sábado, 15 de febrero de 2014

Anécdotas de barco: El ciclo del agua



El ciclo del agua:

                No todo es técnico en la técnica. Por herético que parezca, hay gente que opina que la sociología tiene mucho que ver con los resultados del mantenimiento. El tipo no puede opinar sobre fábricas, shoppings ni edificios, pero en lo que barcos respecta, tiene elementos de prueba contundentes.
                Ateniéndose estrictamente a la mejor tradición del método científico, sustenta sus conclusiones en la observación de dos sujetos de estudio que fueron creados exactamente iguales, mantenidos según las mismas líneas, por la misma Empresa, y durante el mismo número de años, con la sola y única diferencia de haber tenido diferentes jefes de máquinas. El tipo navegó en los dos, fue feliz en uno durante cuatro meses y envejeció miserablemente una vida entera durante los veinte días que navegó en el otro.
                Para quien no sepa mucho de barcos (porque hay de todo, ¿vieron?) ha de explicarse que a los barcos, por lo general, se los engendra en series. Una serie de barcos  está compuesta por un número x de hermanitos, parecidos hasta tomárselos casi por mellizos pero que, al igual que ocurre con esta excepción de la gestación humana, poseen leves diferencias en su código genético. Un caño más, una válvula menos, una bomba más arriba, el comedor de otro color, y cositas así. La serie que nos interesa estaba basada en un diseño de mucho éxito internacional,  que en nuestro país consistió en tres barcos construidos en astilleros argentinos, y cuyos nombres, para no herir susceptibilidades, no vamos a mencionar.
                Cuando el tipo embarcó en el menos venturoso de ellos tuvo, en su primer encuentro, una vislumbre de el clima imperante a bordo. Subió la planchada y, en cubierta principal, apoyado en la brazola y mirando soñadoramente el muelle, encontró un tripulante al que los protectores auditivos al cuello y la linterna en el bolsillo trasero del overall sindicaron inequívocamente como de máquinas. Saludó, se presentó, y supo que el otro era el engrasador de guardia.
                Dejar sola la sala de maquinas (generadores en marcha, alarmas sonando, bombas que podían descebarse, teléfonos pidiendo cosas, herramientas que podían robarse) no era bien visto, pero de vez en cuando la gente subía a tomar un poco de aire y uno trataba de hacer la vista gorda. El tipo subió a presentarse al Jefe y al Capitán, hizo los trámites de embarco, tomó posesión del camarote, se cambió y tomó la guardia. De camino a máquinas fue por afuera y, en cubierta principal y aún junto a la planchada, encontró al mismo engrasador. Un saludo sarcástico no hizo mella en el profundo contemplar el muelle de aquel sujeto y el tipo, para evitar conflictos así nomás y de entrada, decidió darle tiempo a recapacitar y a volver al trabajo.
                En máquinas era todo un caos, y tardó un rato largo en entender quién era quién, quién quería qué, qué taller arreglaba qué, y por qué el agua caliente salía fría y la fría no hacía acto de presencia. Todo estaba sucio, y había varias alarmas titilando en silencio y soledad.
                Hizo lo que pudo y subió para hablar un ratito con el maquinista que se desembarcaba antes de despedirse por un viaje. A la sombra de la cubierta de toldilla, fumando meditabundo y con el codo apoyado en la brazola en la mejor tradición gardeliana, el engrasador seguía su silencioso dejar pasar las horas al fresco.
                Al tipo se le subió la mostaza.
                Cuando terminó, y en vez de las disculpas y rápido descenso a máquinas que esperaba, recibió una sonrisa sorprendida del hombre. Estaba allí, le dijo, por orden estricta y directa del jefe de máquinas. Como el tipo era nuevo y no entendía para qué quería el jefe al único engrasador de guardia en la planchada, éste le explicó que la gente “no lo quería mucho” al jefe, y que este temía que se lo demostraran haciéndole algo malo al cero kilómetro que había estacionado bajo el alero del galpón, frente al buque. La función del engrasador, entonces, había pasado de la de ser el guardián de las máquinas del buque a la de cuidador del auto del jefe.
                El tipo entendió, entonces, y aunque mucho no le gustó, supo que no tenía más remedio que aceptarlo. Ya se volvía a sus cosas en máquinas cuando, intrigado, volvió a preguntarle algo al parsimonioso cuidador de autos.
                -¿Y si ves a alguien rayando el coche o rompiéndolo qué hacés? ¿Los peleás, llamás a la Prefectura, le avisás al jefe…?-
                El engrasador se tomó todo el tiempo del mundo en soltar el humo que había inhalado, miró sonriente al nuevo maquinista y le dijo –Yo me hago el bolúdo hasta que terminen…-
                Un jefe que no se hacía querer, que volvía un infierno la vida de todos los que trabajaban con él, conseguía inevitablemente que la gente que se sentía capaz de conseguir trabajo en otro lado se fuese del buque (Trabajo había, y con un poco de inteligencia, de responsabilidad y de esfuerzo se embarcaba con facilidad en cualquier lado) También, y como una consecuencia secundaria no deseada, se iba quedando con todos aquellos que no se podían ir porque sabían que difícilmente iban a poder quedar efectivos en ninguna parte que no estuviese bajo la tutela de psiquiatras, o de docentes especiales, o del servicio penitenciario. Poco a poco, y con una fatalidad darwiniana, su buque iba decantando la hez de la sección. Cada tanto, es cierto, le caía de relevo alguien capaz y voluntarioso, pero hasta el espíritu más emprendedor se la toma con calma cuando se encuentra con el abandono de varios años de “má si, qué mimporta”, y termina decidido a huir a la primera oportunidad.
