sábado, 15 de febrero de 2014

Anécdotas de barcos: Importación amateur

IMPORTACIÓN AMATEUR:

                A riesgo de que algún estómago resfriado nos acuse de apología del delito (ya se sabe que es mucho más prudente conseguir la reputación de justo atacando a los supuestos apólogos que a los delincuentes de hecho. La bala y puñal son mucho más difíciles de llevar a juicio que la palabra, y también mucho más contundentes en su rencor) a riesgo, insisto, de quedar como un publicista de lo inmoral, creo que es necesario ilustrar un poco a las nuevas generaciones de marinos sobre algunos aspectos laterales de nuestra profesión que, hasta no hace mucho, formaban parte visceral del complejo asunto de ganarse la vida navegando.
                Antes de que llegara el fin del mundo, (Para los marinos, el mundo agonizaba en aquella época en que La Rioja terminaba en la General Paz, y terminó de acabarse cuando metieron a las celestes y blancas en bolsitas de residuos) la Aduana era una orden fanática y todopoderosa que había establecido en nuestros puertos un bloqueo tal que, a su lado, el muro del Berlín parecía apenas una cintita desteñida de “Por favor, no pase”. En su patriotismo ciego –estaban convencidos de que la economía nacional reposaba casi exclusivamente en su vigilancia y su celo, y que la industria nacional caería irremisiblemente en un pozo sin fondo si un frasco de perfume francés atravesaba sus minuciosas redes- estos fundamentalistas fiscales vigilaban como perros de presa, recelando de cualquiera que bajase de un barco, sospechando impíos contenidos en cuanto bolsito pretendía salir de su jurisdicción, y encarando con arrogancia inquisitorial al pobre tipo que, después de un montón de días fuera de su casa, trataba de llevarse toda su ropa y sus cosas en un solo viaje para no tener que volver al buque por ellos.
                ¡Ah del impío!: cuanto más equipaje, más pecados posibles.
                Por supuesto, en su ciega ignorancia de la naturaleza humana, estos fundamentalistas del Código Aduanero no se daban cuenta de que, cuanto más obstáculos ponían a la introducción de artículos suntuarios extranjeros, cuanto más cerrado era el mallado de sus redes, tanto más divertido se volvía ceder a la tentación de ver si el propio ingenio conseguía burlarlos (sin mencionar el hecho de en qué medida se encarecían dichos artículos por ley de oferta y demanda). El partido se definía apenas en esos minutos que llevaba salir de la jurisdicción aduanera, pero  se jugaba en tiempos totalmente distintos. El aduanero, rutinario y pasivo, contaba apenas con esos minutos (o las dos horas de inspección a la llegada del buque) para encontrar la mercadería. El marino, creativo, con tiempo libre para pensar, habilidad manual, herramientas y sentido del humor, tenía a su disposición casi dos meses de tiempo para preparar su ardid. La historia registra la construcción de tanques falsos (con tuberías que no llevaban a ninguna parte, indicadores de nivel y todo), puertas disimuladas para acceder a los entrepaños de los mamparos, y más pasadizos secretos que la baticueva. Cuanto más imposible fuese ocultar algo en un sitio, más sabroso el desafío de lograrlo. Y otras veces, como veremos, las historias narran trucos basados únicamente en la sangre fría y el conocimiento de la psicología de los vigilantes.
                Antes de seguir adelante, creo necesario volver un poquito sobre el tema ético del asunto. De la misma manera que la actitud de la Aduana era la del excesivo rigor que caracteriza a la madurez avanzada (como el abuelo Simpson, digamos), la de los marinos se acercaba bastante a la irresponsabilidad traviesa de los niños o adolescentes jóvenes. Eso de ninguna manera quiere decir que no hubiese límites éticos en el asunto, como tampoco se puede decir que los preadolescentes no tienen moral ni ética alguna. El marino no “bagayearía” armas ni drogas: no por miedo a las consecuencias, ni porque le sobrase el dinero con lo que ganaba en otras cosas, sino porque, simplemente, “eso no se hace…”.  La plata tentaba (¡Cómo que no!), pero una cosa era traer equipos de sonido, whisky, cigarrillos o perfumes, y otra traficar con gente o sustancias peligrosas. La línea a no cruzar era que lo que se introdujese en el país no le hiciera daño a nadie.
                De hecho (y corríjanme si me equivoco) en esta importación amateur que hacían los buques mercantes se verificaba la angélica condición de que todas las partes terminaban felices y satisfechas. El vendedor siempre conseguía mejor precio que en su país, el marino hacía su diferencia (y se divertía inventando trucos para burlar a la aduana), y el comprador bailaba en una pata por conseguir aquello que en el país no se conseguía, y barato encima. Y desafío a cualquiera a que me demuestre que la industria nacional se enteraba siquiera de que entraban al país cosas que ni fabricaba y que–a veces- ni siquiera sabía que existían. Si me apuran un poco, lo más pícaro e inmoral que se trajo escondido en mamparos o tanques falsos por aquella época fue material pornográfico; cosas que, hoy en día, se ven gratis en los quioscos de cualquier avenida y que, también, cumplían con la famosa condición angélica de dejar a todos… satisfechos.
                Sobre estas importaciones circulaban numerosas anécdotas; el tipo no tuvo la suerte de estar presente en algunas de estas en particular, pero asume que han de ser verdaderas. Y que si no, por lo menos, si non e vero e ben trovato
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                Al capitán Z (las identidades han sido alteradas para proteger a los verdaderos protagonistas), cuentan, le habían encargado un piano de cola. Alemán, abundan los memoriosos (o los mentirosos dedicados).
                Ahora bien: si bien un barco es una cosa grande –la “cosa grande” por antonomasia, se podría decir- un piano de cola es algo un poco difícil de esconderle a una inspección de las que subían en puerto Buenos Aires apenas amarrado. Y ni hablar de lo difícil que resultaría que pasase desapercibido por las puertas de Cangallo o Wilson.
