miércoles, 23 de mayo de 2018

Escribir en un blog tiene un cierto parecido con el orar en un templo: gran parte del encanto del asunto depende de si uno cree en que haya Alguien (invisible, mudo) escuchando del otro lado.
Yo carezco de fe en ambos casos -y no por pesimista, sinó por razones puramente empíricas- pero, como muchos otros que no creen en dioses pero entienden que la liturgia sirve para algo, cada tanto vengo por acá y depongo lo que en ese momento creo corresponder.
Hoy cuento que he subido a internet dos libros más que tenía casi casi terminados, y que dormían en sus soportes magnéticos por falta de ese último empujoncito de voluntad que necesitaban para ser públicos. Los eventuales e hipotéticos curiosos pueden conseguirlos en:  https://espanol.free-ebooks.net/search/Carlos+Duro , o en: https://www.bubok.com.ar/autores/carlosduro
No voy a explicarlos, (porque un libro, o es una explicación de si mismo, o es un fracaso), ni a pedir disculpas por los mismos, que es algo que me tienta bastante. Baste decir que allí están, gratis para quienes leen ebooks, al costo para el resto que necesita tocar papel. Al igual que con los dibujos, me consuela la moderna -y bastante ingénua- esperanza de que estas minimas danzas de electrones que son la información web dure más que el papel.
Sería lindo confiar en que fuese el prestigio, la calidad o la fama lo que preservara mi trabajo del daño del tiempo, pero.... es como orar en un templo.

jueves, 22 de octubre de 2015

 Mi mamá encontró estas cosas, sobrevaluándolas como de costumbre. Yo las levanté con el scanner y las subí a este blog, no tanto para preservar el patrimonio artístico de la humanidad como para no perder un simpático registro de qué cosas hacía yo a los quince años con los pocos materiales que tenía.






 "Galera libelulóptera"


 "Gitanería a lo bestia"
"Vegetar: habitar un vegetal"

