viernes, 26 de febrero de 2021
jueves, 17 de octubre de 2019
De barcos: MAL NEGOCIO
MAL NEGOCIO:
Si algo enseñan estos tiempos que corren es que no hay Bien ni Mal. La gente sesuda, la que piensa, siempre lo supo (al cabo de algunas horas de exprimirse la cabeza, por supuesto), pero hoy cualquiera, con sólo hacer algo de memoria, se da cuenta de que “bueno” es lo que hoy nos han llevado a llamar bueno, y “malo” lo contrario. Relativo. Voluble, incluso.
Cosas que en la vida de uno, no hace mucho, eran crímenes (“malas”) como la homosexualidad, el divorcio, la apostasía o la blasfemia, hoy se aceptan como simpáticas opciones del humano en busca de su felicidad. Cosas que eran buenas cuando uno era chico (educar a hijos y mujer a los golpes, matar a los indios enemigos de Rintintin o a los negros que no querían a Tarzán, la homofobia, eliminar a los enemigos de la patria, el lugar del hombre inaccesible a la mujer, y el de la mujer ineludible para ella) todas esas cosas que eran lo bueno para los nosotros los chicos hacen hoy que hasta los ateos se persignen. Se objetará que no es por lo relativo de los valores, sino por la evolución de los mismos: Estos valores modernos son ciertos, se dirá, son los verdaderos y definitivos, porque reemplazaron a los brutales valores previos.
Cosa que también juraban los que defendían, no hace mucho, aquellos valores previos.
Hemos honrado la homosexualidad en épocas anteriores (la Grecia clásica, nada menos), la hemos denostado desde que cayó Roma hasta no hace poco, y la estamos honrando de nuevo. Hemos quemado brujas de buena fé, creyendo hacer lo correcto y, aunque hoy nos parece un horror, no hace falta gran cosa para que nos vuelva a parecer buena idea.
Todo esto viene a cuenta de que no es justo juzgar con valores del siglo XXI las cosas que se hacían a bordo a fines del XX, porque, aunque en vueltas al sol puede parecer que no ha pasado mucho, de un paradigma al otro hay un abismo. No es justo pensar que la gente era insensible a la ecología, o al medio ambiente, si no se tiene en cuenta que, en aquella época, aquellas prácticas eran lo usual, lo correcto.
Por ejemplo:
El Tipo entró al pañol de popa del Rio Negro II. Un pañol es un lugar de a bordo donde se guardan materiales. Consecuentemente es un lugar que no serviría para otra cosa: Nadie vive ahí, nadie come ni trabaja ahí, no hay equipos ni circuitos haciendo nada, y, si no fuera pañol, hubiera sido un dolor de cabeza para el ingeniero naval a la hora de explicar para qué lo hizo. Como es de esperar, nadie le presta mucha atención durante el poco tiempo en que se busca algo ahí dentro, y es un sitio relativamente mugriento, mal iluminado, y lóbrego. Decir “inquietante” sería exagerar, pero el del Rio Negro, al estar un tanto aislado del ruido de máquinas (estaba junto al cuarto de la máquina del timón) poseía una quietud amortiguada, poco natural para los maquinistas.
El Tipo encuentra lo que fue a buscar subiéndose al primer estante y viéndolo en el segundo, a la altura de su cabeza. Lo saca con esfuerzo, y oye, detrás del bulto, unos gritos furiosos, agudos, e inarticulados. Por supuesto suelta todo y se aleja hacia atrás; como atrás no había piso, cae, parado pero desgarbado, y golpea la espalda contra el mamparo opuesto. Respira, se calma, y vuelve a subir.
Detrás de los fardos de estopa hay cuatro jaulitas con sagüis, o macacos da bolsa. Monos de bolsillo, en castellano: titíes del tamaño de un hornero que venden a los turistas en la plaza del Artezanato de Bahía.
Psicóticos, enfurecidos, y con los ojos desorbitados por el miedo y el odio.
Para el tipo no eran novedad. Los vendían en la plaza frente al Artezanato de Bahía, y era cosa sabida que los comerciantes los embriagaban a la fuerza: eso los volvía cariñosos y dóciles a las caricias de los turistas,y fáciles de vender (Turistas y marinos descubrían esa noche, cuando se les pasaba el estupor y les atacaba la resaca -a los monitos, se entiende-, que los dulces peluches eran animales salvajes, con tantas ganas de ser acariciados como de ser comidos vivos. Aquella primera noche era algo que ninguna de las partes podía olvidar jamás).
Años atrás (en el ‘83), y sabiendo eso, el tipo había elegido el más vivaracho, el más salvaje, (el menos borracho, digamos) y se lo compró. Le llevó todo un viaje, ida y vuelta al mar del norte, el conseguir, si no una amistad, por lo menos una cierta tolerancia mutua con el animalito, amén de muchísimo amor, trabajo, y paciencia en el camarote. Pero nunca fué fácil (la historia de ese monito sigue en tierra, así que no tiene cabida en esta colección de recuerdos. Otra vez será)
Cuando tuvo a toda la gente de máquinas en la consola (menos el Jefe, por supuesto) preguntó de quién eran los animalitos. Un mecánico y un limpiador reconocieron la autoría. Explicaron que ese tipo de mascotas alcanza precios siderales en Estados Unidos, y, a diferencia de bestias más difíciles de disimular (como leones, elefantes, jirafas, o loros, bueno, los loros no son tan grandes pero gritan en el momento menos oportuno) estos monitos callaban cuando estaban a oscuras. En un bolsillo, o una mochilita, pasaban desapercibidos para todos. Eran buen negocio.
Al tipo nunca le gustó arruinarle el negocio a nadie, pero si te hacés de miel te comen las moscas: no iba a denunciarlos, les dijo, pero tampoco iba a permitir que usaran la sala de máquinas como lugar para esconder mercadería. Si querían el dinero tenían que estar dispuestos a correr solos los riesgos, y no involucrar a todos los demás compañeros en el asunto.
Desaparecieron los monitos del pañol, y nadie volvió a saber de ellos durante unos días hasta que, como suele pasar, algo salió mal.
Para amansarlos, y para que hicieran algo de ejercicio, aquellos dos comerciantes soltaban a sus pasajeros dentro de sus camarotes cuando iban a trabajar o a comer. Hasta allí todo bien: el Tipo había usado el mismo sistema en el 83, con el único inconveniente de tener que limpiar bosta de mono de prácticamente cualquier lugar. Pero estos dos tenían, además, la muy marinera superstición de que el aire acondicionado mejora si uno le saca la boquilla por la cual entra al camarote (no importa cuanto demuestren los maquinistas la falsedad de esto con termómetros y teoría de la refrigeración: al barquero le parece que ruidito es frío, y saca la boquilla). Una tarde se combinó que se olvidaron, o les dió pereza de guardar a los monitos en las jaulitas al salir del camarote (total, ¿dónde iban a ir?), los monos aburridos encontraron abiertos los ductos de aire acondicionado, y se largaron a recorrer el buque.