                Z, dicen, postergó el asunto un par de viajes. Eventualmente, durante una de las bajadas (para los que no dominan el argot barquero –hay de todo, ¿vieron?- “bajada” es la mitad de vuelta del viaje) Z se entera de que su buque tocará Campana antes que Buenos Aires. Por aquella época, Campana era más pequeño que lo que es hoy, el muelle aceitero era una cosa perdida en el olvido, y la cantidad de efectivos de prefectura y aduana apenas bastaba para armar un modesto partido de truco: la vigilancia de muelles y puertas estaba a cargo de un par de perritos flacos y mañeros y, en general, se parecía confiar en la honradez y buena voluntad de todo el mundo.
                Z ve su oportunidad. Compra o recoge el piano, lo estiba con cuidado, y avisa que le preparen una camioneta de flete apenas toque Campana.
                Llega el buque. Estaciona el flete en el muelle, al pié de las plumas. Viran el piano, lo elevan sobre el muelle (no creo que hubiese grúas: es necesario imaginarse un par de plumas trabajando a la americana, amantes,  ostas, contraostas y pajaritos trincadas, y el guinchero jugando con los amantillos. No: dejémoslo así. Otro día lo explicamos). Lo arrian justo en la caja del flete y, justo justo cuando están desenganchando las lingas que sostenían al piano, por la esquina de un almacén, dobla el jeep de la prefectura.
                La foto se podría usar para ilustrar la expresión “in fraganti” en cualquier diccionario. Capitán, buque, flete, compañía: todos irremisiblemente perdidos. Imposible justificar semejante violación de todas las disposiciones aduaneras, de carga, etc. Imposible esconder semejante maniobra. Cualquiera se hubiese abatido por la derrota.
                Z, que miraba todo desde el alerón del puente, empezó a los gritos -¡NO, NO, NO! ¡PAREN TODO!- Sin dejar de gritar (cuentan los buenos narradores de a bordo) bajó por todas las escaleras externas del casillaje indignado y furioso. Corrió por la escala real hasta el muelle, y llegó bufando hasta el flete
                -¡¿DÓNDE ESTÁN LOS MANIFIESTOS DE CARGA?! ¿Dónde tiene los papeles, eh?!-
                El fletero, que por supuesto no tenía la menor idea de lo que aquel energúmeno le gritaba, apenas le respondió con el –“¿Lo qué?”- de rigor. Z se dio un golpe en la frente con la mano, pareció hacer un esfuerzo por serenarse, y los increpó de nuevo -¡LES TENGO DICHO MIL VECES QUE NO ME TRAIGAN NINGUNA MERCADERÍA QUE NO TENGA LA DOCUMENTACIÓN EN ORDEN!
                ¡DESENGANCHEN ESO, YA MISMO! ¡ESO NO SUBE A MI BARCO, CARÁJO ¿ME ESCUCHAN?!-
                Confundidos, los del flete vacilaron (aquello se parecía a lo que habían venido a hacer, pero no del todo…), pero un par de marineros más rápidos la pescaron al vuelo y liberaron de inmediato el gancho, que subió rápidamente a cubierta.
                -No me importa quién lo despachó, ni quién lo mandó a este buque. Mientras yo sea capitán, las cosas se van a hacer de acuerdo a la ley. ¡Llévense esto de aquí, YA MISMO!-
                La camioneta giró en redondo y se alejó higiénicamente de aquel loquero, y cuentan los barqueros de buena memoria que el capitán, apenas desapareció el piano tras la alambrada, se dirigió a los confundidos agentes de prefectura, los reprendió, y les previno que la próxima vez que le llegasen mercaderías de una manera tan informal y tan comprometedora, él personalmente se iba a encargar de presentar una queja en las autoridades de puerto.
                Y cuentan que todo terminó bien.
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                M, joven oficial de máquinas, se compra la moto de sus sueños y disfruta todo el viaje soñando con los kilómetros que harán juntos apenas desembarque (lo que ofrecía la Industria Nacional a tal efecto, en aquellos años, eran unas cositas ordinarias que no resultaban más mortales sólo porque se pasaban casi toda su vida en reparación). Sus compañeros no pueden evitar hacerle notar que todos esos kilómetros empiezan del otro lado de la alambrada del puerto, y que una Kawasaki radiante y nueva no es algo que se pueda esconder en el fondo de una valija.
                M lo piensa un poco, y escucha consejos. Lo mejor que le proponen es empujarla de madrugada con el motor apagado hasta el fondo del puerto (un par de kilómetros), cortar un alambre  detrás de unos pastizales, y salir a través de un baldío y de la playa de maniobras de un ferrocarril (al fondo de la cual, sin duda, lo esperan un reflector, alambre de púas, ovejeros alemanes y ametralladoras)
                A M le gustan más el sol y el mediodía. Baja de noche, sí, la moto al muelle, y la deja estacionada (sucia y un poco grasienta) a la vista de todos. Al día siguiente, en la hora de más tráfico, monta, se calza en la espalda su mochila, y sale para la puerta de Maipú (no me olvidé del casco, no. Por aquel entonces era apenas un adorno que sólo engalanaba las toilettes de astronautas y buzos). Mochila al hombro, culpable clavado. Las autoridades lo detienen y le piden que pase por la oficinita que hace de garita de la puerta.
                M palidece y suda. Bien, opinan las autoridades (aduana y prefectura) al notarlo: ya sabemos que es culpable. Falta ver cuánto.
                Cuando le preguntan por qué iba tan rápido, contesta con el inevitable (y torpe) “no me di cuenta” Cuando le preguntan que lleva en la mochila, va y se descuelga con el aún más estúpido “nada”.