sábado, 12 de abril de 2014

ANÉCDOTAS DE BARCOS: SISSI TOMANDO SOL



SISSI TOMANDO SOL:     
            (Como este artículo se refiere a una dama, no sólo cambiaremos su apodo, sino también el nombre del buque. El que conozca, reconocerá, y el que no, deberá conformarse con el cuento)
            Sissi era la enfermera del Río Bastante.
            Sissi era desesperantemente bonita, con un rostro muy parecido al de Graciela Alfano, largos y rubios cabellos, un cuerpo al que ningún cuello masculino se podía resistir (si te daba dos vueltas alrededor, tu cabeza podía girar dos veces sobre sí misma y desnucarte) y una simpatía fresca y constante que daba a luz infinitas malinterpretaciones cada cosa de tres segundos y cuarto.
            A Sissi le importaba un cuerno que los chicos de a bordo se entusiasmasen demasiado con su figura, y en vez de disimularla y buscar un perfil bajo como tantas, se vestía y andaba por allí como se le cantaba la real gana (Por ejemplo: Parte de las obligaciones del enfermero de a bordo era fumigar pasillos y rincones del buque contra cucarachas y bichos varios. Lo ideal era hacerlo de noche, cuando andaba poca gente por allí que se pudiese contaminar con el producto antes de que secase. Una noche, por culpa de algo que falló de madrugada, el tipo volvía a su camarote desde máquinas subiendo cabizbajo las escaleras. Unos metros antes de su cubierta se detuvo en seco: delante de sus ojos, cansados por el sueño y el trabajo, en dos peldaños sucesivos de la escalera, había un par piecitos calzados con sandalias de taco alto. Levantando la mirada –esto lleva más tiempo contarlo que vivirlo- vio que se continuaban en aquel famoso y largo par de piernas, y que Sissi había decidido trabajar vestida con su bikini y un camisón que apenas llegaba a medio muslo, -que aunque midiese más no habría hecho diferencia, porque era más transparente que un vidrio empañado-. Fue difícil para el tipo, pero dejó sus manos donde estaban, saludó y se fue a acostar. Dormir ya fue otra cosa…).
Sissi iba a los asados en cubierta con una tolerita tan liviana que parecía hecha de telarañas, que no le llegaba al ombligo y que el viento vivía prometiendo en vano alzar hasta sus hombros. Sissi salía con unos pantalones blancos que producían ondas de caos en el tránsito automotor de las calles por donde paseaba. Y Sissi tomaba sol con la bikini más perversa que hubiera podido conseguir.
            De más está decir que Sissi conseguía producir efectos sísmicos entre los muchachos, en forma proporcional a los días que estos llevaban lejos de casa y sin ver una mujer que no estuviese en una revista. Sissi salía a pasear en puerto con algunos, y era raro que le permitiesen pagar su parte del taxi. Les encantaba invitarla a comer. Tenía siempre su camarote y sus cosas reparadas y pintadas, casi sin tener que pedirle a nadie que lo hiciera por ella. Sissi no parecía tener jefe ni superior a bordo (Sissi era una excelente muchacha, debe aclararse, y jamás usó ni abusó de este privilegio), y parecía vivir cada viaje en una inocente ignorancia de hasta qué punto arreaba a la tripulación sin usar más riendas que las hormonas ajenas.
            El tipo evitaba todo lo posible quedar dentro de su campo magnético, no por virtuosismo ni por una calidad moral superior, sino por liso y llano cagaso: Sissi no parecía ser del tipo descartable, y su adherencia no era algo que dependiese de ella, sino de la propia voluntad de uno. Y así íbamos muertos, pensaba el tipo.
            Entiéndase bien: de ninguna manera Sissi hilaba deliberadamente aquella telaraña que capturaba las fantasías y deseos de todos los varones heterosexuales del buque. Simplemente generaba a su alrededor (involuntariamente, sin duda) las condiciones necesarias y suficientes para que cada uno construyese su propia correa para que lo sacaran a pasear. Se puede luchar contra las intrigas de otro –otra- pero ¿cómo se desinfecta uno de los propios berretines?
            Como el tipo se había abierto de la competencia por sus favores, podía contemplar el desarrollo del torneo desde afuera, siguiendo las instancias con maravilla y, a veces, con estupefacta incredulidad. El mecanismo, en sí, era fascinante. Todos deseaban poseer a Sissi (digámoslo francamente), y el mismo hecho de que todos lo desearan lograba que ninguno pudiera hacerlo. Jamás se supo con certeza si alguno tuvo suerte –conociendo la pasión del marino por contar sus cosas, esto es casi una certeza absoluta de que nadie la tuvo- pero siempre se rumoreó que el capitán “picaba” en el asunto. La especie nunca pudo ser comprobada ni desmentida, pero su efecto se sumó al de la universalidad de las atenciones que Sissi recibía, y terminó por cerrar el cerco mágico que parecía preservarla.
            Todo el día estaba rodeada de gente. Todo el que tenía un rato libre pasaba a charlar por la enfermería, o se la encontraba en el comedor, o la acompañaba a la pileta. Entre tantos “amigos” era muy difícil encontrar la manera de tirarse un lance, por más discreto que fuese. Y si se fuese indiscreto, y aunque los demás adoradores de la Diosa le perdonaran la falta de respeto “a una compañera de trabajo, che…”, estaba siempre presente la certeza de que el atrevimiento llegaría a oídos del capitán. Y andá a saber qué hacía aquel tano celoso cuando se enterase…
            Sissi jamás dio a entender que fuese una muchacha seria, formal, casta y fácil de ofender. Más bien al contrario. Pero tampoco tuvo un elegido conocido que descartase a los demás. Esta media promesa alentaba las ilusiones que su falta de pareja no podaba, así que, en vez de un novio amante que la cubriese de atenciones y veintinueve descartados que rumiasen su despecho, tenía treinta aspirantes esperanzados y dispuestos a todo por tratar de conseguirla.