                Los fierros, por supuesto, son los que lo sienten primero. Lo que no consigue la desidia lo termina de estropear la impericia y, si algo se escapa de este perverso movimiento de pinzas, la mala voluntad lo termina por apuñalar por la espalda de noche y cuando nadie la ve.
                Así el tipo, boquiabierto, se encontraba cada día con un problema nuevo, a cada cual peor, sin que nadie tuviese idea de por qué pasaba ni cómo se resolvía, sin herramientas ni planos ni circuitos, y con un clima alrededor del jefe de máquinas tan intenso y tan psicótico que de lo único que le quedaban ganas al final del día era de bañarse, meter la cabeza bajo la almohada y besar llorando los días que faltaban en el almanaque.
                Como un ejemplo de pizarrón de las cosas con que había que lidiar, se puede tomar por ejemplo el tema del agua en la cámara de congelados.
                Una tarde, estando en la consola, vio venir al primer maquinista con una expresión de perplejidad absoluta en su rostro. El pobre primero era compañero de escuela de él, y también  relevo-nuevo-inocente de aquel viaje, así que compartía con el tipo la ansiedad constante que producían las fallas disparatadas de aquel barco. Se entendía la pesadumbre, pero no la sorpresa (A aquella altura, la verdad, ambos habían perdido ya la capacidad de asombro). Ante la muda interrogación del tipo, se limitó a decirle –Vení-, darse la vuelta y salir.
                Al abrir la puerta de la cámara de carnes (El cuarto aislado térmicamente, forrado de chapa galvanizada y que, mantenido a doce o quince grados bajo cero, servía para almacenar el pescado, la carne, el helado y la manteca que habría de usar la cocina durante el viaje) una niebla densísima les ocultó el interior. Espesa como el humo de aceite quemado, se revolvía furiosa en la descarga del ventilador del evaporador.
                Los dos maquinistas se miraron. Y miraron el piso: de lado a lado, y hasta la falca, la cámara estaba inundada de agua.
                Agua caliente.
                -¿De dónde…?- empezó el tipo, pero se calló. Los hombros del otro se le habían subido casi hasta las orejas, y la cara de “andá a saber” que puso auguraba pocas respuestas.
                Bueno, hubo que traer baldes, gente, mangueras, trapos y, al cabo de unas dos horas de trabajo, aquella bañadera por fin había desagotado. Inmediatamente empezaron una inspección completa de mamparos, techos, piso, todo, en busca de algún lugar por donde estuviese llegando aquella agua caliente, pero nada. Muertos de frío (porque apenas se vació el agua hubo que mandar frío enseguida para no descongelar la mercadería), tiritando, salieron confusos y derrotados. Pero, por lo menos, tranquilos de que no había ningúna tubería de agua caliente pinchada: agua ya no entraba más. Y el imbornal del piso había terminado por drenarse completamente.
                Aquella noche, sin embargo, de nuevo hubo un resort termal entre los mondongos y las bolas de lomo. Y otra vez al mediodía siguiente. El pupitre de la consola se llenó de planos de tuberías sanitarias (el único que había), de planos de agua de refrigeración de los motores (o por lo menos de los pedazos legibles que habían sobrevivido), de líneas de vapor, y de tazas vacías de café. NADA, ningún tubo pasaba por las paredes de aquella cámara y, de hacerlo así, se pinchaba y obstruía cíclicamente, obedeciendo vaya uno a saber que fastidiosa voluntad de volver locos a los de máquinas. Cada doce horas, más o menos, una pelopincho de un agua tan caliente que la mano sumergida en ella no lo soportaba llenaba aquella cámara congelada hasta donde la falca se lo permitía.
                El jefe se mostraba preocupado, y su colaboración a la solución del problema consistió en apurar al primero, explicándole de mala manera que los tiempos de los víveres congelados son avaros y que si había que descartar mercadería sin duda habría sanciones de la Empresa. Y manejáte.
                Finalmente, y como no podía ser de otra manera, la solución vino de la lógica, la paciencia, y el joderse, en proporciones más o menos parejas. Habiendo dejado establecido que el agua aparecía, y que saber por dónde iba a indicar por qué, se montó una guardia que cada tantos minutos entraba y miraba. Fue el primero quien descubrió que la sopa subía a contramano por el imbornal que debía llevarse al agua producida por el ciclo de descongelado. Se treparon a los techos de máquinas (pisos de la cámara, también) y al tacto, buscando el tubo caliente y siguiéndolo entre el pullover de tuberías que cubría techos y costados de la sala de máquinas, llegaron a encontrar su origen.      El agua caliente subía desde la sentina, casi de debajo de la línea de eje. Sin bombas ni ayuda mecánica alguna, cagándose olímpicamente en Torricelli, aquel líquido que debía bajar había decidido subir más de veinte metros para hacer más entretenidas las tardes del tipo y del primero. Después de rascarse un poco la cabeza, ambos siguieron tanteando los tubos y rastreando el camino de aquella agua caliente.