                -Ábrala, por favor- (Parte del ritual de aduana era el tabú que no permite tocar las cosas de los sospechosos. La explicación formal es que es para que no se objete luego el procedimiento acusándolos a ellos de “plantar” las evidencias, pero cualquiera se da cuenta de que es para disfrutar perversamente de la imagen del culpable sosteniendo en sus manos la prueba de su pecado y de su perdición)
                M la abre y por el orificio se asoman tres Johnny Walker etiqueta negra. Baja más el cierre, y se desmoronan dos cartones de Marlboro y dos de Dunhill.
                -¡Ajá!- se les escapa a las autoridades. Hay amenaza, hay reproche, hay veladas sugerencias a gravísimas consecuencias penales y luego, como al desgano, se menciona lo inevitable de empezar con el papelerío que acabará con la tranquilidad de M por vaya a saber uno cuánto tiempo.
                M se agarra la cabeza, ruega, se lamenta, se acusa de estupidez, jura que es su primera vez y luego, viendo que las autoridades no parecen muy entusiasmadas con la idea de agarrar la Olivetti y empezar a teclear, avergonzado, les pide que hagan como que no pasó. Que deja todo, todo en la garita, con tal de que la cosa no llegue a “los papeles”
                Aduana parece dudar. Mira a Prefectura, que mira a su vez por la ventana y se encoge de hombros. Aduana suspira, pone su mejor cara parroquial y, al cabo de una reprimenda y de extraer a M la promesa de jamás volver a tratar de salir con mercadería escondida, le permiten irse (-“Pero por esta vez, ¿eh?”-) . Antes de que M haya arrancado la Kawasaky ya ha empezado el reparto de los etiquetas negras (Hum, tres, cosa difícil) y de los enfisemas. Igual, a M ya no le interesan. Pone primera y sale por la puerta como una escupida.
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                El tipo llegó a Buenos Aires de vuelta de un viaje al mar del Norte. Era segundo oficial de un buque cuyo primero había viajado con su esposa y sus dos hijos. Normalmente, uno de esos viajes familiares implica muchas compras de recuerdos, juguetes, ropas y estupideces varias, pero en este caso en particular, además, se daba el caso de que la señora era una de esas alquimistas modernas, que en vez de transformar el plomo en oro se esmeran en convertir la plata en mierda. Sumado a la debilidad que sienten los marinos por sus hijos (y a un poco de culpa mal cicatrizada, nacida del tiempo que se ven obligados a pasar lejos de ellos), todo ello hizo que el volumen de cosas a sacar del buque fuese algo espeluznante.
                Para colmo, la estadía no iba a ser larga. No se podía ir sacando a escondidas un paquete hoy, dos mañana, y así hasta la zarpada. Para cualquiera que hubiese estado en la situación de tener que cruzar la frontera de alambres de Puerto Buenos Aires, aquello representaba un dolor de cabeza. Los viejos recomendaban usar el mediodía del lunes o del miércoles, en el peor momento de tráfico de camiones y cargas, en la esperanza de que, en la confusión, no decidieran perder el tiempo revisando un auto particular. Pero no dejaba de ser un albur, y con muchas posibilidades en contra.
                Aquel primer oficial cayó al barco con su esposa la mañana del domingo. Nada se movía en el puerto. Las palomas caminaban por el centro de las calles, las ratas trotaban en las sombras cumpliendo atareadas sus deberes ratoniles, y las Autoridades estaban en las puertas, de pié en el asfalto, aburridos como quien espera un colectivo, y a la exclusiva disposición del primer imbécil al que se le ocurriese sacar aunque fuese un diario viejo del puerto.
                El tipo, estupefacto, observaba desde la borda el incesante ir y venir por la planchada de primero y esposa mientras, al amparo de un almacén que los ocultaba de la vista, cargaban el auto con sus paquetes. Para cuando terminaron, un ojo no demasiado entrenado hubiera notado la inclinación hacia atrás del pobre Peugeot, causada por todo el peso metido en su baúl. Ocultos en el piso, bajo unas mantas, se podían ver también los bultos regulares de varias cajas y paquetes.
                El tipo siente que tiene que prevenir al primero, y le comenta sus inquietudes. Por toda respuesta, el otro sonríe y le dice que se quede tranquilo, que tiene un sistema.
                Con la pena que se siente por los jugadores empedernidos que usan la misma frase, el tipo vio alejarse al Peugeot hacia su fatal y solitario destino en la puerta de Wilson.

                El lunes, el primero viene a trabajar. Feliz y satisfecho. En un aparte, el tipo le pide que le confíe su “sistema”, y el otro se lo cuenta
                -Abro todas las ventanillas, y voy despacito. No muy derecho: dejo que el auto se vaya un poquito a un cordón o al otro. Una cuadra antes de llegar al control, empiezo a putear a mi suegra a los gritos. Mi mujer, que parece que no pero cuando quiere se actúa todo, empieza a putearnos a mi vieja y a mí. Yo la miro de frente (no miro ni adelante ni a los costados, manejo así) y empiezo a mandarla a la reconcha de su madre. ¡Para qué!: ella empieza a putearme más fuerte, se mete con mi vieja, me dice cornudo y me grita que me voltié a la sirvienta. Yo le digo de todo, a los gritos.
                Hay que ponerse colorado, ir bien despeinado, y te tienen que salir gotitas de saliva de la boca cuando gritás. La negra incluso cada tanto me sacude un cachetazo. Para cuando pasás frente a los tipos, el auto es un infierno, y desde afuera parece que nos vamos a matar a golpes en cualquier momento. Salgo despacito, gritando enojado, y me empiezo a cagar de risa recién cuando veo por el espejo que ya no me pueden oír…-
                -¿Y funciona? ¿De veras?-
                -Mirá: hasta ahora nunca encontré a ninguno con los huevos suficientes para meterse en medio de una pelea de esposos y pedirles que les abran el baúl.  Una cosa es combatir el contrabando y meterse con piratas  o delincuentes, y otra muy distinta meterse en cosas de veras jodidas…-
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                Y después de que todo quedó en el pasado sin remedio (la plata ganada, gastada, las cosas maravillosas “de afuera” viejas y despreciadas como antiguallas, los anatemas a los impíos reducidos al ridículo) lo único que al tipo le dolería es que se perdieran las anécdotas que son, después de todo, la única riqueza que no disminuye con el tiempo. Brillan un poquito más cada día, mejoran un poquito cada vez que se cuentan.