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            El Río Bastante tenía una de esas clásicas piletas de lona de buque mercante, de cuatro por cuatro por dos de hondo, hechas con caños y lona impermeable. Se armaban apenas empezaba el calorcito, y se llenaban con agua de mar limpia todos los días. De “bañeros” oficiaban el Jefe de máquinas y el tipo, que estaba de primer maquinista: se encargaban voluntariamente de vaciar, cepillar, y llenar la pileta, y de cualquier arreglo menor que necesitase. Era algo normal: capitán, comisario y enfermeros, que trabajaban dentro del casillaje, usaban y disfrutaban de la pileta, pero eran los maquinistas, que no veían el sol jamás durante sus horas de trabajo, y que sobrevivían en un lugar donde la zona fresca eran los 42ºC quienes más necesitaban de ese esparcimiento exterior.
            Los marineros, por el contrario, estaban al sol desde primeras horas de la mañana hasta casi la hora de la cena, sacando pintura vieja, pintando, y engrasando. Tenían el cuero del color de una montura vieja, y los ojos achicharrados de ver pintura blanca, sol y reflejos sobre el agua. La gran diferencia entre secciones se notaba, pues, al mediodía. El trabajo se cortaba a las diez cuarenta y cinco: cubierta almorzaba rápido y trataba de meterse en el lugar más oscurito y fresco posible hasta la una. Máquinas almorzaba rápido (cuando almorzaba: el tipo, por ejemplo, pasaba de largo) y subía a la pileta y al sol hasta que no tenía más remedio que volver a bajar.
            Esto era así en todos los barcos. Todos menos en el que navegaba Sissi. Sissi tomaba sol, tendida en su reposera, desde las once y media hasta… bueno, hasta que se le daba la gana. A su alrededor, sentados derechitos en los bancos largos que se usaban para el asado, los asados marineros le hacían compañía, charlando, escuchando música y contando chistes. El tipo, que tomaba sol un par de cubiertas más arriba, se reía solo mirando (y comprendiendo) el espectáculo: los muchachos no usaban malla ni se metían al agua: vestidos con su ropa de trabajo, acalorados y sudorosos, compartían el dilema que les planteaban un secreto deseo de volver al aire acondicionado del camarote, y un miedo camorrero a perder su lugar y que otro aprovechase para sacarle la novia. Sissi podía decidirse en cualquier momento por uno de ellos, debían pensar, ¿Y si justo lo hacía cuando uno estaba durmiéndose una siestita? Visto desde arriba, el espectáculo era cosa para antropólogos: la diosa tendida boca arriba, de bikini negra y habano en la boca (bueno, si, algún defectito tenía que tener…) y a su alrededor, sentaditos y sin sacarle de vista, sus fieles y célibes adoradores.
            La cosa se disolvía (al unísono, como es de rigor entre desconfiados) un poco antes de la una. El tipo quedaba allá arriba, sólo con su libro, y la Sissi (que no tenía equipo de música, pero a la que el mas viejo de los marineros le había prestado uno nuevo, carísimo, recién comprado) allá abajo, escuchando Julio Iglesias, friéndose en Hawaian Tropic y bajándose habanos.
            Hasta aquella tarde terrible.
            La pileta estaba vacía. La habían vaciado y cepillado aquella mañana, y el tipo, que había tenido otras cosas que hacer, no había llegado a llenarla aún. Decidió esperar un poquito, leer algo y después poner manos a la obra. No era ningún lanzamiento de la NASA, pero, como todos sabían que era el chiche de los dos maquinistas, dejaban que estos hiciesen toda la maniobra. El único peligro cierto del asunto era que la pileta se llenaba con una manguera de incendio. Las líneas de incendio de un buque no son chiste: cuando una manguera está descargando, se pone más dura que la cubierta de una moto, y tira para todos lados como un gran danés en una exposición de gatos.  Si uno no está bien parado, lo puede sentar de culo.
            Como nadie iba a quedarse dentro de la pileta parado y sosteniendo la manguera hasta llenar los dos metros de agua, se le colocaba a esta un peso de hierro lo suficientemente importante como para obligarla a mantener su cabeza contra el piso. Lo único que el tipo tenía que hacer, aquella tarde, era meter la manguera en la pileta, atarle bien el peso a la boca, y dar agua de incendio hasta que rebalsase.
            Quiso el destino que Aquella Tarde el mozo de maestranza no abandonara a la diosa cuando los demás tuvieron que ir a trabajar. No tendría trabajo urgente que hacer, quizás, o tal vez hubiera juntado coraje suficiente como para correr el riesgo de abandonar sus tareas y conseguir así esos diez minutos a solas que necesitaba para seducir a Sissi. El tipo, allá arriba y concentrado en lo que fuera que leía, apenas tenía el conocimiento marginal de que había visto a alguien de pié junto a la pileta, en una pose muy Gardeliana de codo en la barandilla y pucho bailando en la otra mano.
            Deseoso de complacer a la Sissi (que parecía darle más bola a Julio Iglesias) el galán le preguntó si quería que le llenara la pileta. A Sissi le pareció buena idea, y su expresión agradecida hizo despegar a aquel misil humano tres cubiertas en dos saltos. El servicial galán llegó agitado al puente, y pidió que pusieran en marcha la bomba de incendio para llenar la pileta.
            Desde el puente se gobierna el buque, y tienen muchas cosas más importantes que hacer que andar interrogando al Ultimo Orejón del Tarro sobre la verdadera necesidad de llenar la pileta, o cuestionar su autoridad para solicitarlo. Además, estaban acostumbrados a que, a  aquella hora más o menos, se hacía eso. Así que, sin más, apretaron el botón.