Daktari y Doolitlle hicieron lo que pudieron para conservar la fuga en secreto, pero los bichos corrían de un lado al otro, gritaban en los ductos, se asomaban (no entraban) a otros camarotes, y en fin, en media hora lo sabían todos los marineros, y en treinta y un minutos un capitán furioso llamaba a todos a la camareta.
Inútil negar la verdad: por los ductos que daban a la camareta se oían, lejanos y cada tanto, los chillidos y las carreras. Luego de hacer gala de una notable capacidad para darle énfasis a las puteadas, el capitán dejó claro el problema: en Estados Unidos, el delito de introducir animales exóticos está a la altura del de introducir drogas o armas. Si las autoridades encontraban uno solo de aquellos personajes, el buque entero quedaría detenido, multado, investigado, y en cuarentena. Los gastos para la Empresa serían astronómicos, e igual de astronómico sería el viaje que todos realizarían al recibir la patada en el culo que la Empresa les daría.
No le importaba quién, no le importaba cómo, ni le importaba cuando, pero no tenía que haber ningún mono a bordo al llegar a puerto.
Siguieron dos o tres dias de angustioso desarmar techos, revisar ductos, y probar atraerlos a los polizones con comida. Téngase en cuenta que los ductos llegaban apenas a tener 15 centímetros de diámetro, y entretejían una compleja red por todos los techos del buque...y todas las cubiertas: lo que un hombre podía lograr sólo con el largo de su brazo no era mucho, mientras que para los macacos, aquello era una linea de metro.
El buque llegó a New Orleans, y nadie supo qué pasó con aquellos bichos. Es decir: alguien debió saber, pero no lo divulgó. Esta historia pudo haber tenido un final triste, o feliz: el tipo no se preocupó por averiguar cuál de los dos tuvo lugar, ya que la incertidumbre, el final abierto, le permiten creer que, quizás, bajaron en alguna caja de carga, algún pallett, algúna bolsa, y que empezarían una nueva vida como inmigrantes ilegales en Estados Unidos. O que se ocultaron entre las grúas, o en los botes, y siguieron el viaje de bajada hasta algún lugar más amigable del trópico. Muchos pájaros lo hacen. Es más fácil, por supuesto, pensar mal e imaginar lo peor...pero, habiendo visto la habilidad para escapar de los monitos, y la torpeza de sus dueños para recapturarlos, no es imposible que salieran de los ductos y se alejaran del casillaje… o por lo menos del capitán.
No se sabe, y cada uno es dueño de creer lo que quiera.
Lo único cierto es que, para todos, fué un (otro) mal negocio.
Si algo enseñan estos tiempos que corren es que no hay Bien ni Mal. La gente sesuda, la que piensa, siempre lo supo (al cabo de algunas horas de exprimirse la cabeza, por supuesto), pero hoy cualquiera, con sólo hacer algo de memoria, se da cuenta de que “bueno” es lo que hoy nos han llevado a llamar bueno, y “malo” lo contrario. Relativo. Voluble, incluso.
Cosas que en la vida de uno, no hace mucho, eran crímenes (“malas”) como la homosexualidad, el divorcio, la apostasía o la blasfemia, hoy se aceptan como simpáticas opciones del humano en busca de su felicidad. Cosas que eran buenas cuando uno era chico (educar a hijos y mujer a los golpes, matar a los indios enemigos de Rintintin o a los negros que no querían a Tarzán, la homofobia, eliminar a los enemigos de la patria, el lugar del hombre inaccesible a la mujer, y el de la mujer ineludible para ella) todas esas cosas que eran lo bueno para los nosotros los chicos hacen hoy que hasta los ateos se persignen. Se objetará que no es por lo relativo de los valores, sino por la evolución de los mismos: Estos valores modernos son ciertos, se dirá, son los verdaderos y definitivos, porque reemplazaron a los brutales valores previos.
Cosa que también juraban los que defendían, no hace mucho, aquellos valores previos.
Hemos honrado la homosexualidad en épocas anteriores (la Grecia clásica, nada menos), la hemos denostado desde que cayó Roma hasta no hace poco, y la estamos honrando de nuevo. Hemos quemado brujas de buena fé, creyendo hacer lo correcto y, aunque hoy nos parece un horror, no hace falta gran cosa para que nos vuelva a parecer buena idea.
Todo esto viene a cuenta de que no es justo juzgar con valores del siglo XXI las cosas que se hacían a bordo a fines del XX, porque, aunque en vueltas al sol puede parecer que no ha pasado mucho, de un paradigma al otro hay un abismo. No es justo pensar que la gente era insensible a la ecología, o al medio ambiente, si no se tiene en cuenta que, en aquella época, aquellas prácticas eran lo usual, lo correcto.
Por ejemplo:
El Tipo entró al pañol de popa del Rio Negro II. Un pañol es un lugar de a bordo donde se guardan materiales. Consecuentemente es un lugar que no serviría para otra cosa: Nadie vive ahí, nadie come ni trabaja ahí, no hay equipos ni circuitos haciendo nada, y, si no fuera pañol, hubiera sido un dolor de cabeza para el ingeniero naval a la hora de explicar para qué lo hizo. Como es de esperar, nadie le presta mucha atención durante el poco tiempo en que se busca algo ahí dentro, y es un sitio relativamente mugriento, mal iluminado, y lóbrego. Decir “inquietante” sería exagerar, pero el del Rio Negro, al estar un tanto aislado del ruido de máquinas (estaba junto al cuarto de la máquina del timón) poseía una quietud amortiguada, poco natural para los maquinistas.
El Tipo encuentra lo que fue a buscar subiéndose al primer estante y viéndolo en el segundo, a la altura de su cabeza. Lo saca con esfuerzo, y oye, detrás del bulto, unos gritos furiosos, agudos, e inarticulados. Por supuesto suelta todo y se aleja hacia atrás; como atrás no había piso, cae, parado pero desgarbado, y golpea la espalda contra el mamparo opuesto. Respira, se calma, y vuelve a subir.
Detrás de los fardos de estopa hay cuatro jaulitas con sagüis, o macacos da bolsa. Monos de bolsillo, en castellano: titíes del tamaño de un hornero que venden a los turistas en la plaza del Artezanato de Bahía.
Psicóticos, enfurecidos, y con los ojos desorbitados por el miedo y el odio.
Para el tipo no eran novedad. Los vendían en la plaza frente al Artezanato de Bahía, y era cosa sabida que los comerciantes los embriagaban a la fuerza: eso los volvía cariñosos y dóciles a las caricias de los turistas,y fáciles de vender (Turistas y marinos descubrían esa noche, cuando se les pasaba el estupor y les atacaba la resaca -a los monitos, se entiende-, que los dulces peluches eran animales salvajes, con tantas ganas de ser acariciados como de ser comidos vivos. Aquella primera noche era algo que ninguna de las partes podía olvidar jamás).