                Vamos a evitar al lector la descripción del proceso deductivo, y a pasar directamente a las conclusiones. El vapor de agua que se encuentra en la naturaleza se transforma en agua destilada al pasar por el equipo de aire acondicionado del buque. Los ingenieros navales derivan esa agua al mar; los marinos, que saben lo que vale el agua cuando les falta, la derivan por tuberías o mangueras a los tanques de agua dulce. En aquel barco, sin embargo, eran tantas y estaban tan abandonadas las pérdidas de agua del motor principal que, tanto como para colaborar un poco con el consumo bestial del pobre, se le había mandado toda el agua recogida a él. Esta cánula intravenosa transfundía agua destilada desde el aire acondicionado al motor, y lograba, más o menos, compensar lo que el motor escupía por todos lados. El tanque del motor principal (a ochenta y pico de grados, por las patas) terminaba por llenarse cada tanto, y rebalsaba, pero sólo en determinadas condiciones: Tenía que juntarse tanto condensado del aire acondicionado con tanta temperatura del motor, y el motor en sí tenía que perder líquido. Si, por razones de marcha, el motor no perdía tanta agua, o si la humedad ambiente bajaba, el compenso no se llenaba tanto y no llegaba a rebalsarse.
                Cuando efectivamente lo hacía, trataba de salir por su correspondiente tubo de rebalse.  El tubo de rebalse se había tapado con óxido hacia mucho, y en vez de repararlo o cambiarlo se le había puesto una manguera que iba a un agujero en la descarga de imbornales que, (si, adivinaron), venía de las cámaras de víveres y descargaba a sentina. Cuando los porotos, hojas de lechuga, piolines de salamín y tapitas de vinagre que el cocinero barría por las rejillas para no tomarse el trabajo de agacharse y recogerlas del suelo finalmente recorrían todo el tubo, caían (o deberían haber caído) a la sentina de máquinas. Algo se atrancó allí, como era de esperarse, y el agua, que no podía descargar por debajo, empezó a subir. El primer agujero por donde vio la luz de la libertad fue la cámara de carnes, en donde se evaporó y volvió a la naturaleza.
                Un ciclo redondo.
                Cuando el tipo se quedó sólo y tranquilo, y luego de escuchar cómo los viejos del barco se lo achacaban todo a la “mufa” y mala suerte de aquella embarcación (-¡Pero si parece cosa ´e Mandinga, che!-), tuvo que admitir que el barco no había tenido la culpa, ni tampoco los tenebrosos poderes implícitos en el nombre de algún capitán cuyo apellido se había mencionado tres días antes, y ni mucho menos en el incumplimiento de las obligaciones financieras de algún tripulante para con alguna profesional del amor contratada, disfrutada y no abonada. La causa del problema había sido la seguidilla de soluciones improvisadas y urgentes hechas por personas que no pensaban quedarse en el barco el tiempo suficiente como para ver colapsar esas enmiendas. Cualquier buque puede soportar cada tanto un arreglo a lo Mister Bean, pero no muchos, ni jamás todos. No es la mufa, es el croto el que prepara la calamidad del futuro.
                Y a los crotos los van eligiendo y anclando los malos jefes.
               
               

Anécdotas de barcos: Inconvenientes de la homofobia



Inconvenientes de la homofobia
(Hechos y personajes son reales. Los nombres han sido cambiados sólo para fastidiar a los chismosos)

                El tipo embarcó de pilotín en el Rio Neuquén, que a la sazón se encontraba a la mitad de su carena en Tandanor (en aquella época incomprensible en que Tandanor, por oscuras razones, significaba Talleres Navales Dársena Norte y no, como hoy, Talleres Navales Dársena Sur) y pensaba tomárselo con calma. No se iba a navegar en el corto plazo, y veía por delante unos cuantos días de conocer tranquilamente el barco y de poder pasar las tardes mimosamente con la novia.
                Era fines de marzo de 1982 y, aunque él no tenía forma de saberlo, dentro de muy poco iba a estar navegando hacia el sur, cargado de armas, tanques, municiones y explosivos, en un barco a medio armar y sacado del astillero apenas vestido con una toalla y con el pelo sin enjuagar.
                En medio de todo el revuelo de la guerra imprevista, del desorden y el apuro de las cosas siempre hechas a último momento, de la enloquecedora sensación de no entender todo lo que pasa y de, quizás, no estar a la altura de lo que se espera de uno (y vaya a saber uno qué carájo era eso…), le enseñaron y aprendió importantísimas cosas sobre la vida a bordo y sobre cómo manejarse en el ajedrez neurótico de las relaciones humanas en un barco.
                Una de ellas, que al día de hoy sigue siendo uno de sus mandamientos personales cada vez que firma el rol, es nunca, jamás, en la puta vida, declarar con énfasis a bordo cuáles cosas lo enfurecen y lo sacan de quicio. Quizás las descubran alguna vez, y quizás no, pero por lo que a él concierne sólo las obtendrán de su boca con pentotal sódico o refinadas torturas orientales. Lo aprendió en cabeza ajena pero la lección fue tan impresionante que incluso su joven e irresponsable mente la comprendió y la asumió como un peligro cierto e infalible.