 Consciente de que estas historietas no son ni las mejores ni las más emocionantes, y de que queda mucha tela sin cortar (por ejemplo algunos personajes como Lugones, el caballero elegante, parecido a César Romero, que revisaba con respeto las cubiertas de oficiales, o El Rata, personaje que podría haber pintado Tolkien luego de una curda de caña y tangos, y que revisaba todo lo demás) el tipo cree que sería fabuloso que otros contaran sus cuentos, sus picardías, sus ganadas o sus perdidas. Sí, da trabajo (y un poquito de pudor), pero, si estas cosas se pierden por no ser contadas, ¿Quién puede ponerle precio a la echazón?

Anécdotas de barcos: El fantasma del Catamarca



FANTASMA EN EL CATAMARCA:

                Una empresa puede dejar librados al abandono y a merced del óxido y la descomposición a sus buques. Tiene todo el derecho. También puede usarlos para navegar, por supuesto. Lo que no puede hacer es ambas cosas a la vez. Parece obvio, pero en los últimos años de ELMA, en la desesperación por mantener viva una organización cuyos principales saboteadores eran su interventor y el poder político, los directivos intentaron esa disparatada alternativa.
                La cosa no podía resultar bien, y no lo hizo.
                El tipo vio muchas cosas feas en aquella época (canibalizar buques parados a escondidas, detenciones en puertos extranjeros, barbaridades técnicas hechas como se pudo para poder seguir unas millas, unos días más, e, incluso, muertos en accidentes perfectamente evitables). Navegar ya no se trataba sólo de conducir los equipos, hacerles el mantenimiento preventivo y solucionar las emergencias, sino que implicaba resucitar a Lázaro con imaginación y habilidad (Y nada más…) perdiendo toneladas de horas de sueño y unos cuantos metros de sistema nervioso en cada viaje.
                A veces, como ésta que vamos a contar, las cosas pasaban de patéticas a ridículas.

                El tipo había caído de primero en el Catamarca II, un buque de excelente construcción pero que, para aquella época, parecía un perro sarnoso abandonado por los dueños. Todo fallaba y todo daba sorpresas desagradables, y más de una vez el tipo sospechó que, de enterarse en la Escuela de Náutica de las cosas que se veía obligado a hacer para que las cosas siguiesen latiendo, ipso facto lo hubieran degradado en público y desterrado a algún sitio en donde no hubiese nada tecnológico que bastardear. Dar el argumento de que de todas maneras el buque “iba y venía” (muy caro a los directivos por aquella época) era confundir crasamente la cinética del asunto. La realidad es que el buque simplemente caía en espiral, y lo hacía irremediablemente hacia un final ya conocido por todos. Lo único que no se conocía a bordo era la fecha exacta, pero sobre el rumbo no había dudas.
                Hacía la línea al Pacífico, propicia, además, para sufrir otros tipos de macanas. Como se descubrió en Quetzal, Guatemala, el Catamarca había sido elegido por un pequeño pelotón de polizones peruanos (evidentemente muy mal informados por su agencia de viajes) para llegar a Estados Unidos. Se descubrió de la peor manera posible. El viaje entre El Callao y Los Ángeles se había prolongado más de lo previsto, el calor era algo lunático, día y noche, y los polizones se encontraron con que ya no tenían ni agua, ni comida, ni reservas de energía para seguir viviendo en el horno de panadería en que se habían transformado las bodegas. Varios lograron salir y bajar al muelle entreverados con los estibadores que cambiaban de turno, pero uno se desmayó subiendo por las escaleras y cayó al plan de la bodega tres. Deben haber sido fácil quince metros de caída a pique que terminaron en el acero del fondo del buque. El pobre tipo quedó totalmente roto, y quizás tuvo la suerte de hacer ese último viaje desmayado.
                No vamos a entrar en el desquicio legal, emotivo y operativo que siguió al hallazgo del cadáver. Si las autoridades de cualquier país entran en arranques histéricos cuando el buque declara tener polizones a bordo (como si los marinos lo hicieran adrede para fastidiar a las autoridades y se lo restregaran luego en la cara por simple perversión), y si un muerto necesariamente pone bajo las peores sospechas a cualquier buque, la conjunción de ambas irregularidades sacudió al Catamarca como un fox terrier a una rata. Los papeles y trámites siguieron por largo rato, pero el asunto del fiambre no podía esperar, así que se lo sacó en cuanto se pudo. La ambulancia llegó once menos cuarto del mediodía, y allí fue, piensa el tipo, donde empezaron todos los problemas. En la hora mal elegida.
                A bordo se almuerza a las once, y a eso de las diez y media, once menos cuarto como mucho, se trata de parar con los trabajos. El fierro de la cubierta era un wok, y se entiende que los marineros quisieran terminar su turno cuanto antes y salir de allí para volver a la sombra y al aire acondicionado del casillaje. En vez de cualquier otra pluma usaron la Jumbo, la más grande de todas, porque ya estaba siendo usada y no había que preparar nada. Y una vez terminado el retiro del pobre polizón, simplemente apagaron los motores y se fueron.