Años atrás (en el ‘83), y sabiendo eso, el tipo había elegido el más vivaracho, el más salvaje, (el menos borracho, digamos) y se lo compró. Le llevó todo un viaje, ida y vuelta al mar del norte, el conseguir, si no una amistad, por lo menos una cierta tolerancia mutua con el animalito, amén de muchísimo amor, trabajo, y paciencia en el camarote. Pero nunca fué fácil (la historia de ese monito sigue en tierra, así que no tiene cabida en esta colección de recuerdos. Otra vez será)
Cuando tuvo a toda la gente de máquinas en la consola (menos el Jefe, por supuesto) preguntó de quién eran los animalitos. Un mecánico y un limpiador reconocieron la autoría. Explicaron que ese tipo de mascotas alcanza precios siderales en Estados Unidos, y, a diferencia de bestias más difíciles de disimular (como leones, elefantes, jirafas, o loros, bueno, los loros no son tan grandes pero gritan en el momento menos oportuno) estos monitos callaban cuando estaban a oscuras. En un bolsillo, o una mochilita, pasaban desapercibidos para todos. Eran buen negocio.
Al tipo nunca le gustó arruinarle el negocio a nadie, pero si te hacés de miel te comen las moscas: no iba a denunciarlos, les dijo, pero tampoco iba a permitir que usaran la sala de máquinas como lugar para esconder mercadería. Si querían el dinero tenían que estar dispuestos a correr solos los riesgos, y no involucrar a todos los demás compañeros en el asunto.
Desaparecieron los monitos del pañol, y nadie volvió a saber de ellos durante unos días hasta que, como suele pasar, algo salió mal.
Para amansarlos, y para que hicieran algo de ejercicio, aquellos dos comerciantes soltaban a sus pasajeros dentro de sus camarotes cuando iban a trabajar o a comer. Hasta allí todo bien: el Tipo había usado el mismo sistema en el 83, con el único inconveniente de tener que limpiar bosta de mono de prácticamente cualquier lugar. Pero estos dos tenían, además, la muy marinera superstición de que el aire acondicionado mejora si uno le saca la boquilla por la cual entra al camarote (no importa cuanto demuestren los maquinistas la falsedad de esto con termómetros y teoría de la refrigeración: al barquero le parece que ruidito es frío, y saca la boquilla). Una tarde se combinó que se olvidaron, o les dió pereza de guardar a los monitos en las jaulitas al salir del camarote (total, ¿dónde iban a ir?), los monos aburridos encontraron abiertos los ductos de aire acondicionado, y se largaron a recorrer el buque.
Daktari y Doolitlle hicieron lo que pudieron para conservar la fuga en secreto, pero los bichos corrían de un lado al otro, gritaban en los ductos, se asomaban (no entraban) a otros camarotes, y en fin, en media hora lo sabían todos los marineros, y en treinta y un minutos un capitán furioso llamaba a todos a la camareta.
Inútil negar la verdad: por los ductos que daban a la camareta se oían, lejanos y cada tanto, los chillidos y las carreras. Luego de hacer gala de una notable capacidad para darle énfasis a las puteadas, el capitán dejó claro el problema: en Estados Unidos, el delito de introducir animales exóticos está a la altura del de introducir drogas o armas. Si las autoridades encontraban uno solo de aquellos personajes, el buque entero quedaría detenido, multado, investigado, y en cuarentena. Los gastos para la Empresa serían astronómicos, e igual de astronómico sería el viaje que todos realizarían al recibir la patada en el culo que la Empresa les daría.
No le importaba quién, no le importaba cómo, ni le importaba cuando, pero no tenía que haber ningún mono a bordo al llegar a puerto.
Siguieron dos o tres dias de angustioso desarmar techos, revisar ductos, y probar atraerlos a los polizones con comida. Téngase en cuenta que los ductos llegaban apenas a tener 15 centímetros de diámetro, y entretejían una compleja red por todos los techos del buque...y todas las cubiertas: lo que un hombre podía lograr sólo con el largo de su brazo no era mucho, mientras que para los macacos, aquello era una linea de metro.
El buque llegó a New Orleans, y nadie supo qué pasó con aquellos bichos. Es decir: alguien debió saber, pero no lo divulgó. Esta historia pudo haber tenido un final triste, o feliz: el tipo no se preocupó por averiguar cuál de los dos tuvo lugar, ya que la incertidumbre, el final abierto, le permiten creer que, quizás, bajaron en alguna caja de carga, algún pallett, algúna bolsa, y que empezarían una nueva vida como inmigrantes ilegales en Estados Unidos. O que se ocultaron entre las grúas, o en los botes, y siguieron el viaje de bajada hasta algún lugar más amigable del trópico. Muchos pájaros lo hacen. Es más fácil, por supuesto, pensar mal e imaginar lo peor...pero, habiendo visto la habilidad para escapar de los monitos, y la torpeza de sus dueños para recapturarlos, no es imposible que salieran de los ductos y se alejaran del casillaje… o por lo menos del capitán.
No se sabe, y cada uno es dueño de creer lo que quiera.
Lo único cierto es que, para todos, fué un (otro) mal negocio.
martes, 15 de octubre de 2019
LA MANCHA VORAZ
LA MANCHA VORAZ (The
blob)
El Tipo embarcó
varias veces en el Siesta Teresa, a veces de Jefe, a veces de Primer
Oficial, siempre sin ganas. El Siesta era un buque que habían
comprado para hacer bunker (en el poco probable caso de que alguien
no sepa lo que es eso –me contaron que pasa- comento que es una
cruza entre estación de servicio y delivery. El buque de bunker
carga combustible en las terminales y se lo lleva a los buques que lo
necesitan, ahorrándoles la engorrosa y cara entrada a puerto. A
veces lo entrega mientras los buques están fondeados en espera de su
turno para operar en puerto, y otras mientras estos están amarrados
a muelle y haciendo lo suyo, en cuyo caso les ahorra otros miles de
dólares en la pérdida de tiempo que implicaría ir a cargar
combustible a la terminal petrolera) El Siesta había sido diseñado
para tener el casillaje muy bajo y los palos de luces de señales
rebatibles hidráulicamente, de modo tal de poder pasar por debajo de
los puentes de los ríos de Europa. Esto, por supuesto, era
ridículamente innecesario en el Rio de la Plata o Bahía Blanca
(donde la única cosa que hay por encima del buque es el espacio sideral), y
sólo servía para sacar lugar en los camarotes y hacer que el equipo
de aire acondicionado aspirara los gases de escape de las chimeneas mochas.
Tampoco servía
mucho para bunker, porque para eso se necesitan buques diseñados
para poder maniobrarse fácil en todas direcciones (tipo OVNI),
mientras que el pobre Siesta era tan fácil de acoderar como un Ford
Falcon de estacionar… y eso con buen tiempo. Fue hecho en Turquía
por el dueño de un astillero al que le sobraron piezas de otros
buques (toda una recomendación), operado y vendido barato por
griegos (¿Lo del “presente griego” les suena familiar?), y
elegido por un gerente de la Empresa que no tenía conocimientos de
ingeniería naval ni de operativa de bunker, pero que nunca había
viajado a Europa y quería igualdad de trato con los otros que sí.
Cada vez que sé de
un griego vendiendo algo que flota a un argentino me cruza la imagen
de Caperucita conversando con el Lobo.