                La cosa fue así: su par de cubierta era un personaje un tanto difícil de digerir de entrada. No era mal tipo, y cuando se lo llegaba a conocer hasta se lo podía apreciar bastante, pero tenía algunas características que, como el telgopor frotado contra la botella o la tiza dura rayando el pizarrón, hacían doler los dientes.
                Antes de entrar a la Escuela de Náutica había probado suerte en la Escuela Naval. Tenía todo el genoma del Liceo Naval encima, y si bien el escaso tiempo en la Escuela de Guerra Naval no llegó a transformarlo en un soldado de agua, los viejos marinos de a bordo no podían dejar de sentir una irresistible picazón cada vez que aquel cabello negro e impecablemente peinado a la gomina opinaba sobre temas generales. Barras de bronce dorado en la camisa, barbijo dorado artesanal en el casco plástico de seguridad, zapatos lustrados hasta parecer de charol…los viejos de overall sudado y manchado de fuel oil y óxido parpadeaban perplejos y sentían que el orden natural de la creación estaba perdiendo la alineación de sus cojinetes. Inevitablemente algunos de ellos sintieron que era su deber devolver al cosmos su rumbo correcto, y esperaron hasta que el sosías de Mandrake dijera aquella palabrita de más que lo llevaría al caos, al sufrimiento, al fondo del dolor y, finalmente, a la iluminación y la sabiduría.
                Fue escuchársela y, casi intuitivamente, confabular entre todos para educar y enderezar al tierno pilotín de cubierta. Ocurrió que, en una de aquellas largas y conversadas sobremesas de la época pre-video salió el tema de la homosexualidad. Estaban todos menos el Capitán, que en dique usaba su privilegio de permanecer a bordo sólo cuando lo considerase necesario, y la charla era, por lo tanto, alegre y distendida. Con fervor e indignación dignos de mejor causa, y sin que nada pareciese justificarlo, el compañero de cubierta del tipo se mandó una larga tirada sobre el asco que le causaban los homosexuales, sobre lo incapaz que se veía de contener su ira en su presencia, y sobre las cosas justas y horribles que les haría si tuviese el Poder en sus manos. Como una de las reglas no escritas de aquellas sobremesas era que no se debían tomar nunca demasiado en serio las cosas de que se hablaban, la vehemencia y verborragia de aquel pichón sonaron en los oídos de los demás como sirenas de alarma, (“¡Todo el mundo a sus puestos!”) y bastaron unos minutos luego de su marcha para armar el plan que lo colocaría un poco más en su centro.
                Su primer oficial lo llamó a un aparte y le previno algo en voz baja. Mandrake se quedó mudo, espantado y horrorizado hasta la médula. El Capitán, le había confesado el Primero, era de orientación homosexual (las palabras que probablemente haya usado deben haber sido “el viejo se la come”) y, si de veras el pibe quería recibirse y seguir con su carrera, más le valía guardarse aquellas opiniones para sí cuando se encontrase en su presencia. A lo largo del par de días siguientes, y aparentemente al azar, todos y cada uno de los oficiales con los que habló le confirmó (a veces jocosamente, a veces molestos) el “vicio” del viejo. La cereza del postre la puso el primer oficial de máquinas, un petizo viejo, malo y pelirrojo, que completó la desesperación del pilotín al contarle que (cual perverso Don Giovanni) la verdadera pasión del Capitán eran los jóvenes principiantes.
                ¿Comprenden el dilema de aquel verde bocón? No podía recibirse ni seguir su carrera si el primer capitán que lo evaluaba lo calificaba mal, y venía a descubrir que precisamente ese hombre ineludible padecía el único defecto que él no era capaz de soportar en un semejante. Debería poner buena cara, disimular, soportar y resistirse sin ofender…amén de tener que tragarse sus palabras de la sobremesa cada vez que bajase la cabeza delante de los demás oficiales que las escucharon.
                Lo maravilloso del fenómeno que siguió fue que, a diferencia de otras bromas que es necesario alimentar y sostener en el tiempo, esta se retroalimentaba a sí misma y crecía virulentamente día a día. No creo que haya sido genialidad de parte de aquellos marinos, sino simplemente la sinergia que a veces se genera cuando se encuentran la estupidez y la buena voluntad. Porque, por supuesto, el Capitán no sabía absolutamente nada de esto. Como en una refinada composición clásica, esta otra broma corría como un segundo tema musical debajo del bochorno principal del pilotín, y prometía algún jugoso desenlace alguna vez cuando todo se descubriese.
                Así, el joven que se reconcomía de nervios anticipando los avances y humillaciones del viejo pervertido se encontraba, a cada rato, con el Capitán que se sentía obligado a colaborar con la educación y el bienestar de su futuro colega. Cada gesto bondadoso del capitán, cada oferta de ayuda, cada propuesta de juntarse a conversar sobre la profesión en su camarote, era visto por el homófobo como un intento de seducción. Cada excusa, cada evasiva, cada salida intempestiva del pilotín a cumplir con tareas impostergables era interpretada por el Capitán como timidez del chico, como señal de sobrecarga de responsabilidades o, simplemente, como falta de adaptación a la vida a bordo. Los actos de uno generaban respuestas equivocadas en el otro, y esta acumulación de errores no hacía más que reforzar la convicción que ambos tenían de que algo andaba mal con el otro.