                No cerraron las tapas de los ventiladores de esos motores eléctricos (que, cerrados, hacen imposible que funcionen los órganos de la pluma) ni pulsaron el botón rojo de parada de emergencia, que es algo así como un cachiporrazo en la nuca de los equipos de carga. Se fueron, nomás (por un ratito) y la jumbo (una columna de acero de más de veinte metros de largo y casi un metro de diámetro en la base) quedó allí, acostada en su calzo, horizontal y cociéndose al sol del trópico.
                El pedestal donde estaban los joysticks de control estaba viejo, oxidado, agujereado y más allá de cualquier reparación. O se cambiaba o nada. Como no había repuestos, era nada: se usaba como estaba. Y justo aquel día dejó de prestar servicios. La última cáscara de óxido que sostenía la tapa en su lugar se desvaneció, la tapa cayó hacia adentro de la caja y, justo cuando iba a entrar del todo, una de las palancas de control se trabó en el borde. La tapa (pesadita) entró un poco más, e hizo que la palanca cambiara de posición y que la pluma empezara a subir.
                Como dirigida por una mano invisible, la jumbo empezó a erguirse sobre cubierta. Dos poderosos alambres la llamaban desde los extremos de las columnas en V por entre las cuales trabajaba, sin prisa pero sin pausa, y, para cuando alguien se dio cuenta, ya casi estaba erguida del todo y apuntando como un dedo indignado hacia el cielo.
                Hay unos contactos que, cuando uno de estos brazos llega a su altura máxima permitida, cortan la alimentación eléctrica. Eso, en los buques decentes. En aquel hacía rato que estaban rotos, anulados, puenteados y olvidados. No había repuestos ni presupuesto para semejantes exquisiteces. Así que la vara siguió subiendo y, cuando llegó al máximo, y como la V era un par de metros más baja que ella, se empezó a doblar por la tensión de los alambres. “Agacháte”, parecían ordenarle los brazos de la V a la orgullosa vara.
                La lucha entre la rectitud de la pluma y los tirones de la V fue cortita. Para cuando se pudo detener todo, la otrora viril y orgullosa pluma mayor del Catamarca había quedado bastante parecida a un signo de interrogación.

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                Al tipo lo volvieron loco a preguntas, preguntas cuyas respuestas todos conocían y nadie quería escuchar. Una tarde, cuando se cansó de que tácitamente le pidieran una explicación que no implicara abandono por parte de la Empresa, se hartó y salió con que, sin duda, todo había sido cosa del fantasma del polizón. Murió en esa bodega, lo sacaron con esa pluma… con mucho menos cualquier escritor fantástico te escribe un best seller.
                No sirvió, claro. La cosa siguió luego por los caminos que siguen todas estas grandes macanas. Se la bajó a tierra, y se hicieron todas las notas, pedidos, sumarios y demás cosas. Se reparó, se volvió a clasificar y se continuó viaje.
                Ahora bien: el humor negro de la respuesta del tipo no pasó desapercibido, y pronto se contagió al resto de la tripulación. A cada rato pasaban cosas malas (no por mala suerte, sino por mal mantenimiento, por supuesto) pero el chiste, que ayudaba a sobrellevar la cruz de arrastrar aquel buque agonizante Pacífico arriba y Pacífico abajo, era conseguir referirlo, de cualquier manera, al fantasma. ¿Se cortaba una linga en la bodega 3? El fantasma. ¿Se cortaba en otra bodega? En el puerto anterior la habían usado en la bodega 3, la del fantasma. ¿Se perdía una llave crique para los tensores de los contáiners? Habían pasado antes por la bodega del fantasma. ¿No se cebaba la bomba de refrigeración de pistones del motor principal? Ese día se cumplía un mes de la muerte del fantasma. ¿No andaba el cabrestante? Justo justo antes habían estado hablando del fantasma. Y todo así.
                Pero (y esto es muy importante que se entienda) siempre en chiste, y siempre todos entendiendo que se lo decía en chiste.
                Para cuando el Catamarca logró llegar a Buenos Aires, el fantasma era el culpable obligado de todos los malos ratos, temporales, extravíos, roturas y disgustos de la tripulación. El buque estuvo en puerto cosa de quince días, y es de remarcar que el primer objetivo de la mayoría de los que habían hecho el viaje fue tomarse francos acumulados, o vacaciones, o pedir cambio de buque o enfermarse de cualquier cosa con tal de no volver a apostar las propias pelotas en aquella ruleta rusa flotante. La mayoría (el tipo incluído) lo logró, y todos, con el tiempo, se felicitaron por ello.
                De hecho, nadie de los de ese viaje hizo el siguiente.
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                Tengan la amabilidad de aceptar que un año ha pasado, y que las cosas están, por raro que parezca, aún peor. El tipo tuvo la huída más difícil del Catamarca, porque habían decidió “premiarlo” con el ascenso a jefe de aquel montón de óxido y se negó (doble defección, según se veía desde la comodidad de los escritorios de la oficina). Por más que su excusa fue impecable, no se la llevó de arriba: lo castigaron haciéndolo seguir de primero, y en el Corrientes II –que estaba, si tal cosa fuese posible, peor aún que el Catamarca-
                De todas formas, instituto penal por instituto penal, el primer oficial apostaba mucho menos, legalmente, que el jefe, y el tipo, si bien seguía saltando como sapo la guadaña, por lo menos no veía ningún tribunal en su inmediato futuro. Eran épocas bravas, y había que conformarse con bailar con la menos renga de todas.
                En puerto Buenos Aires, una noche y durante la sobremesa, el tipo conversaba con el oficial de guardia de cubierta. No era del buque. Se trataba de un capitán que, en espera de su barco, hacía guardias un día de cada tres por haberse quedado ya sin francos ni vacaciones. Buen tipo. Simpático. Y lleno de disgustos acumulados, como todos por aquella época.
                Café va, café viene, el tema fue cual fue el peor viaje sufrido últimamente.