Uno de los
“regalitos” que los argivos dejaron fue un tanque de combustible
contaminado. Por supuesto los tripulantes que traían al Siesta de
Europa avisaron, pero se los consideró unos exagerados que querían
estropear la fiesta del buque nuevo. Los de la Empresa lavaron apenas otro tanque, medio como
para darle gusto a un caprichoso, y pusieron al Siesta a operar.
Después de todo, el contaminado era un solo tanque, y el Siesta
tenía varios: con no usarlo, ya estaba.
Nunca preguntaron
con qué estaba contaminado, y asumieron que con agua o fuel oil.
Asumieron mal.
La contaminación
era bacteriana. No es un dato que maneje mucha gente, pero existen
bacterias cuya perversión consiste en alimentarse con hidrocarburos.
No sólo eso: crecen y se reproducen. Durante los primeros embarcos
del Tipo en aquella maravilla tecnológica (y hay que sacarse el
sombrero con el turco, porque se puso un límite de espacio y
consiguió meter todo en él. No lo hizo bien, eso sí, y el pato lo
pagaban los tripulantes, que trabajaban como debajo del capot de un
camión, y vivían en un espacio que hacía envidiar el de las
casitas rodantes), durante aquellos primeros viajes, digo, lo de las
bacterias no pasaba de producir sedimentos y entintado en el gas oil de los otros tanques,
pero se solucionaba cambiando los filtros de los motores más
seguido, y evitando como a la peste usar el tanque sucio. Nadie se preguntaba mucho cómo era que, si no se usaba el tanque contaminado, los otros se ensuciaban, pero, como era apenitas, el tema tenía que dejar lugar para problemas más importantes.
El tipo se fue a
otros buques durante un par de años, y cuando vuelve al Siesta lo
encuentra en crisis. No había filtro que durara más de tres horas,
y cuando se tapaban no lo hacían como se supone que debe hacerlo un
filtro responsable y de buena familia. El motor no empezaba a perder
potencia de a poco, el generador no pedía que lo relevara otro ante
la sobrecarga mecánica, el motor principal no empezaba a quedarse.
No. Se morían como de un tiro.
En el puerto donde
embarcó el Tipo abren el tanque que venía en servicio, supuestamente limpio. Desde el fondo, y hasta más
o menos un metro de alto, las paredes están cubiertas de una
gelatina negra de casi dos dedos de espesor. El Tipo mete la mano,
escarba y saca…¿Cómo explicarlo?
Saca algo asqueroso.
Unas cosas que parecían ravioles demasiado pasados, medio digeridos,
de un color gris negruzco. Que olían como un pañal que aguantó
toda la noche.
Abren los
recipientes donde van los filtros del motor que se había detenido
recién, y los encuentran llenos de esa gelatina fecal. Y si esto
parecía mala señal, cuando desconectan la tubería que mete gas oil
en esos recipientes (la del tanque al motor), y abren la válvula del tanque para que la
columna de combustible del tanque “limpio” arrastre todo… no,
no viene combustible. Los tubos de los tanques “limpios” a los
motores, que son algo así como las arterias mayores de un buque,
estaban tapados con aquel moco hediondo.
No es parte
fundamental de la historia, pero es didáctico explicar qué se cree
que pasó, y este es tan buen lugar como más adelante. Todos los
tanques se sondan regularmente (se mete por un tubo una pesita unida
a una larga cinta métrica para ver hasta dónde la moja el
combustible. Esa medida en metros se compara con una tabla que la pasa a metros cúbicos, y es la única forma segura de saber
cuánto se tiene) Los vacíos también, porque nadie puede estar
seguro, a bordo, de que un tanque que ayer estaba vacío hoy no tenga
combustible que vino de otro, o que tenga agua: las válvulas fallan, la
gente se equivoca, el casco se agujerea…). Con el tiempo, la pesa
fue llevando bacterias de un tubo a otro, infectando todos los
tanques. Como en la –para mi generación- famosa película de Steve
McQueen, aquella pequeña y contenida mancha que vino oculta en el
principio estaba creciendo y alimentándose de todo lo que encontrara
en los tanques. Era cuestión de tiempo el que llegara al cárter del
motor principal (parece que para las pseudomonas el lubricante es un
plato gourmet) y, aunque los compradores de combustible jamás
llegaran a darse cuenta de lo que venía oculto en el que entregaba
el Siesta, si se contaminaban los tanques de carga y se obstruían
sus tuberías, iba a ser todo un problema descargarlo.
Bueno, el Tipo, que
no estudió en Hogwarts, manda destapar con aire comprimido todas las tuberías, cambiar los filtros… y a zarpar, que había que cumplir
compromisos y ganar plata.
La energía
eléctrica del buque va y se muere cuando se están arrimando al buque
cliente. Son apenas unos segundos, pero lo mismo te dice el dentista
cuando se afirma con el torno: El buque queda sin control, y de
milagro no pasa nada. Al volver a entrar a Dock Sud le pasa lo mismo
al motor principal, y el capitán tiene la habilidad de dejarlo
seguir por propio envión (“arrancada” me corregirán los del
asunto) hasta un lugar donde es normal tirar el ancla para esperar
lugar. Nadie de afuera nota nada –si la Prefectura toma
conocimiento e interviene se inicia un proceso kafkiano, que merece
nota aparte, y que, cuando se asienta la polvareda, sólo deja dos
conclusiones: la culpa es del capitán, la culpa es del Jefe.
Paguen-. Se vuelve a cargar, se vuelve a morir el motor en el
canal, en un sitio donde hay un muelle hundido pero aún erizado de
vigas y cosas que pinchan, vuelve el capitán a salvar la cosa, se
entrega el combustible al buque cliente, y el Siesta, libre ya de
compromisos, tira el ancla en un rinconcito discreto del Plata.
El capitán lo llama
al Tipo.
Con una serenidad
que merece respeto en una persona que se acaba de pegar una vuelta en
el tren fantasma, el capitán plantea que hace varios meses que
vienen pidiendo al gerente técnico una solución para estos
accidentes cerebrovasculares del Siesta, que la gerencia comercial
viene pidiendo siempre un viaje más, por estar en una racha de
buenos contratos, y que el buque vino colaborando más de lo que
debía, pero que todo tiene un límite.
El capitán no
volvería a mover el buque del fondeadero hasta tanto se limpiaran
todos los tanques. Podían cambiar de capitán, claro, pero la ley
exige que se haga una exposición ante prefectura cuando esto ocurre
en navegación (o no, pero él pensaba hacerla de todas maneras), y si la Autoridad se
llega a enterar de cómo estaba la cosa, al Siesta le iban a pasar
muchas cosas feas, traducibles básicamente en no poder ganar más
plata durante mucho tiempo.
Nadie podía estar
más de acuerdo que el Tipo, que, como Jefe de Máquinas, tenía
asignada una guillotina a la derecha de la del Capitán, así que,
aliviado, habla con el gerente técnico después de que el capitán
lo hace (presumiblemente el gerente debió cambiar de oreja, porque
la que usó con el capitán no iba a servir para nada durante la
media hora que tardara en desarrugársele el tímpano ) y le pregunta
cómo se iba a proceder.
Y el gerente está
perplejo.