                Mar afuera, conviviendo las 24hs en el reducido mundo del buque, los encuentros se multiplicaron y la confusión se intensificó. El joven miraba el radar, por ejemplo (en aquellas épocas las pantallas eran redondas y poco brillantes, siendo necesario que el operador se inclinase sobre ellas y metiese la cara en un cono de goma que no permitía que la luz externa lo deslumbrase), y cuando, ensimismado, levantaba la cara del cono de goma y encontraba tras sus nalgas inclinadas al capitán, lo último que le pasaba por la cabeza era que el viejo quería ver qué estaba haciendo para explicarle y enseñarle a hacerlo bien. Se enderezaba asustado y se escapaba lo más rápido posible al otro extremo del puente. Cuando el viejo, sorprendido por la torpeza del futuro oficial, lo invitaba a un whisky en su camarote luego de la cena (A ver qué carájo le pasaba al pibe este…), se encerraba con llave en el camarote.
                Nada dura para siempre, claro, y hasta los mejores argumentos de comedia deben, necesariamente, llegar a un punto de crisis que los culmina. En nuestro caso (y el tipo estaba presente) el momento de blanquear la situación se hizo evidente la noche en que el capitán juntó a todos para decirles que estaba harto del pibe, que parecía loco, que no sabía qué carájo tenía contra él (contra el capitán) pero que no estaba dispuesto a aguantarlo más y que iba a echarlo a la mierda. Fue un momento tenso, por cierto, porque no había forma de saber cómo iba a reaccionar aquel viejo marino cuando le confesasen que, delante del pibe, toda la tripulación se había comportado como si su capitán fuese la flor y nata de la comunidad gay. Pero valió la pena. Aquel rostro pasó, en breves segundos, de la estupefacción de saber que se lo había sindicado como homosexual a la alegría de comprender finalmente el misterio de la conducta de Mandrake, de allí al enojo más tormentoso y de allí, cuando finalmente la humorada logró flotar hasta su consciencia, a la carcajada. Su único comentario antes de retirarse del comedor fue “¡Qué manga de hijos de puta!”
                Se le indicó entonces a la víctima que debía constituirse en el comedor de oficiales y, en palabras un tanto menos humildes que las usadas con el Capitán, se le explicó el asunto. Es una lección profunda sobre la esencial igualdad entre los seres humanos el que no solo el rostro del pilo pasó por expresiones similares a las del de su superior, sino que su comentario final fue, también, exactamente el mismo.
                Que el tipo sepa, aquel ahora más civilizado oficial de cubierta escarmentó y jamás volvió a manifestar ninguna otra fobia personal con tanto énfasis. El tipo no tuvo en claro si también logró ver la otra y fundamental lección de la experiencia, pero cree que no. El que haya aprendido a controlar su vehemencia lo protegió de las bromas sobre nuevos temas, pero el marino, como el elefante, nunca olvida, y aquel magnífico complot del bar travesti de Aharus en el ´83 terminó de una manera muy graciosa pero que, también, lo mostraba renqueando de la misma pata.
                Pero esa ya es otra historia.

Anécdotas de barcos: Provisiones



Provisiones:
                A bordo siempre se ganó como para vivir bien. A veces más, a veces menos, pero siempre se pudo vivir cómodamente. Pero como está en la naturaleza humana el siempre desear un poquitito más, y como el tipo con tiempo libre y todas sus neuronas operativas necesariamente se vuelve creativo, los tripulantes de ultramar desarrollaron, desde tiempo inmemorial, diferentes sistemas y métodos para lograr ingresos extras por sobre sus salarios. A su favor podemos decir que las ganancias tardaban a veces meses en ser hechas efectivas, que por lo general no las disfrutaban ellos tanto como sus familias y que, en el fondo, casi nadie se enriqueció jamás con aquellos juegos del gato y el ratón con las autoridades. Era más por el juego, por el desafío deportivo de ser más astuto que todas las aduanas del mundo juntas, por el reto al propio ingenio a la hora de diseñar sitios de ocultamiento (“bagayeras”), y, en fin, para entretenerse con algo sano y pícaro a la vez (eran otros tiempos, chicos. No había droga en los barcos, y ni el más curtido barquero de aquellos tiempos la hubiese permitido. La diferencia entre cambalachear cosas que daban placer a todos sin hacer daño a nadie, y la de comerciar con la muerte era enorme, nítida e inapelable).
                De todas formas, a la hora de “hacer una diferencia” había una división de aguas ética entre dos grupos irreconciliables. Por un lado estaban los que invertían su capital y tomaban sus riesgos, comprando y vendiendo como podían y aceptando como hombrecitos tanto sus ganancias como sus pérdidas. Por el otro (vergüenza es decirlo) estaban los que comerciaban con el dinero o los privilegios de sus propios compañeros, que embolsaban en secreto sus ganancias pero compartían abiertamente con todos las pérdidas y las sanciones.
                Algún día hablaremos de los negocios divertidos y hasta diríamos que justicieros de los marinos de la primera clase. Pero hoy, y como estamos hablando de los días del tipo en el Stewart, lamentablemente tendremos que referirnos a los otros.