            El tipo bajó el libro cuando escuchó los gritos.
            Se asomó, y vio allá abajo a la furia desatada de una manguera de incendio descontrolada.
            Sin el peso en el extremo que la doblegase, aquella serpiente se fue desenrollando hacia arriba a medida que la bomba ganaba presión, y descargó al final su chorro blanco hacia el cielo. Ese fue el primer grito de Sissi: El agua fría que le cayó desde lo alto, sin respeto al habano ni a la revista. Pero casi enseguida la cosa se puso peor: al descargar presión, la manguera cayó y empezó a viborear por el suelo, pegando contra las paredes, rebotando chorros contra todo, y sacando al carájo los banquitos de asado. Cada vez que se doblaba lo suficiente como para estrangularse acumulaba presión y parecía serenarse un par de segundos, y estallar luego en nueva y mayor furia cuando el agua conseguía enderezarla y salir. Y cada vez que hacía esto se levantaba y golpeaba todo con su pesada boca de bronce.
            El tipo le gritó a Sissi que se metiera debajo de la escalera. Por suerte Sissi no era de las que entran en pánico y se guareció bajo los peldaños de acero: los chorros de agua que recibía debían ser dolorosos, pero si la golpeaba la cabeza de bronce de la manguera le podía romper algo importante.
            Entre correr al puente o cerrar la válvula, el tipo se decidió por la válvula, que estaba allí nomás, de la otra banda. En el breve trayecto pudo ver, de reojo, cómo la manguera se desplegaba y descargaba su topetazo de agua blanca contra el equipo de música, desarmándolo en miles de peqeños componentes Sony y silenciando a la vez a Julio Iglesias, todo en un breve y glorioso segundo. Apenas empezó a cerrar la válvula del otro extremo de la manguera, la furia de esta subsidió. El tipo se apuró a ver si Sissi estaba consciente (tenía los pelos como un galgo afghano recién rescatado de la inundación, pero estaba entera), y no pudo menos que detenerse a contemplar el desastre: los banquitos de asado volteados y detenidos antes de caer al mar por las barandillas del buque, la reposera de Sissi hecha un moño, las tripas del equipo de audio mezcladas con las hojas sueltas de las revistas que venía leyendo, y algún habano a medio fumar flotando en el agua que, lentamente, se perdía por los trancaniles.