Hay que sacar
primero el combustible contaminado. Todo. Luego tienen que cargar los tanques con un solvente que despegue al alienígena de sus paredes. Vuelta a descargar todo. Abrir los tanques, ventilarlos hasta
que se evapore la última gotita de solvente, y meter gente que
raspe, barra y saque los sólidos, porque son tanques con las
“costillas” por dentro, y tan retorcidos que no hay máquina que
los deje bien. (El Siesta había nacido como buque para transporte de químicos, y esos buques tienen las costillas de abajo y los costados forradas por tanques de lastre, y las del techo del lado de afuera. Pero eso es para la carga: los de máquinas eran parecidos por dentro a un pollo al spiedo). Para todo eso hace falta fuerza eléctrica, y el buque no
puede producir la suya sin combustible. Vuélvase a la primer frase
de este párrafo y se verá claro el dilema.
Hacer eso fondeado
no es posible, como no es posible tampoco, reglamentariamente, dejar
a un buque “muerto”, sin fuerza motriz, si no se contratan
remolcadores que lo contengan en el caso de que una tormenta suelte
el ancla del fondo (como las tormentas en el Plata son cosa de
rutina, y el fondo del río es tan firme como cobertura de chocolate fuera de la heladera,
la cosa no es tan caprichosa como parece). Había que entrar el buque
a puerto. Y como puerto Buenos Aires, por razones de seguridad,
ecológicas, comerciales, y de ignorancia, o indiferencia, por las
necesidades de los buques, no permite ese tipo de trabajos, hay que
llevar el buque a otro muelle.
El primer muelle
viable y disponible estaba en Rosario.
Rosario no,
dijo el capi. Yo, así, de acá, no me muevo. (el Tipo
aplaudió por dentro: remontar el Plata y el Paraná, cruzando todo
el tráfico de buques que suben y bajan en uno que sufre de
lipotimias sorpresivas, iba a ser algo para poner canas en la cabeza
de los que no las tuvieran –como el capi-, amén de tener todas las
posibilidades de sufrir un accidente)
Fondeado
imposible, dijo el gerente.
Tablas.
Tablas.
Y el día terminó
así. Los que no tuvieran guardia fueron a dormir, el gerente a ver
qué inventaba, y capitán y jefe a sentir, por primera vez en varios
días, el alivio de no tener la garganta oprimida por los propios
testículos.
Las bacterias, por
supuesto, siguieron comiendo y creciendo.
Las soluciones, como
hemos contado en alguno de estos artículos, a veces vienen de pensar
el problema desde afuera, siguiendo una inspiración que parece no
tener relación con la cosa. El inconsciente hace maravillas para
tratar de explicarle la solución al torpe y obsesionado consciente.
Cuentan que Kekulé no conseguía que los carbonos e hidrógenos de
un compuesto calzaran en la forma lineal de una fórmula química
clásica. Le sobraban o le faltaban. Hasta que se quedó dormido
durante un viaje, soñó con una serpiente que se mordía la cola, y
se dio cuenta de que la fórmula debía ser un anillo, no una línea.
Newton vio una manzana que caía, vio que la luna no, y entendió
la cosita esa de la gravedad. Arquímedes entendió porqué las cosas flotaban jugando en la bañadera.
Cuando el tipo se
despertó a la mañana, lo hizo recordando una visita a un taller de
motos. Charlando con el mecánico, este le contaba que el problema de
los ciclomotores chicos era que el tanque de combustible formaba
parte del cuadro del vehículo. Muy económico y vistoso, hasta que
el tanque se pinchaba: no se podía cambiar el cuadro (un ciclomotor
es cuadro, motor y ruedas; es más negocio comprar uno nuevo) y no se
podía soldar, porque, si llegó a pincharse, el metal estaba tan
corroído que no había en qué soldar el parche. ¿Qué hacían los
chicos, entonces? Básicamente, viajar en Molotov: colgaban un bidón
con nafta del volante, y lo conectaban al carburador con una
manguerita.
Adormilado,
cepillándose los dientes, el Tipo dejaba que su cabeza pasara todas
las tandas publicitarias que quisiera, sin prestarles atención:
bastante habría que pensar después, a lo largo del día.
Pero durante el mate
volvió a lo de la motito, y con ello a una idea poco ortodoxa.
No, ni en pedo.
Pero…
Bajó a máquinas y
estuvo estudiando todo el trayecto desde cubierta hasta los motores,
cinta métrica en mano, birome en la boca y papelito doblado con
anotaciones en el bolsillo del overall.
Lo verdaderamente
terrible de tenerle paciencia a una idea loca y analizarla para poder
decir con datos que es imposible, es cuando los datos no dicen eso. A
partir de ahí, la responsabilidad de proponerla ya es individual, y
si eso no lo asusta a uno, uno no tiene la humildad suficiente como
para cruzar una calle sin ser atropellado. El tipo dudó, volvió a
medir, y finalmente lo consultó con su primer oficial.
En la cara del pibe
leyó, en rápida sucesión: Es joda – Está loco – Pero puede
funcionar…-
La idea era mandar
construir el tanque más grande que se pudiera meter en sala de
máquinas, con todos los acoples para mandar combustible a los
motores generadores y motor principal, con conexiones para ser
cargado desde los tanques más limpios que quedaran a través de la
centrifugadora del buque, y otra para que la susodicha centrifugadora
estuviera las 24hs tomando combustible del tanquecito, limpiándolo,
y volviéndolo dentro. Así, y si bien las bacterias seguirían
nadando en el gas oil, los sólidos de sus ciudades y edificios
quedarían en los tanques del buque. Todo iría unido por mangueras,
para evitar el problema de los viejos tubos esclerosados, y tendría
su propio nivel de vidrio, para controlar el equilibrio entre consumo
y llenado. Todo perfectamente lógico y operativo.
Todo
escandalosamente ilegal.
Fue con el capitán.
Este, por supuesto, le preguntó si con eso garantizaba llegar a
Rosario sin problemas; el Tipo, que llevaba años entendiendo
capitanes, no le dijo que no (porque mataba el proyecto) ni le dijo
que sí (porque no quería liberar del todo al hombre de su parte de
responsabilidad en la cosa). Le dio un porcentaje de éxito (70%) y
lo dejó pensando.
No había mucho que
pensar: o corrían el riesgo, o se volvían la boya más grande y más
cara del río.
El gerente se abrazó
inmediatamente a este salvavidas, y en una semana estaba llegando al
buque un tanque de aluminio brillante y nuevito. Entró a sala de
máquinas con un margen de maniobra de cinco milímetros (recuérdese
que la máquina del Siesta está organizada como mamá organizaba el
baúl del coche de papá al irnos de vacaciones) y se lo conectó con
negras mangueras a todos los puntos previstos. Un horror. No sólo
parecía un pulpo mecánico de otro mundo metiendo sus tentáculos por todas
partes, sino que –y esto era lo grave- en caso de ocurrir algo que
hiciera necesaria la presencia de la Autoridad en máquinas, aquello
iba a ser tan difícil de ocultar como un elefante envuelto en papel
de aluminio. Y, a partir de ahí, todos presos.