                Para aquel pobre hombre, lo peor había sido el último viaje del Catamarca (no el último suyo en el buque, sino el último del buque. Luego de ese viaje quedó tirado en Ramallo para la venta). Descubrieron, así, que ese viaje en particular había seguido al que le había tocado al tipo. La charla, entonces, ya siguió un curso ineludible. Lo peor de todo, decía al respecto aquel pobre capitán,  no fueron  las roturas, averías y desgracias varias, sino, y principalmente, el fantasma.
                -¿El fantasma?-
                -¡Claro! ¿No oíste hablar del fantasma del Catamarca?-
                El tipo, que lo había inventado, se hizo el otario y pidió que le contasen.
                Con la minuciosa rigurosidad con que se narran aquellas cosas que debieron ser narradas varias veces (a veces incluso escrita en varias copias, todas de un mismo tenor y a un solo efecto), el capi arrancó desde que, en aquella estadía en la que el tipo huyó, se cambiaron las tripulaciones. Aparentemente, no era fácil conseguir gente para tripular aquel elefante moribundo, y, tal como ocurría con las galeras, o las carabelas de Colón, o los balleneros como el Pequod, echaron mano de lo que pudieron encontrar (que, por lo general, resulta ser aquello que las demás empresas no quieren). Lo tripularon con una mezcla un tanto ordinaria de gente conflictiva, contestataria, poco animosa y, como se vería después, sin los patitos en fila.
                En el breve interregno en que convivieron con los salientes escucharon varias veces el chiste del fantasma. Pero como la esencia del chiste era parecer que se lo decía en serio, y aquellos chicos no notaron la sutileza, para cuando quedaron solos empezaron a dormir con la luz prendida y la puerta del placard cerrada.
                Todo hubiera ido bien si el buque hubiese producido los dolores de cabeza usuales, pero aquel viaje (por aquello de la caída en espiral) las cosas fueron peores. Salieron con poco combustible, con la idea de cargar en Talcahuano, Chile, que era más barato. En los canales fueguinos, que son bellísimos pero que no perdonan el menor error de maniobra, las bombas de refrigeración de pistones –que ya venían fallando todo el viaje anterior, y que (¡sorpresa, sorpresa!) no repararon en Buenos Aires porque, de todas maneras, el buque iba y venía- terminaron de morirse. El Catamarca se quedó sin motor, sin motor el timón es apenas una cosa que queda bonita en la popa, y se fueron sobre las piedras.
                La espera de marea, de remolcador y, probablemente, de los fondos para pagar el salvamento resultó muy poco amena para los tripulantes, ya que se acabó el combustible. Sin diesel oil no hay electricidad, y sin electricidad no hay agua, ni cocina, ni calefacción, ni agua para desalojar del inodoro pasajeros indeseables. Pasaron unos días sucios, barbudos, en la oscuridad, con frío, comiendo cosas asadas en cubierta e izando baldes de agua salada desde el mar para usar en los baños y controlar el hedor. La comida congelada o enfriada se fue pudriendo, hubo que tirar las verduras, y las radios murieron, también, casi de inmediato.
                El rescate no solucionó gran cosa. Al haberse apoyado en las piedras, aparentemente, se deformaron las bancadas del cigüeñal del motor principal. Nada tan abananado como para fundir el motor, pero si lo suficiente como para que levantara temperatura, así que hubo que navegar a marcha muy lenta para no destruirlo. Así encararon el mal tiempo, bellaqueando asquerosamente más del doble del tiempo normal y rogando poder, por lo menos, seguir así hasta salir de los temporales. Las cosas siguieron fallando cotidianamente, y el asunto del fantasma cobró cada día mayor verosimilitud. Ya no era un vago temor: el fantasma era una realidad indiscutible y siniestra. Un demonio negro que clamaba venganza y que, quizás, sólo infringía estas sevicias como advertencias de que, si no se le entregaba a su víctima desocupada, terminaría por hundirla con los inconscientes de a bordo que se hubiesen negado a partir.
                El miedo, sumado a la incomodidad y al exceso de horas de trabajo, empezó a meterle a la gente en la cabeza que, quizás, fuera buena idea ir preparando el bolsito.
                La relación de roturas, problemas con la comida, con el agua, con el tiempo, y entre los mismos tripulantes que le hizo el pobre capitán al tipo sería demasiado larga y triste para este pequeño artículo. Lo importante es que hicieron eclosión y llegaron a su clímax en El Callao. Allí (narraba el capitán con los ojos espantados del que aún no puede creer en lo que vio) se enfrentó a lo más parecido a un motín de que él tuviera recuerdo. Maestranza y marinería (todo el buque menos los oficiales, aunque sospechó que más de uno  de estos estaría secretamente del lado de los que hicieron el reclamo) se presentaron frente al capitán y le informaron que no pensaban seguir viaje en un buque embrujado. Él no se rió: pudo ver el temor en los rostros de aquel grupo, y supo que un mal movimiento podía dejarlo sin tripulantes y hasta, quizás, con un diente menos. La gente tenía miedo, y estaba convencida que, de seguir así, el buque tendría una desgracia.
                Pero le ofrecieron una alternativa. Si el conseguía algún tipo de exorcismo, si sacaba de a bordo el fantasma, intentarían seguir viaje. No era momento para ser lógico ni para sostener principios racionales: aquella gente estaba más allá de toda llamada a la sensatez y, también, con muchísimas ganas de usar cualquier excusa para dejar aquel patacho infame y volverse a casa.
                Hizo de tripas corazón, habló con la agencia marítima, les explicó el problema, y consiguió un médico brujo indio. A medianoche, a la luz de los reflectores, el indio hizo sus morisquetas sobre la tapa de bodega, pegó unos gritos terribles, bailó, escupió pisco, echó humitos y, finalmente, declaró al Catamarca libre de espectros vengativos.    