                El Stewart (“Estiguar” como lo conocían sus viejos tripulantes, y como nos seguiremos refiriendo a él de ahora en adelante y de puro nostálgicos) sufría una infección de parásitos del segundo tipo, y el tipo pudo notarlo apenas embarcó.
                El clima era extraño. La gente de máquinas era una hermandad, un clan, un club, desde el olímpico Jefe hasta el último y más imberbe de los aprendices. La sensación que daban era la de vivir espalda con espalda, poncho en brazo izquierdo y facón en la derecha. Sin descuidar la religiosa verticalidad de la disciplina a bordo, ni parpadear siquiera el ojo de la justicia ni el estricto cumplimiento del trabajo y los horarios, nadie de afuera podía decirle nada a nadie de máquinas, ni meterse con él o fastidiarlo en lo más mínimo. Meterse con uno era meterse con todos, y desde el capitán al cabo de mar lo sabían y lo tenían en cuenta. Cuando el tipo empezó a preguntar por qué, todos tuvieron alguna anécdota que contarle y que ilustrase el casus belli imperante entre máquinas y el resto del barco.
                Por ejemplo…
                Dinero mal habido pecando entre las sábanas: La ropa de cama se cambiaba los miércoles (sábanas, toallas, fundas, servilletas, etc.). El segundo miércoles del viaje, el mozo se disculpaba por exceso de trabajo y te pedía cambiarlas el jueves. Un día no mata a nadie, pensabas perdido en tus cosas, y aceptabas. El próximo jueves te agarraba en Brasil; por supuesto el mozo no te las cambiaba hasta el viernes (hasta es posible que no te encontrase para hacerlo, claro: ¿Quién se podía acordar de qué cuernos había hecho en Brasil?). El viernes siguiente estaba muy atareado por la pizza o el asado, poner la mesa en cubierta y todo eso, y ¿Te jode que lo haga mañana?
                Como uno nunca tenía más de uno o dos días de atraso, las cosas nunca se ensuciaban mucho, y –la verdad- había siempre asuntos más serios en las que pensar, casi nadie se daba cuenta. Cuando se contrataba lavadero en Europa (caro, si los hay) el comisario declaraba mandar a lavar X semanas de ropa. El chiste de saltar un día cada semana de viaje le regalaba una semana cada siete, con lo cual, de hecho, mandaba el equivalente de ropa de X-1 semanas. Esa semana de ropa se facturaba y se dividía entre el lavadero y la gente de a bordo que estaba en el asunto. Una semana puede parecer poco, pero se debe tener en cuenta que éramos casi 35 tipos.
                Todo suma
                La vieja molienda: El café, por ser mejor y más barato, se compraba en Brasil y por bolsa. El balance era sencillo: Subían X kilos, se gastaban X kilos por día, y al cabo de tantos días de viaje sobraban tantos kilos que, a la llegada a Buenos Aires, o quedaban para el próximo viaje o se devolvían a la Empresa.
                Claro que si el café era asqueroso la gente tomaba menos. Si sobraba no se descontaba al día siguiente, sino que quedaba y quedaba en la alacena. La cocina no mandaba nuevo hasta que te terminaras el viejo, y el viejo no se terminaba nunca de puro repugnante. El truco de aquellos cocineros sinvergüenzas era cubrir una asadera (eran grandotas, de casi un metro de anchas) de porotos. Se tostaban estos porotos en el horno hasta quemarlos, y luego, cuando estaban bien negritos, se mezclaban con el café en la moledora. Aquella pócima llegaba a tener un cierto olor, un lejano dejo a café que no permitía sospechar el fraude, y la culpa del mal sabor se achacaba siempre a los amarretes de la Empresa que compraban porquería barata.
                Era un negocio a dos puntas. Por un lado, de cada kilo de café declarado se consumían, en realidad, tres cuartos: el resto era jugo de poroto. Y de ese kilo ya adulterado que se decía gastar por día nadie pedía más que medio cada tres o cuatro días. Al fin de un viaje, el café fantasma que supuestamente se había bebido a lo largo del viaje permanecía oculto en sus bolsas de arpillera en espera del auto que lo sacaría de puerto. Se dirá que dos o tres bolsas de café no eran mucho dinero, pero todo suma.
                Dile no al tránsito lento: En todo el mundo el queso es caro, y el provolone ni hablar. Nuestros amistosos parásitos lo sabían y efectuaban con él un truco parecido al jugado con el café. El queso rallado que se servía en la mesa venía sádicamente recargado de pimienta. Se consumía menos, era feo, picaba, y sobraba. El que sobraba aparecía mañana en la mesa como provisto de nuevo (un poco más verdoso a medida que pasaban los días) y así, cada tanto, había más hormas de queso en la realidad que en los papeles. Bajaban disimuladamente por la planchada entre gallos y medianoche; quizás no reportasen mucho dinero en el reparto final (eran muchos ratones a comer de aquel queso), pero todo suma.