Pero los dados ya
estaban lanzados, y como del único lugar que se sale dando un paso
atrás es el mingitorio, empezaron las pruebas (siempre al ancla,
claro).
Y todo –salvo ajustes menores- funcionó perfecto. El tipo no tuvo
oportunidad de experimentar eso de viajar en ciclomotor con el
bidoncito porque su período de embarco ya había prescripto, y
porque el jefe titular del buque quiso ser quien corriera el riesgo:
cambiaron en el fondeadero y, al rato, el Siesta zarpó hacia
Rosario. Cuando el Tipo volvió al Siesta, meses después, le contaron que el viaje no
tuvo incidentes, y que llegó a Rosario sin problemas. Le contaron,
también, que después de la limpieza y de un –caro- tratamiento
con antibióticos específicos, el problema de la mancha voraz
desapareció del buque.
Nadie le supo decir
a dónde fueron las bacterias que se fueron con el combustible sucio.
Otro de barcos: EFECTOS SECUNDARIOS DE LA EPIDEMIA DEL CÓLERA
EFECTOS SECUNDARIOS DE LA EPIDEMIA DE CÓLERA:
El 91. El La Pampa iba a hacer un viaje por el
Pacífico, y ello incluía Perú que, en aquellos tiempos del cólera,
era la Capital del Cólera.
Además de tener que darse una vacuna que dejaba
el brazo como si se hubieran olvidado un bulón adentro, y de tener
que oír por enésima vez el mantra de las tres gotitas de lavandina,
los marinos tenían que manejar el consumo de agua del buque para que
alcanzara hasta más allá de Perú. Todo lo más allá posible, de
hecho, porque ninguno de los puertos de Callao a Los Angeles era
tampoco garantía de higiene. El cólera no es un problema de gotitas
de lavandina sinó de pobreza, y aquella franja de continente
americano podía perfectamente aparecer en los diccionarios ilustrando la palabra
“miseria”.
Todos estaban un poco paranoicos. Todos sentían
que tenían que aportar algo, alguna idea, para cuidar a los demás
de aquel espectro (Al llegar al Callao, el capitán creyó su
obligación dar algunos consejos. Reunió a todos y empezó
diciéndoles que cuando fueran a tomar algunas cervezas no tomaran
del vaso, ya que éste se contaminaría con el agua de allí cuando
lo lavaran. Había que tomar de la botella. “Capi” le dijo el
tercero de cubierta, “¿y con qué lavan las botellas?”. El viejo
lo miró, los miró a todos, dijo “váyanse al carájo...”, dió
media vuelta y se fué)
Como el gobierno peruano no entregaba agua a los
buques -ni siquiera para motores o calderas- para no tener
responsabilidad en caso de producirse nuevos casos a bordo, había
que cargar todo lo posible en el último puerto chileno… y después
cuidarla como oro.
Al Tipo, que estaba terminando de revisar unas
reparaciones de un taller, se le acercaron en San Antonio, Chile, los
dos auxiliares de máquinas. En comité, cosa que siempre tiene ese
olor a cable quemado de los problemas futuros. Aquellos dos sujetos,
extraordinarios tripulantes, viejos marinos, confiables, y
sinvergüenzas de siete suelas, venían a pedirle permiso para
ausentarse durante todo el día (la costumbre es turnarse según el
horario de guardia) para ir con un proveedor marítimo y comprar
bebidas para el resto del viaje. El cólera y todo eso, ¿vió?: hay
que cuidar el agua…
El día venía tranquilo, ya se habían
conseguido alguien que les cubriera las guardias, y el tipo no vió
ninguna razón para no dejarlos.
Cuando mediaba la tarde y, faltando tres horas para
zarpar, estaciona junto a la planchada una camioneta. Bajan ambos (un
tanto tiesos, rosaditos, y muy divertidos) y lo saludan con la mano
al Tipo que, desde cubierta, ve con desmayo que lo único que hay en
la caja del vehículo, llenándola por completo, son tetra bricks de
Concha y Toro, tinto y blanco. Más tinto que blanco, de hecho.
Empieza un pasamanos por la planchada para subir
rápida y discretamentte la mercadería (formalmente no se puede
subir nada a bordo sin autorización previa del capitán, y
aunque no había porqué pensar que el Viejo se las iba a negar,
tampoco había necesidad de ponerlo en el compromiso de tener que
decir que sí a algo que quizás no estuviera del todo de acuerdo con
las reglas de la Empresa. Probablemente el Viejo estuviera en esos
momentos mirando fijo a los pelícanos del lado del agua para evitar dicho compromiso: Un capitán que sabe verlo todo es inútil si no
sabe que, a veces, no hay que verlo todo)
Al dia siguiente, ya en navegación, el Tipo lo
llama a Quique -uno de aquellos dos mayoristas de bebidas- y le
pregunta
-Che, flor de compra hicieron. ¿Para cuántos
compraron?- (medio amoscado, en el fondo, porque no le hubieran
preguntado si él quería algo de vino también)
-Para Julio y para mi, nomás- (Julio, demás
está decirlo, era el otro pirata)
-¡¿Todo ese vino para ustedes dos?!-
Quique se rie y le explica, como a un nene
chiquito y medio tarado, que el vino argentino y chileno duplica su
precio en Ecuador, centro América y Mexico. Con ese dinero se compra
electrónica en Estados Unidos que se vuelve a vender en sudamérica
-duplicando de nuevo el precio, claro-, y que así se llega con
dinero y sin problemas de aduana a casa.
-¿Pero dónde vas a guardar eso? Porque en
máquinas ya te digo que no, y...-
-Vení- dice Quique, y lo lleva por las
cubiertas, escaleras arriba, pasillo al fondo, sin dejar de contarle
que cuando no navega se hace unos mangos de albañil, y que es de los
buenos, y que es muy buscado por lo prolijo, y que hay un arquitecto
que no hace nada sin él..
-¿Qué tiene que ver con el vino?- se fastidia
el Tipo mientras Quique abre la puerta de su camarote y le muestra el mamparo del fondo.
Subía desde el piso una prolija construcción en
tetra bricks, dos hileras, trabados y con los colores de tinto y
blanco artísticamente combinados. Se dividía en dos al llegar al
ojo de buey, lo bordeaba, y luego estos dos muretes sostenían una
tabla sobre el mismo, desde la cual continuaba la pared entera hasta
llegar al techo.
Orgulloso, Quique señala con el brazo y la mano
extendida:
-¡Ladrillo a la vista!-
(NOTA PARA AQUELLOS INTERESADOS EN LOS RESULTADOS
DE AQUELLA IMPORTACIÓN AMATEUR, JOINT VENTURE E INTERCAMBIO
COMERCIAL INTERNACIONAL: En serio, ¿semejante cantidad de vino
bueno, y no darle ni una probadita?
Y como el barquero es generoso, y le gusta
mostrar las cosas buenas que compró, ¿tomar sólo, sin convidar a
los muchachos?
Por lo que el Tipo pudo averiguar, para cuando el
La Pampa llegó a Guayaquil quedaba tan poco que no valía la pena
buscar un comprador. Además, deshacerse de los tetra implicaba
romper ese amable y divertido clima que se había creado en la
camareta de marinería por las noches, y eso hubiera sido una
lástima.