                El viaje continuó, pero, por supuesto, nada mejoró en absoluto. Llegaron hasta Ecuador, y la Empresa les dio instrucciones de dejar de arrastrarse por la costa oeste del continente y volver, como pudieran, a Buenos Aires.
                El tipo no tuvo entonces más remedio que confesar la parte de la historia que el capitán no sabía, a la sazón, que el fantasma era un chiste. Y, para peor, su chiste. Se ligó unas cuantas puteadas desganadas pero, finalmente, el sentido común prevaleció y ambos estuvieron de acuerdo en que aquella maldición (y la payasada del médico brujo), vistas a la distancia, no fueron nunca lo peor de aquel viaje. Lo más censurable, si se quiere, no fue el humor negro de inventar el fantasma para explicar la decadencia del barco, sino la actitud cómoda, imbécil, muy popular a bordo, de culpar las cosas malas a las influencias misteriosas de la yeta, la mufa, o la mala suerte, en vez de darles arranque a las neuronas y buscar la causa verdadera de lo que sucedió. Lo primero es un tanto grosero, pero tiene la excusa de ser producto del humor y la inteligencia. La creencia en fantasmas, mufas y yeta, la profese quien la profese, denuncia estupidez y pereza. Siempre fue más fácil decir que las cosas salieron mal porque se nombró a fulano (que es mufa), o a tal buque, o porque alguien no les pagó a las putas, o porque otro silbó, o porque te pasó el salero en la mano; especialmente cuando la verdadera explicación es que uno no midió el aceite, se olvidó de controlar las temperaturas, o trazó la derrota por sobre unas piedras.
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                El tipo (pero desde mucho antes del fantasma, por cierto) tiene como norma de conducta nombrar siempre que puede a tripulantes y barcos mufa, silbar a bordo, pasar bajo escaleras, dejar que la sal caiga donde quiera y jugar con gatos negros: gracias a eso aprendió mucho sobre el porqué verdadero de las macanas… y se divirtió muchísimo haciendo tocarse los huevos a infinidad de compañeros.

Anécdotas de barcos: El cocodrilo de el La Pampa



EL COCODRILO DE EL LA PAMPA

Hay una historia muy conocida sobre un caimán (moderadamente portátil) que crió un electricista en su camarote durante casi seis meses, y que terminó chicoteando en la salida de Cangallo, prendido furioso e inamovible de la mano del marinero de Prefectura que cometió la grosería de introducirla en el bolso para buscar contrabando. Lamentablemente, no es esta.
El cocodrilo de que se va a hablar fue una solución desesperada que, por dudar de que se encuentre en manual alguno de electricidad, el tipo considera necesario legar a las generaciones venideras.
El La Pampa las había pasado mal en el golfo de Penas, saliendo para San Antonio Chile, y como consecuencia de ello se le había inundado el pañol de proa. Como este pañol contenía todo el control eléctrico de los cabrestantes, el buque se quedó sin la posibilidad de recuperar cualquier metro de cadena de ancla que soltase, por lo cual entró sin espera y se pasó un tiempito de reparaciones hasta que se reconstruyeron todos los tableros. Luego estos funcionaron mal y quemaron el motor del cabrestante, se rebobinó el motor y se volvieron a reconstruir los tableros. Quizá el lector piense que un poco de agua no puede hacer mucho daño (especialmente si no conoce mucho de buques) pero, para que se dé una idea, el pañol, visto desde la tapa que tenía en el techo, tenía todo el aspecto de un modesto natatorio. Cuando la pintura que flotaba, o los trozos de madera que las olas hacían estrellarse contra los mamparos se apartaban un poco, era posible ver, en sus profundidades, las tripas sumergidas de contactores, fusibles, interruptores, etc. Si eso no le da una idea, tal vez sea más gráfico pedirle que se imagine qué haría con la electroquímica de sus neuronas el que alguien le inundara el cerebro con agua salada y luego se lo sacudiese con un par de pedazos de madera dentro.
Pero todo tiene arreglo dentro del universo técnico, y el buque zarpó de nuevo con sus cabrestantes impecables.
Y pasó el tiempo, y avanzó el viaje.
Volviendo de Los Ángeles (y, por suerte, en navegación) hay un pequeño principio de incendio en el tablero eléctrico principal, en el circuito de una de las grúas de carga. Lo apagan (eran otras épocas, claro. Casi no había matafuegos de polvo químico, y apagar un tablero eléctrico no era la victoria pírrica que se consigue al destruir con el polvo lo que se salvó del fuego). No se entiende bien qué pasó pero, como la grúa no estaba funcionando, la carga eléctrica era poca y el chispazo no pasó de un susto. El tipo cambia los contactores, revisa los fusibles, prueba y se queda tranquilo. No es nada fuera de lo común que ocurran cosas que se solucionan sin que nadie entienda bien por qué, y la experiencia indica que, a veces, lo más prudente es agradecer y cruzar los dedos.
Hasta que vuelve a explotar ese circuito.
El tipo (primer oficial de máquinas, por aquel entonces) alumbra, mira (alumbrar con la linterna un tablero eléctrico tiene algo de reconfortante: no suele servir de mucho per se, pero se siente como si se lo asperjase con agua bendita) y encuentra unas sospechosas manchas blanco-cristalinas en la zona de la explosión. Las prueba y mira, estupefacto, a los muchachos de máquinas que lo rodean. Lo blanco es sal marina.
Hay gotas de agua de mar en el único lugar del buque donde es físicamente imposible que las haya. Y en donde quizás resulten también más peligrosas.
Más linterna, más miradas, más cuidadoso inspeccionar los circuitos desconectados, hasta descubrir que el agua gotea lentamente desde casi medio metro más arriba. De los tres conductores que salen hacia el cabrestante de proa.
