquito después de respirar el espíritu de Mendoza durante diez horas seguidas.
                El mismo rubio pálido que había rechazado con un gesto de “¡Jamás!” la ofrenda del cartón de Marlboro, había aceptado aquel precio por llenar algunas botellitas cuando, más rosadito él, el sol de la mañana bailaba en los vapores etílicos que lo rodeaban. Cuanto más fuerte pegaba el chorro de la manguera en el fondo de cada nuevo tanque vacío, cuanto más caliente se ponía el producto, más viraban al rojo la piel y la nariz del cargador, y menos exigente se tornaba con su tarifa. Para el mediodía, contaban, un solo paquete ya compraba un bidón de cinco litros. A media tarde, paquetes y cartones quedaban tirados por el piso, y aquel bondadoso obrero descuidaba negligentemente su botín a fin de poder concentrarse en la delicada tarea de no caerse por la escalerilla del vagón cuando subía o bajaba de éste.
                Cuando el tipo llegó a bordo lo vio montado sobre el vagón con el mismo precario equilibrio con que algunos descerebrados norteamericanos montan a los toros. Tenía la nuca y la cara rojas como cogote de pavo, y saludaba estúpidamente a todo argentino que se le cruzase. Hay que aclarar, de paso,  que había muchos argentinos cerca. El buque completo, de hecho, rodeaba la operación de carga y vitoreaba al hermano yugoeslavo (cosa que este agradecía con todo sentimiento, riendo a carcajadas y llorando un poquito de vez en cuando). Una fila que operaba con la disciplina de hormigas cortadoras iba y venía desde el vagón al casillaje del buque, cruzándose en los escasos 80 cms de ancho de la planchada con precisión y rapidez. Todos acarreaban envases; llenos los que subían, vacíos los que bajaban. Todo un original de Jan Sanders.

                El tipo nunca supo qué fue del yugoeslavo, o tan siquiera si llegó a terminar la operación. El buque zarpó a la noche, y todos sentían la satisfacción de una tarea bien hecha. No quedó a bordo (como se pudo comprobar después) ningún envase vacío que no se hubiese completado a rebalsar con aquel producto de exportación. Baldes, palanganas, jarras de agua (¡Jarras de agua, nada menos!), bidones, botellas, frascos…hasta los vasos fueron usados para liberar los últimos recipientes y volver a cargarlos de nuevo (Esos vasos fueron los primeros en ser consumidos, por supuesto. En cuanto a la afirmación de que hasta las cucharas soperas fueron cargadas a tal fin, el tipo está casi seguro de que es falsa). E incluso, como se descubrió más tarde para indignación y queja de los jefes de sección, algunos bidones que no estaban vacios fueron desalojados de su aburrido contenido, lavados a consciencia, y alcanzados al hermano yugoeslavo. El principio de que la necesidad no es excusa fue presentado durante varios días contra aquel de que donde hay una necesidad hay un derecho, pero, no pudiéndose señalar ningún culpable en particular, la cosa no pasó nunca más allá de ser una controversia ética.
                El resto del viaje, vale la pena resaltar,  fue una amena y amable travesía, donde todo el mundo convidaba de lo suyo sin egoísmo, donde nadie, jamás, abusó ni perdió el control de sus actos y dichos, y donde se hizo todo lo posible por lograr que el desembarco y repatriación del producto en tierra argentina implicase el menor volumen posible.
                Y hoy en día, cuando los profetas airados de la política de alcohol cero callan fanáticamente el hecho de que los accidentes no han disminuido casi nada desde que lograron instalar abordo esa medida fundamentalista, el tipo recuerda aquel viaje sano y perfecto del Stewart y se rasca pensativo la cabeza.



Anécdotas de barco: Guadalupe



Guadalupe:

                Antes de la imposición mundial del ISPS (para los que no lo saben, la sigla vale por Imbecile Sindrome of the Paranoid States) los puertos eran lugares que podían visitarse. De hecho, y aunque hoy en día parezca increíble a las nuevas generaciones, los marinos teníamos casi tanto derecho a que nos visiten nuestras familias como el que gozan los criminales más peligrosos (Hoy, por supuesto, eso ya no es así: una madre que cene con vos o una esposa que te acompañe una noche pueden significar la derrota final en la lucha internacional contra el terrorismo).
                Esto era así en todo el mundo (bueno, tras la cortina de hierro no, pero eso no se debía a que estuvieras en el puerto o a que fueses marino: allí todo estaba prohibido, en todos lados), y eso permitía, también, que mucha gente se ganase la vida de diferentes maneras. El barquero siempre necesita cosas, y a veces no dispone del tiempo de ir por ellas, así que los vendedores de electrónica de Los Ángeles, los artesanos de Port Said, los escultores de chucherías de Dakar, los tejedores de Guayaquil, y otros tantos de tantas razas y tantos idiomas, hacían sus pesitos vendiéndonos cosas, y nosotros disfrutábamos chusmeando, mirando y comprándoselas. Y todos contentos.
                Las mujeres también tenían su nicho en esta economía. Y no sólo en ese aspecto que sin duda ustedes, perversos de mente sucia, ya deben haber anticipado, sino en muchos otros más esforzados y menos amenos. Había lavanderas y había costureras, y si bien a veces la línea entre esos oficios y el otro era media gris, y no era raro que alguna de las señoritas cambiase de oficio entre una lavada y una planchada, había muchas mujeres –ancianas ellas- que lograban sobrevivir con el esfuerzo de sus ojos cansados y de sus agujas sabias. Y de los barqueros que no sabían (o no querían) coser ni remendar.
                En Veracruz subían varias, y ya eran viejas conocidas. La mayor de todas era, también, la más hábil y prolija en su costura, así que no era raro que se le reservasen pantalones comprados en Estados Unidos para dobladillar o ajustar. Pegaba botones, zurcía rotos en prendas finas y, cuando el tiempo de estancia en puerto del barco lo permitía, se llevaba una canasta con ropa sucia y la devolvía lavadita y planchada.
                El capitán del Misiones II había comprado un traje (uno bueno) en Nueva Orleans, y le había dado a esta anciana los pantalones para que les hiciera el dobladillo. Se los dio apenas llegaron a puerto, y dos días después, cuando el buque estaba ya a punto de zarpar, recordó que no los había pagado ni recogido. Así que empezó a buscarla.
                En el comedor de oficiales (al fresco y oscurito) el Tipo y dos compinches más compartían un café con las viejitas. Charlaban y charlaban, intercambiando chistes con acento mexicano con bromas de acento porteño, y totalmente indiferentes (por no estar de guardia) al apuro y las corridas usuales previas a la zarpada.
                Por la puerta doble de cristales, cada tanto, veían pasar apurado al capitán. Subía y bajaba las escaleras nervioso (como cuando falta un papel o un tripulante, o algo anda mal con la carga), y volvía a pasar por el pasillo. Minutos después empezaron a preocuparse, porque seguía con aquellos angustiosos recorridos, pero esta vez a los gritos de -¡Guadalupe! ¡Guadalupe!-
                ¿Quién sería Guadalupe?, se preguntaban en el comedor. Las mexicanas se encogían de hombros, perplejas: ninguna Guadalupe había venido con ellas aquella vez.
                Y -¡Guadalupe, Guadalupe! ¡¿Dónde estás, carájo?!- otra vez, escaleras arriba y escaleras abajo. Hasta que, finalmente, vio a las viejitas en el comedor charlando con el tipo y los demás. Se vino como una tromba -¡Pero, Guadalupe, carájo! ¡Ya nos vamos, y todavía no me diste los pantalones ni te los pagué!
                ¡¿Por qué no viniste?! ¿No escuchás que te estoy llamando a los gritos por todos los pasillos?-
                La más anciana de las costureras se llevó la mano a la boca, consternada, y le respondió (y esta parte hay que leerla imaginando el acento mexicano) -¡disculpe, capitán, disculpe! ¡No sabía que me buscaba a mí! ¡Yo no me llamo Guadalupe: me llamo Socorro!-
                Fue entonces cuando el tipo descubrió la velocidad y la cintura de aquel capitán, ya que sin dudarlo ni pensarlo, éste le respondió –Ya sé, ya sé. Pero tenés que entender: yo soy el capitán.
                ¿Te imaginás el kilombo que se puede armar si empiezo a correr por los pasillos gritando “¡Socorro, Socorro, Socorro!”?-