El Muro nunca llegó a correr el riesgo de ser
objetado por la Aduana de Estados Unidos: como el de Berlín, fué
derribado en medio del regocijo general)
Seguimos con sucedidos de a bordo: EL AJO DEL MISIONES
EL
AJO DEL MISIONES
Desde
que el primer cro magnon se abrazó a un tronco para flotar al otro lado del río se sabe
que, moviéndose por el agua, lo que va a pasar no siempre va a ser
lo que se planeó. En el negocio marítimo (en la vida marítima) “la
rutina”, más que un fastidio, es un anhelo.
Pero
cuando la dirección de la Empresa en la que se navega, muy suelta de
cuerpo, decide que la solución a su incapacidad de obtener ganancias
está en no invertir dinero en mantener sus buques (uno supone que lo
declamarían en pose napoleónica, de pie sobre sus escritorios y con
Carmina Burana sonando en el estéreo), “imprevisto” se
transforma en el primer sinónimo de “rutina”.
Con
las reglamentaciones actuales se podría dar prisión y trabajos
forzados a los comandos de los buques y las autoridades de la ELMA de
los noventa. Pero como eran los noventa, (y como pasa en algunos
neuropsiquiátricos) la locura era tan universal y tan compartida que
se terminaba por aceptarla como la forma racional de hacer las cosas.
El
Tipo venía navegando como primer oficial de máquinas en el Misiones
II, que era de lo mejorcito que la Empresa tenía. Eso no es decir
mucho, en el contexto, pero sirve para rescatar la calidad de la
gente que lo tripulaba, de Capitán para abajo, y que era el
verdadero médico brujo detrás del deambular por los mares de aquel
buque terminal. A falta de plata, la magia del sudor y la
inteligencia lo mantenía operando. Este relato versa sobre una de
esas veces en que no se debería haber sido tan dedicado.
Un
empresario brasilero decide hacer la prueba de exportar a estados
unidos una variedad especial, gourmet, de ajo. Cuando el Tipo empezó
a navegar, al ajo se lo llevaba en bodega, en cajones ventilados, con
todos los ventiladores funcionando al máximo y el olor impregnándose
en la ropa, la piel, y el acero de la estructura del buque. El
brasilero, para asegurarse de que su producto llegara bien decide, en
cambio, mandarlo en un contenedor refrigerado. Tomada esta
precaución, elige Elma para que se lo lleve, (posiblemente para
ahorrarse unos dólares) y eso prueba lo inútil que es tomar todas las
precauciones menos la última.
Un
contenedor refrigerado es distinto a los de chapa que son tan
conocidos hoy. Está muy bien aislado térmicamente, tiene unos
agujeros redondos que se abren o cierran para renovar el aire, y, en
el extremo opuesto a la puerta, un “cassette”, grande como todo
el frente, donde tiene el compresor y todo el equipo de frío.
También están en el cassette la electrónica de control y un
sistema de registro que graba todas las variaciones de temperatura.
Un alcahuete incorruptible, digamos. Elma no alquilaba estos
contenedores, sinó que había adquirido los propios (lo cual era una
buena decisión comercial), y no les ponía un dólar encima hasta
que quedaban inútiles en algún puerto (lo cual era una descomunal
estupidez comercial)
Sube
el ajo en Santos, (invierno), se conecta eléctricamente el
contenedor al buque, e inicia su viaje por las aguas azul prusia del
atlántico, cagado por las gaviotas y oxidándose parsimoniosamente bajo el
spray marino.
Como
la carga refrigerada es una de las más caras que hay, todos los días
los oficiales de máquinas leían y registraban los indicadores de
todos los contenedores. El del ajo empezó bien, y en medio de los
malabares que diariamente había que hacer con todos los equipos para
que siguieran bailando y funcionando, parecía ser una de las pocas cosas
que no iba a dar dolores de cabeza. Hasta que intervino esa cosita de
la latitud.
Puede
ser todo lo invierno que uno quiera, pero más al ecuador uno se
acerca, más calor hace. Y como un equipo frigorífico no es otra
cosa que una pícara forma que encontró la humanidad de sacar el
calor de un lado y tirarlo en otro, cuando ese otro lugar está
caliente el equipo se tiene que esforzar más. El del ajo hacía lo
que podía, pero, poco a poco, hora a hora, se vio que venía
perdiendo la pelea.
El
registrador alcahuete se empezó a volver una amenaza.
El
tipo miró, revisó, y aplicó toda su ciencia. Pero tuvo que
llevarle malas noticias a su Jefe y al Capitán. Resultó que aquel
Carrier llevaba más de quince años cruzando los mares, y el
radiador, que debería entregar el calor de la carga al calor del
trópico, tenía sus láminas quebradizas como el hojaldre, y
remetidas en los lugares por donde debería circular el aire del
ventilador.
Los
Viejos Jefes te enseñan que hay un pacto entre Dios y los oficiales
de máquinas: Él no embarca en nuestros puestos, y a cambio nosotros
no hacemos milagros. El Tipo trató de resucitar a aquel Lázaro, de
todas maneras. Rasquetearon el radiador, lo soplaron con aire
comprimido, le hicieron una sombra para que no le diera el sol (el
sol de los trópicos no es “solcito”: se parece más al horno de
una panadería), pero el alivio fue mínimo. El impresor delator
mejoraba a la noche, pero si uno quería podía ver la altura del sol
en la gráfica que denunciaba cómo el ajo se calentaba durante el
día.
La
idea (muy argentina, por cierto) se le ocurrió al capitán en
Tampico, cuando ya el aire que salía de contenedor al ventilarlo
quemaba. A bordo había contenedores vacíos, que volvían a Buenos
Aires. No se puede cambiar la carga porque las puertas tienen
precintos que figuran en los datos de aduana, pero ¿Y si se cambia
el cassette con el equipo?
Como
todas las cosas que uno termina lamentando al final, aquello pareció buena idea. El
Tipo y su equipo buscaron uno bueno, lo sacaron, sacaron el del
Carrier geriátrico, trasplantaron los órganos y pusieron todo en
marcha (esto se cuenta rápido, pero hay dos o tres baldes de bulones
retirados y vueltos a atornillar en el proceso, y en pos de la
concisión en el relato nos vamos a ahorrar la descripción de la
acrobacia de las grúas colocando las cosas milimetricamente en su
sitio para poder ser ensambladas).
Frankenstein
arrancó bien. En cinco o seis horas había bajado la temperatura, el
aire que descargaba, si bien tenía una fragancia que levantaba la
pintura, no estaba caliente, y el registrador había vuelto a quedar
satisfecho. Y como los mortales nunca llegan a saber con certeza lo que hubiera podido ser si las decisiones hubieran sido otras,
quizás la opción razonable -blanquear la falla del equipo, dar
intervención al seguro y sacarse el problema de encima en Mexico- no
hubiera sido la mejor. Pero sin duda hubiera sido la más sencilla:
como no había responsabilidad alguna de la tripulación en la falla
de refrigeración (bastaba ver la momia Carrier), papel más, papel
menos, nadie hubiera tenido problema alguno con el aborto de misión.