La primera reacción es considerarlo un error, un imposible. Esos conductores no están desconectados y están manejando 380voltios: si hubiese agua haciendo contacto entre ellos (salada, además) el cortocircuito volaría todos los fusibles y seguridades… no sin antes regalarle al atento público una explosión de esas de cambiarse la ropa interior.
Pero resulta que ES (como cuando llora una estatua de la Virgen) Sigue habiendo 380 volts en las tres fases, sigue llegando a proa sin problemas, y, al mismo tiempo, sigue goteando agua de mar desde el cobre de cada una de las tres fases. Y sin explosión. Bueno: sin explosión hasta que las gotas caen sobre el circuito de la grúa. Ahí sí, ¡PUM!
Dos termos de mate después, el pool de neuronas de máquinas (flor que sólo puede ser apreciada en algunos cuartos de control, y sólo bajo ciertas condiciones de amenidad y profesionalismo muy particulares) llega a una teoría aceptable para explicar la cosa. Entienden que cuando el cuarto de proa se inundó, el conductor de media tensión quedó sumergido y sometido a presión hidrostática. Se empapó de agua salada, y por capilaridad chupó más aún de lo que la presión podía meterle.
Los trabajos en San Antonio secaron perfectamente la punta de proa del cable, de modo tal que, si bien dentro de cada uno de los tres conductores de cobre había agua, en los chicotes no había ninguna que permitiera viajar a la electricidad de uno al otro y causar así un cortocircuito. Como los forros de esos cables tienen una aislación excelente, el agua no pudo hacer otra cosa que permanecer encerrada e inofensiva.
Luego, y como la proa siempre está más alta que la popa, el agua, dentro de cada forro del cobre, empezó a viajar hacia atrás. Pasó por la bodega uno, la dos, la tres, la cuatro, se metió bajo el casillaje, bajó hasta sala de máquinas, y, una vez allí,  la muy hija de su madre se descolgó sobre la alimentación a la grúa.
¿Por qué no explotó en máquinas, en el tablero de alimentación al cabrestante? Fácil: llegaba a una bornera donde los tres extremos de los tres conductores estaban atornillados uno junto al otro. Como el agua no anda de costado, el agua de uno jamás tocaba el agua del otro, y la corriente no llegaba a establecerse.
Bien. Ahora había que dedicar un tercer termo a decidir qué hacer. No se podía desconectar el cabrestante de proa (Anclas siempre había que tener), pero tampoco se podía admitir aquel flujo de lágrimas explosivas dentro del tablero principal, particularmente sobre la parte de las grúas que, cuando operaban, comían relámpagos. Tampoco se podía dejar de operar en carga y descarga; no, por lo menos, si los maquinistas apreciaban en algo la posesión de sus propios genitales.
¿Qué hacer?
Apareció entonces el cocodrilo. No nació como tal, por supuesto. La idea (un ejemplo de pensamiento lateral, que le dicen) fue no resignar nada, sino trasladar un problema que no tenía solución a otro sitio donde resultase inofensivo.
Se amuró detrás del tablero principal y perpendicular al mismo una tabla de pertinax (nadie sabía muy bien qué hostias era el pertinax, de qué estaba hecho o de qué animal se sacaba, pero la cosa era que a bordo siempre había mucho, y que aislaba muy bien la electricidad). Se le hicieron tres agujeros, y se colocaron en ellos tres gruesos bulones. Luego se sacó del tablero un grueso cable con los 380 volts que había que mandar a proa, y se abulonó de un lado de la tabla (de modo que las puntas del cable quedasen abajo, y el cable llegase desde arriba)  Del otro lado de la tabla, como sin duda ya se habrá adivinado, se conectaron los cables llorones que venían de proa, y con la misma orientación arriba/abajo: la idea era que el agua cayera fuera del tablero, pero que la electricidad pudiera seguir fluyendo.
Claro que, comprendieron, una tabla rectangular  podía permitir que el agua se juntase en su canto inferior antes de caer: si ello sucediese (aha, adivinó) PUM. Así que el tipo, con arte y con gusto, aserró, limó y pulió alrededor de los bornes para que los mismos quedasen en el extremo inferior de unas puntas muy aguzadas. Gota que escurría, gota que se arrastraba por el diente hacia abajo y caía. Y ya que estaba, le dio una cierta inclinación al borde superior de la tabla que hizo que el extremo amurado al tablero fuese bastante más ancho que el que estaba en voladizo. Por razones de peso, dijo.
Las risas empezaron mucho antes de que la prueba del circuito resultase satisfactoria. No sólo se habían resuelto las explosiones de las grúas y el goteo de los cables llorones dentro del tablero, sino que, además, se había construido detrás del tablero algo muy parecido a la muestra de una vieja taberna inglesa. De haberlo previsto antes de conectar, con muy poca pintura se lo podría haber bautizado como “la posada del caimán baboso”, “Taberna El Lagarto Hidrofóbico”, o algo por el estilo.
Se terminó la tarea con el clásico y ritual gesto de ponerle una lata debajo (de dulce de batata, en virtud del radio de goteo), y se acordó no vaciar el agua recogida hasta que la lata rebalsase o se llegara a Buenos Aires –lo que ocurriese primero- como evidencia a presentar ante los señores Inspectores de Electricidad de la Empresa (los cuales, dicho sea de paso, terminaron agarrándose la barriga de risa ante el aspecto triste y mojado del cocodrilo baboso del La Pampa)
El tipo no volvió al buque, pero le contaron que la risa de los inspectores amainó bastante al explicárseles que la única solución apropiada para el problema era cambiar todo el conductor (o sea algo casi tan largo como la eslora del buque, y enhebrado para mejor en lo más profundo de su espinazo).
Al tipo no le consta, pero le contaron que el buque se terminó vendiendo con el cocodrilo puesto, como las chemise Lacoste: Si existe el hechizo mágico de la vida eterna, la primera frase del encantamiento debe ser  –“Bueno, esto es provisorio. Por ahora lo dejamos así”-