Anécdotas barqueras: ambigüedad de un dios africano



Ambigüedad de un dios africano

                El tipo embarcó de segundo maquinista en el Río Olivia. Como de costumbre, salió a la calle con un tenedor en plena lluvia de sopa: el Olivia venía haciendo hasta entonces lo mejor del Mediterráneo pero, justo justo cuando lo llaman a él, van y lo cambian de línea al Mar del Norte. A Helsinki y a Leningrado. En diciembre y enero.
                Extraños males y compromisos repentinos parecieron plagar misteriosamente y de improviso a los bronceados tripulantes efectivos de aquel barco, de modo que, a la hora de emprender la aventura por los hielos y las crueles temperaturas del círculo polar ártico, todos se vieron impedidos de embarcar. Una tripulación casi completa de nuevos relevos se hizo presente a bordo pocos días antes de la zarpada (chupándose ansiosamente sus pulgares derechos) mientras los efectivos, libreta en mano, se alejaban del dique 2 desprendiendo adoquines con las aceleradas de sus autos.
                Al tipo le gustó el barco, le gustó el camarote y le gustó la máquina. En la consola se encontró con un engrasador amigo, conocido de varios viajes y buques anteriores quien, ante su consulta sobre qué tipo de buque era aquel, se lo explicó de acuerdo a su particular método de obtener primeras impresiones de nuevos buques. Aquel método (un sistema matemático al que podríamos llamar el “método Guerrero”) consistía simplemente en contar los asientos disponibles en la consola de máquinas. “Uno” delataba sin dudas un barco severo y reglamentarista (“buchón” fue en realidad la expresión coloquial elegida por el engrasador). Durante las guardias sólo el oficial de guardia tenía derecho a sentarse, mientras que, durante las maniobras, únicamente el Jefe podía tomar asiento, debiendo el oficial permanecer de pié y el auxiliar, por supuesto, afuera y entre los motores. “Dos” era aceptable (el equipo de dos de la guardia podía sentarse en navegación), pero el auxiliar debía salir de la consola o permanecer de pié para ceder el asiento al jefe durante las maniobras. “Tres” garantizaba un jefe democrático que no veía inconvenientes en compartir la consola con la guardia. Cuatro o cinco ya incluían a mecánico y electricista en ameno coloquio con oficiales y engrasador. En un mudo gesto de satisfacción, el engrasador le señaló al tipo que el Olivia tenía dos largos bancos en la consola, contando, por tanto, con capacidad para ocho pasajeros sentados. Y dos sillones más.
                Más tranquilo respecto al clima de a bordo, el tipo fue a instalarse en su camarote. De acuerdo a una rutina personal que había aprendido a respetar luego de algún que otro disgustillo con mercaderías indeseables escondidas, lo dio vuelta y lo revisó cajón por cajón y puerta por puerta, dando vuelta el colchón y buscando puertitas secretas o mamparos flojos.
                Sobre la taquilla, bien al fondo, se encontró una de esas caras alargadas que se tallan en los hombros de las ramas del banano, y que son tan populares tanto en Brasil como en África. Ésta en particular parecía haber sido hecha por un nativo particularmente torpe, o con un concepto bastante satánico sobre lo que debe contener un rostro humano (no importa cuán estilizado esté tratando de hacerlo), o simplemente demasiado borracho como para darse cuenta del horror que estaba haciendo para vender a los turistas. Informado el ocupante previo del camarote del hallazgo, e invitado a recuperar aquella obra de arte olvidada, despreocupadamente invitó al tipo a quedársela si así lo deseaba o a tirarla a la mierda si así le pluguiese. No recordaba porqué le había parecido buena idea comprarla en su momento pero hoy, a la luz del día y de la sobriedad, era evidente que el único lugar que se podía adornar con aquello era el limoso fondo del Plata. Aquella deidad quedó, entonces, tirada en el fondo de un cajón en espera de su destino. Camisetas, calzoncillos, pantalones y abrigos fueron sepultándola cada vez más, y no fue sino hasta ya bien pasado el Ecuador que el tipo se la volvió a encontrar.
                Ahora bien: aunque muchos hoy en día lo encuentren difícil de creer, ya en aquellos tiempos existían mitos y supersticiones que luego, con el advenimiento del ISM y los sistemas de gestión, adquirieron status de postulados irrefutables o de verdades dogmáticas. La fe ciega en el poder mágico de los textos adheridos en los mamparos (análoga a las máquinas de rezar budistas, a los rezos quemados en tiritas de papel para que se eleven a los dioses, o a las maldiciones pintadas en las entradas de las tumbas egipcias) ya incordiaba la vida de los marinos mucho antes de que el cuerpo místico del ISM nos metiera en la cabeza la peregrina idea de que la gente realmente va a hacer (incluso hasta a leer) lo que se pegue en los mamparos. Se usaban unos coquetos marquitos de madera, protegidos por vidrios delgados y, si vamos a eso, la única diferencia con los hechizos y encantamientos actuales era que aquellos se escribían con la Olivetti en vez de imprimirse con la Epson.
                Una semana o cosa así después de haber zarpado, el tipo encontró uno de estos gualichos institucionales, lo descolgó, lo vació de su texto inútil, y se puso a pensar de qué forma se podía hacer que toda aquella manufactura cumpliera alguna función útil. Miró la talla africana, miró el marquito, volvió a mirar la talla… y un nuevo ser sobrenatural apareció en la tierra.
                Aquella noche, pasada la medianoche (no por cuestiones supersticiosas, sino porque su guardia empezaba a esa hora) colgó la talla en el cuarto de control de máquinas, exactamente sobre el pupitre de comando del motor. Como era demasiado larga para caber verticalmente la tuvo que instalar inclinada sobre el espectador (el mentón contra el mamparo, la alta y cornuda frente encajada contra el techo pero a unos treinta centímetros del borde) de modo tal que aquel esperpento parecía cernirse amenazador sobre cualquiera que se pusiese de pié frente a los controles. Junto a ella, y sobre el armario de instrumentos de control, colgó el cuadrito con el siguiente texto:
“Este que veis aquí es el dios MINGAWAMPA.
Mingawampa protege el honor y la fidelidad de la negra que quedó sola en la choza, allá en la aldea.
Mingawampa te asegura muchas horas extras y mucha plata de tareas mecánicas.
Mingawampa sólo exige que, en el lugar que se ha consagrado como su templo (la consola) se cumpla con el sacrificio que desde siempre se le ha brindado en lo profundo de las selvas africanas. Mientras se esté en su templo, siempre, y durante todo el tiempo, se debe tener una sonrisa en la boca.
O si no…”