Pero
no. El argentino quiere ganar.
Y,
por lo general, a como de lugar.
Así
que se zarpó de nuevo, con destino a uno de los países más
fastidiosos del mundo y con el ajo refrescándose gracias a la
cirugía de trasplantes.
Una
vez en el golfo de Mexico (acá sí
es verano) “algo” pasó dentro del contenedor. Algo en
el estilo de las películas D de los cincuenta, o de los peores
Godzilla japoneses. Algo en la química del ajo alcanzó una cierta
masa crítica -algo que tenía que haber pasado en Tampico, en el muelle, al día
siguiente de que zarpara el Misiones, pero que la operación
frankenstein disimuló o postergó- y que lo puso a levantar
temperatura, y aroma, en forma acelerada.
Primero
se sospechó del equipo. Al fin y al cabo, si el primero era inútil,
no había por qué esperar que el segundo compitiera por el
campeonato. Pero todos los parámetros estaban bien, todo lo que
tenía que pasar, pasaba. Circulaba el aire, circulaba el gas, las
presiones eran las correctas...y el ajo se calentaba. La conclusión
fue ineludible: el ajo se había transformado en un monstruo, olía
como tal, y no había nada que se pudiera hacer para sedarlo.
Algo
así como si en el buque que traía a King Kong se hubieran percatado
de que el grandote se estaba despertando, y de que tenía
flatulencia.
Hoy
en día el Tipo no se acuerda de a qué puerto iba aquel ajo, pero sí
de que el capitán decidió bajarlo en el primero posible que, a la
sazón, era New Orleans.
Durante
la subida por el Mississippi hubo bastante suspenso, grandes rodeos
en cubierta por no pasar cerca del contenedor gourmet, y todas las
variaciones posibles de desodorante de ambiente. No se pudo
confirmar, pero se decía que, en los buques que cruzaban con el
Misiones, la gente de cubierta se apretaba la nariz. Hasta que
finalmente se amarró.
En
la liturgia del transporte hay una ceremonia que se conoce como
“consolidar”, o “desconsolidar” un contenedor. El tipo, por
ser de máquinas, nunca entendió a qué venía tanta misa; en un
mundo racional, comprobar lo que hay adentro, cerrarlo y precintarlo
debería ser suficiente. Pero, aparentemente, como el contenedor en
sí es un sistema que son tantas las ventajas que tiene como las
posibilidades de hacer diabluras que ofrece, había que tomar
precauciones extra cada vez que se abría uno. Precauciones formales,
se entiende.
Se
le pidió a la agencia marítima que arreglara el cambio de carga a
otro contenedor. La cosa debía ser sencilla: un contenedor
operativo, ya frio, en el muelle, una grúa que sacara del buque y pusiera al del ajo
frente al otro (puerta contra puerta), un empleado de aduana que
desconsolidara, estibadores que cambiaran el ajo de contenedor, y
consolidar de nuevo. Y que algún otro se llevara el nuevo a otra
parte en camión o tren, a ver si el seguro lo consideraba rescatable
o no.
Pero...eran
los Estados Unidos.
Bueno, no, seamos justos: ¿un buque, que viene de México, quiere abrir de apuro un contenedor que no era para New Orleans, y en el muelle? ¿Qué puede traer dentro? ¿Espaldas mojadas, drogas, armas? (recuérdese que se está hablando de un país normal: la idea de semejante falla mecánica no era inconcebible, no, pero parecía más una pobre excusa para cometer un ilícito). Así que antes de que la aduana pudiera hacer nada llegaron dos autos a toda velocidad, bajaron ocho tipos con el apuro del que necesita un baño después de muchas ciruelas, se desplegaron alrededor del contenedor y hablaron con los del puerto.
Bueno, no, seamos justos: ¿un buque, que viene de México, quiere abrir de apuro un contenedor que no era para New Orleans, y en el muelle? ¿Qué puede traer dentro? ¿Espaldas mojadas, drogas, armas? (recuérdese que se está hablando de un país normal: la idea de semejante falla mecánica no era inconcebible, no, pero parecía más una pobre excusa para cometer un ilícito). Así que antes de que la aduana pudiera hacer nada llegaron dos autos a toda velocidad, bajaron ocho tipos con el apuro del que necesita un baño después de muchas ciruelas, se desplegaron alrededor del contenedor y hablaron con los del puerto.
A
bordo, apoyados en la brazola de la banda del muelle, estaba toda la
tripulación, de Capitán para abajo, e incluso -y particularmente-
aquellos que deberían haber estado haciendo algo importante en otra
parte. Interesadísimos y perplejos, como en una lámina de Jan
Sanders, contemplaban la operación con ojos y boca abiertas. Nadie
se extraña si ve a un niño actuar como en las series de tv o las
películas, pero ver a adultos gritándose “Go, go!” o “move,
move!” y dando largos pasos agachados sosteniendo el arma en el
brazo extendido, soportándose una mano con la otra… bueno, era un
espectáculo, si señor.
Abre
la puerta el gringo con más galones, o el más valiente, o el que
vió más series de tv, (hubiera sido hollywodosamente perfecto que
lo hubiera hecho con una patada pero, lástima, en un contenedor no
se puede: abre para afuera. Se perdió mucho ambiente con eso…) y
entra, sin dejar de apuntar. Atrás, enseguida, dos más, repitiendo
el mismo procedimiento -o la misma película-. Cuando se va a
zambullir el cuarto casi es atropellado por los primeros tres que
salen corriendo, tropezando y apuntando para cualquier lado.
Se
alejan unos treinta metros de aquellas puertas infernales y se quedan
doblados con las manos en las rodillas, tosiendo, llorando, y
gritando esas sutiles expresiones norteamericanas que uno se
acostumbró a oír en la tele, o en las películas, en boca de gente a
la que algo le salió para el carajo.
Pero
bueno, pensaba el Tipo, eso les pasa por soberbios. Si se hubiesen
detenido a preguntar antes, se les hubiera hecho oler el aire que
salía del vientre de aquel dragón, y solitos se hubieran dado
cuenta de que no había forma de que ningún inmigrante ilegal
sobreviviera allí dentro, no importa cuán acostumbrado a la comida
mejicana estuviese. Es más: lo más probable es que incluso armas o
drogas terminaran quedando inútiles después de algunas horas en
aquella atmósfera.
Deben
haber llegado ellos mismos a esa conclusión, luego de recuperar el
aliento (el aliento sólo. Los uniformes quizás no los recuperaran
nunca), porque con unos gestos de “Mirá: hacé lo que quieras”
se despidieron de los estibadores y dejaron vía libre para el
traspaso de la mercadería. Hubo que esperar casi diez horas más,
sin embargo, hasta que aquello se enfriara y ventilara lo suficiente
como para que la estiba pudiera comenzar.
Se
pueden decir muchas cosas feas sobre la vida a bordo, es cierto. Pero
de un ámbito donde una humilde caja con ingredientes de cocina puede
escalar a personaje de ciencia ficción, llamar al despliegue de
gringos armados y terminar en paso de comedia no, nadie puede decir
que sea una vida aburrida.
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