                Una oferta que no vas a poder rechazar…: El entrepot, (para ilustración de las personas que no son del oficio, o para los que sí lo son pero entraron cuando ya hubo quedado reducido a la navegación de entrecasa) es el equivalente marítimo del tax-free de los turistas. En cualquier lugar del mundo, la mayor parte de lo que uno paga por una cosa es el impuesto que el dictador de ese lugar le exige para adquirir el derecho a consumirla en ese territorio (no importa si el país es de derecha, comunista, monárquico o socialista: cuando un tipo te cobra por usar lo tuyo, es un dictador). Se acepta, internacionalmente, que si uno no va a usar en suelo de ese país lo que compró, no es justo que pague por ese derecho. Los marinos, a cambio de comprometernos seriamente a no tocar nada hasta no haber zarpado y salido de aguas jurisdiccionales, gozamos del privilegio de comprar a precios irrisorios mercadería de una calidad que, de otra forma, nos resultaría prohibitiva.
                Como de todas formas nadie cree mucho en la palabra de nadie (y los marinos, para colmo, tenemos mala prensa) estas compras se formalizan a través de un representante del buque, y se guardan en un pañol cerrado con llave y precintado (denominado con el aristocrático y novelesco nombre de “Pañol del Sello”). Usualmente, el capitán manda la lista de las compras de todos los tripulantes a un proveedor marítimo, este despacha las cosas a bordo, se le paga y se guardan. Y todos contentos.
                En el Estiguar, tristemente, las cosas eran levemente distintas. Se trabajaba con un proveedor de Génova, il signore Cor…leone (el apellido terminaba distinto, pero vamos a cambiarlo por razones de prudencia. Aquellos que tripularon el Estiguar sin duda recuerdan su verdadero nombre. Aunque, claro, en vista de su forma de operar, este sosías resulta sorprendentemente adecuado). Era usual que proveedor y capitán (y comisario, por supuesto) tuviesen buenas relaciones, y era también común y aceptado que el proveedor tuviese alguna atención hacia ellos por el honor de haberlo elegido entre tantos competidores. En este barco, sin embargo, las buenas relaciones iban más allá de la elección de proveedor. En un acuerdo no escrito con el comando, Corleone recargaba los precios hasta en un 20%. Cuando esto se supo (uno de esos maquinistas fastidiosos se puso a averiguar cuánto cobraban todos los demás proveedores) se asumió que la cosa debía ser dié pa vo, dié pa mi.
                Máquinas, inmediatamente, eligió al Jefe como su nuevo representante y se empezó a hacer entrepot en otro puerto (en Ashdod, a la sazón, que era más barato incluso que el competidor más económico de Corleone). Ante la pérdida de clientes el capitán amagó recurrir a no se sabe qué reglamento que prohíbe introducir a bordo ningún cargamento no autorizado por él, pero el Jefe le explicó que a nadie (y menos que nadie a él) le convenía que se abriese una discusión pública sobre el asunto, así que la cosa quedó en nada.
                Para cuando el tipo embarcó, máquinas compraba casi un 25% más barato que cubierta. Por supuesto, cubierta rabiaba, pero todos eran clientes rehenes de sus puestos de trabajo, y ninguno podía rechazar la oferta del capitán y de Don Corleone. Se dirá que un diez por ciento por marinero, cocinero, mozo y oficial de cubierta no es mucho dinero (un entrepot promedio eran cosa de 600 dólares), pero…todo suma, chicos: todo suma.


                El tipo estuvo en medio de uno de estos conflictos durante su tercer viaje en el Estíguar. El Jefe justiciero se había bajado de licencia, su relevo vino a hacer la plancha, el primer maquinista estaba más preocupado por parecer estricto que por serlo, y los ratones se encontraron de golpe con el terreno libre y todo el queso para ellos.
                Empezó el hambre.
                No hambre porque no hubiese comida en la mesa, por supuesto (eso hubiese disparado todos los mecanismos sindicales internacionales y hubiese sido un escándalo imposible de disimular) sino un hambre más sutil, un hambre inducido, un hambre forzado a ser elegido voluntariamente en pos de la preservación de la propia dignidad. Aquello que aparecía en la mesa no era comida, si bien, al menos teóricamente, calificaba como tal. Los platos (los nombres de los platos) coincidían con los prescriptos por la Empresa, pero el tipo no dudaba de que, de presentarle alguno de ellos a su perro, el bicho le mordería la mano indignado.
                Se comía menos. Por supuesto, en previsión de ello, se cocinaba menos.
                Sobraba más.
                Estaba siempre el rebusque de comprar paté, latitas de mariscos, pan, fiambres, salamines, etc., y regalarse cada tanto con una picada, pero sólo cuando se llegaba a puerto, de tanto en tanto, y a un precio a veces sumamente áspero. El resto del tiempo había que vivir de lo que le sobraba a los parásitos y que éstos se dignaban poner en la mesa. El calor de la máquina le robaba el agua y la sal al cuerpo, el trabajo le sacaba la grasa, y la tristeza de aquellas fuentes le sacaba el entusiasmo, así que el tipo (que nunca fue muy gordito que digamos) cuando levantaba los brazos y aspiraba hondo abría sus costillas como un paraguas automático.
                Algo había que hacer. Y una noche, midiendo distraídamente la poca distancia que iba quedando entre su ombligo y su espinazo, el tipo pegó aquel desgraciado salto al lado equivocado de la ética y decidió que era él quien lo iba a hacer. Siempre tuvo una cierta habilidad como cerrajero, a bordo le habían enseñado algunas cositas (a bordo se aprende de todo, si se tiene tiempo y ganas), y no le llevó más de una guardia fabricar una llave maestra que abriese las puertas de las cámaras de frío y las despensas.