                El chiste suscitó muchas carcajadas al día siguiente (cuando los otros oficiales, engrasadores, mecánicos, electricistas y limpiadores fueron cayendo para realizar sus tareas), y también algo muy curioso cuyo origen no quedó nunca muy en claro. La cosa fue que aquello, que empezó como un sonreír para hacer la gracia de fingir que se cumplía con el sacrificio a Mingawampa, fue convirtiéndose poco a poco en una costumbre del barco. No se sabe bien si fue por seguir la rutina de un chiste, o si fue por encontrar que las relaciones entre compañeros eran mucho más sencillas si todos se comprometían a sostener sus sonrisas, o si quizás fue por simple y espontáneo contagio, o si (como algunos cínicos sostenían) por miedo a que Mingawampa dejase de cuidar que la negra de la aldea se portase bien para con uno…pero la cosa fue que durante varias semanas fue normal que el que entrase al cuarto de control se calzase una ancha y brillante sonrisa en el rostro. Como nadie podía resistir aquellas muecas tan grotescas (hay caras que, simplemente, no fueron hechas para sonreír) la cosa inevitablemente producía hilaridad, y aquella risa reivindicaba la falsía de aquella primera mueca al transformarla en una verdadera y franca señal de alegría.
                Para cuando ocurrió aquel fatídico encuentro entre el Jefe y Mingawampa, la tripulación ya había inventado nuevas y originales formas de divertirse con el feo dios africano. Se le paraban delante y le hacían reverencias, hacían referencias entre ellos a cómo andarían las cosas allá en las aldeas del fondo de la selva africana (Berazategui y Villa Domínico eran un par de las más mentadas), y hasta hablaban francamente de negocios con el dios, insistiendo sobre los dólares a cobrar de divisa, los mangos por cada pistón y motor que se hacía por tarea mecánica, y el promedio alto de horas extra que se esperaba cobrar a fin de mes.
                Hasta que una tarde, en la primera maniobra de entrada a puerto, bajó el Jefe (eran otros tiempos, chicos. El Jefe bajaba -perfumado Zeus tonante- solamente a contemplar y legitimar las maniobras o a mirar desde su imponencia cómo su gente resolvía aquellos problemas que, por su gravedad, habían justificado suficientemente la audacia de llamarlo y de solicitar su comparecencia. El resto del tiempo moraba en las alturas, poderoso, olímpico y limpito)
                Empieza a maniobrar los controles del principal este Jefe y, concentrado en las maniobras y ocupado en leer instrumentos y escuchar respuestas de los equipos, no reparó en la talla hasta que, distraído, levantó en un momento la vista y pegó un salto atrás de puro asustado (Mingawampa, no sé si lo dejé bien en claro, era feísimo). Exaltado, empezó a rezongar, a putear y a exigir a los gritos que sacasen “aquello” de allí. Por supuesto, se le obedeció inmediatamente pero, en cuanto se lo vio un poco más aplacado, se le explicó que era un chiste sin ninguna otra intención que la de bromear un poco. El Tipo, que era en el fondo el responsable del Culto, se hizo entonces cargo de la humorada y trató de que el Jefe viera el humor del asunto. No lo vio. El Jefe estaba convencido de que ese tipo de máscaras traían mala suerte (mucha, rápida y despiadada), y exigió preocupado que se tirase inmediatamente por la borda aquella diabólica muestra de artesanía indígena.
                Como con el Jefe no se discutía (repito, chicos: eran otros tiempos…) allá fue Mingawampa a asustar a los peces de aquella región. Supongo que aún debe estar por ahí: era demasiado horrible como para que algo se lo comiese o para que el coral le creciese por encima.
                Y a partir de ese momento, y por causas que solo aquellos versados en lo sobrenatural se atreverían a explicar, una inexplicable racha de contratiempos entorpeció los trabajos y guardias de aquella sala de máquinas. Una irresoluble discusión teológica se inició, incluso, entre el tipo y el Jefe. El Jefe sostenía que todos los males y desgracias que ocurrían tenían origen en haber colocado la talla fatídica en el cuarto de control, mientras que el tipo (con una casuística igualmente irreprochable) se defendía aduciendo que la maldición provenía de haber iniciado a Mingawampa en el deporte del buceo. Las opiniones estaban divididas y, estando la posibilidad de experimentar con un desagravio al engendro africano para siempre lejos de ambos abogados, nunca se llegó a una conclusión definitiva.
                De todas formas, y aunque el Jefe nunca dio el brazo a torcer, el “culto de la sonrisa constante” persistió hasta fin de viaje, y no fueron pocos los que reconocieron que ayudó muchísimo a sobrellevar la nostalgia, el calor, el frío y los malos momentos.
                Que es lo máximo que la gente puede esperar, en el fondo, de cualquier religión.

Anécdotas de barcos



Las anécdotas son volátiles, como el alcohol, la nafta o el sueldo. No tienen vida útil asegurada ni previsible, y, una vez desvanecidas de la memoria colectiva, se exinguen irremisiblemente.
A fin de preservar algunas que viví a bordo (o que escuché y me gustaron) empecé a registrarlas, sin orden ni concierto, desde hace un tiempito. Como este blog no es otra cosa que una ingénua defensa contra el traspapelado y el olvido, las consigno aquí sin avalar su valor ni prometer placer alguno al lector.
Si le gustan los cuentos de barcos, acá le van algunos






El siguiente es un soneto que se compuso durante el primer viaje de cadetes del Rio Corrientes del año 1980. No es una transcripción literal (el original se extravió hace mucho) y la ilustración, si bien bastante fiel al espécimen descripto, fue reconstruida según los testimonios más fidedignos que se pudieron recabar. Es probable que el Animal Planet, el Discovery Channel y el National Geografic osen poner en duda la existencia del ser en cuestión, pero cualquier colega podrá dar fe, si no de su existencia, al menos sí las molestias infringidas a la gente de máquinas por el mismo y que permiten inferir, más allá de cualquier duda, su desagradable merodear por los pantoques.


EL MONSTRUO DE LA SENTINA NEGRA

Come estopa y bebe aceite,
bajo las planchas camina,
enchastrarse es el deleite
del Monstruo de la Sentina.

Si algo cae entre los caños
lo oculta en su cueva grasienta.
De malo, y por hacer daño,
te afana las herramientas.

Va y te tapa los pocetes
con óxido, juntas y trapos
y pa engranar los motores

se mea en los cojinetes.
Medio diablo y medio sapo…
¡Qué bicho e´mierda, señores!






                Al igual que con el Pie Grande, el Monstruo del Lago Ness, el Nahuelito, el Chupacabras y demás seres cuya existencia aún está en entredicho, es imperativo demostrar fehacientemente su existencia a la comunidad científica, de modo que se ruega a todos los oficiales de máquinas que puedan dar testimonio de sus experiencias personales, u ofrecer pruebas sobre esta criatura, las remitan a esta dirección, a fin de poder revelar al mundo la verdadera naturaleza de este engendro.
                Muchas gracias.