                La comida se guardaba bajo cubierta, en unas cámaras ubicadas en el pasillo que rodeaba la sala de máquinas. Algo medio parecido a un túnel de acceso a una estación de subte, con forma de herradura: quedaban, entonces, más a mano de la gente de máquinas que de cualquier otro tripulante del buque. El engrasador que hacía guardia con él lo encontró medio escondido en aquel pasillo, precisamente en el momento en que el candado, con un rotundo click, anunciaba su cambio de bando a favor de los hambrientos. Se miraron.
                El tipo se excusó por lo que hacía, y confesó su intención de debutar de Robin Hood. Con una mirada de profunda disconformidad, el engrasador le dijo que él “así no hacía las cosas”, se dio la vuelta y se fue. Al tipo le dolió, pero le pareció justo: no podía ordenar a un subordinado algo ilegal y, por mucho que se sintiese justificado en hacer lo que hacía, tenía que respetar el derecho de los demás a no compartir su visión ética de las cosas.
                Sacó el candado, abrió la puerta (ancha y pesada, con un cierto aire de bóveda de banco) y encendió las luces interiores. Racimos de embutidos colgaban del techo, torres de quesos se elevaban sobre los estantes, latas y latas de dulce de batata con chocolate fortificaban los muros…la visión lo sobrecogió unos instantes, y fue la mano en el hombro del engrasador la que lo sacó de su ensueño. Cuando se volteó a mirarlo, vio que el flaco se había colgado del cuello y atado a la cintura un delantal blanco impecable (a veces venían con los trapos limpios que se usaban para limpieza). “-La higiene es lo primero-“ fue la explicación del engrasador  “-Ahora sí: vamos-“
                El tipo trepaba a las estanterías y sacaba mercadería del fondo de los estantes (poca y elegida, para que no se notase a simple vista). El flaco, usando el frente del delantal como red, capturaba en el aire y almacenaba los artículos. Antes de las tres de la mañana se cerraba todo y se dejaba en la heladerita de la sala de máquinas.
                De tres a tres y media cenaban ellos. La gente de máquinas, sorprendida, encontraba al otro día aquellas riquezas inexplicables y daba cuenta de ellas. Se empezaba a trabajar, de hecho, sólo después de haberlas liquidado (casi una hora más tarde), pero nadie objetaba nada. Sólo una vez, un aprendiz no muy iluminado sacó el tema del origen de aquel maná y de dónde provenía y quién lo traía y porqué, etc., y tuvo que escuchar, ruborizado, como el primer cabo le dijo al oído –pero esto, amigos, se lo tienen que imaginar con acento y sonrisa correntina- “-Comé y cállate…-“

                El final fue sumamente educativo para el tipo. A pesar de todo lo que sobraba, y a pesar de las incursiones (jamás descubiertas) del tipo y su secuaz, las cámaras llegaron a Buenos Aires rebosantes de mercadería.
                Pasaron los primeros días con novia y familia (durante los cuales todo se olvida, todo se perdona, o todo parece menos importante), y, durante el primer día en que volvió al barco a hacer guardia de puerto, el tipo recibió, por la noche, el pedido del engrasador de que le prestase de nuevo la llave maestra.
                Al tipo no le gustó. Una cosa era la emergencia y la necesidad de sobrevivir, y otra el caer en el mismo pecado que se criticaba. No había ninguna razón para seguir saqueando aquellos jamones cocidos ni volver a cucharear los tarros de dulce de leche, y ambos lo sabían. Pero el engrasador, sin dar explicaciones, se limitó a preguntar si confiaba en él. Como de hecho el tipo sí lo hacía, y como tampoco se sentía en posición de andar dando lecciones de ética ante el principal testigo de su defección anterior, se la dio. Lo peor que podía llegar a pasar, se dijo, es que aquel hombre se sintiese justificado al quedarse con un queso o una pieza de bondiola como resarcimiento.
                Por la mañana, sonriente y pícaro, el engrasador devolvió la llave maestra. La curiosidad fue demasiado para el tipo; como nadie le explicaba nada, preguntó
                -¿Comiste algo bueno?-
                -Nada-
                -Eh…¿sacaste algún quesito de recuerdo, un salamín para picar con los muchachos?-
                -¡NO! ¡Avisá! ¿Qué te pensás?-
                -¿Entonces?-
                Orgulloso, el engrasador le contó entonces como, durante su guardia de medianoche a ocho de la mañana, había trabajado sólo toda la madrugada vaciando las cámaras y tirándolas al río por el portalón que tenía aquel pasillo en el casco. Todo: lechones, corderos, quesos, fiambres, dulces, tortas y helados. Todo al agua.
                Un escalofrío helado recorrió la nuca del tipo. Nos echan. Vamos presos. Incluso llegó a tartamudear algo de eso, pero aquel engrasador, un poco más viejo en la empresa y en el Estiguar que él, se rió despreocupadamente –Quedáte tranquilo, que no pasa nada-
                Y nada pasó. Las horas fueron y vinieron, el día transcurrió sereno y sin sobresaltos, y nunca, jamás, se escuchó ninguna queja (oficial o extraoficial) sobre la mercadería faltante.
                Después de todo, ¡vamos!: ¿Cómo, en que reino fantástico, podría faltar algo que no existe?