            No se consideró necesario (o útil) reprender oficialmente al Ultimo Orejón, porque el haber puesto a la Diosa en peligro fue suficiente como para que los demás acólitos le explicaran las verdades de la vida a bordo. Sissi quiso pagar el Sony al marinero que se lo había prestado, pero este, displicentemente, le dijo que no hacía falta: esas cosas pasaban…
            Y el tipo, al volver al camarote de máquinas tarde a la noche, encontró una cartita que le habían pasado bajo la puerta. Era de la Sissi, agradeciéndole emotivamente el haberle salvado de una manera tan rápida y eficiente. El tipo hizo muchas cosas muy difíciles a bordo en todos estos años de navegar, pero meter la cartita esa en un cajón y olvidarla deliberadamente debió ser, supone, una de las más jodidas.

miércoles, 9 de abril de 2014

ANÉCDOTAS DE BARCOS: EL "PAQUETE" DEL RIO NEGRO



EL “PAQUETE” DEL RIO NEGRO:

            Los barcos ya habían entrado en esa época oscura en que las drogas a bordo, en vez de una rareza, se volvieron una peligrosa posibilidad. El mercado se había extendido, las generaciones nuevas de marinos, en uno u otro momento, habían “probado” y no sentían por los estupefacientes ese horror casi religioso de los viejos (cosa que no los volvía automáticamente traficantes, pero si les sacaba un prejuicio y los acercaba un poquito más a la tentación), y la plata en juego era mucha, y parecía fácil.
            Ciertos puertos eran un dolor de cabeza, en parte por la oferta, y en parte, también, porque el caos era tan grande durante la operación que no había forma de controlar qué subía a bordo y dónde quedaba. Ya no se podía confiar en todos los tripulantes, y el tamaño de lo que se contrabandeaba era tal que, salvo por accidente o delación, no se podía nunca estar seguro de no haber embarcado sin querer algo de aquella porquería.
            El Río Negro estuvo unos días en Santa Marta, Colombia (Sí, sí: la que tiene tren pero no tiene tranvía…aunque hay quienes dicen que la versión original enfatizaba el hecho de que lo que faltaban eran las vías) Una noche hubo a bordo una de esas fiestas con chicas de tierra –de las que se alquilan, ¿se entiende?- y fue tan salvaje que el tipo, junto con otros muchos otros tripulantes, optó por encerrarse en su camarote y tratar de dormir tapándose la cabeza con la almohada.
            A la tarde siguiente lo llaman para ver qué se podía hacer con las duchas y baños de cubierta principal, que no drenaban bien. Se habían probado los inútiles exorcismos de siempre (sopapas, aire comprimido, matafuegos, líneas de incendio) y terminaron, como de costumbre, recurriendo a máquinas. El tipo miró los planos, siguió las tuberías, y dispuso desarmar un tramo de tubo donde probablemente estuviese la obstrucción. No era raro que las tripas del buque se taparan cuando había mujeres a bordo, y esperaban encontrar la consabida obstrucción de esas cosas que siempre avergüenzan a las chicas (aunque porqué las avergüenza tirarlas a un tacho y no a un inodoro es un misterio que mi cerebro masculino jamás pudo aclarar). Se llevaron la desagradable sorpresa de encontrar un codo de cuatro pulgadas cerrado con un manojo de jeringas.
            Como a bordo todo se sabe, luego de la zarpada se comentó que las niñas traían con ellas su propio suministro de alegría en polvo, de varios tipos, y que la compartían generosamente con quienquiera que se la pidiese. Al tipo le extrañó que aquellas humildes prostitutas pudiesen pagarse esos lujos y convidar encima pero, como se encontraban en el país de origen, supuso que las cosas serían más baratas para los nativos. En otros países se maravillan de que todo el mundo coma carne de vaca en la Argentina, así que, salvando las diferencias, ambos fenómenos se podían explicar por las particularidades productivas de cada país.
            Los hechos probaron, más tarde, que la explicación era otra. Quienes buscaban una mula que transportase su producto debían saber primero a quién proponérselo. No podían hablarlo con todos y cada uno del buque, porque corrían el riesgo de encontrarse con un viejo estúpido que empezase a los gritos, ofendido, o con otro que no aceptase, discretamente, pero que después anduviese comentando por allí que lo habían “tocado” para hacer el viaje: todo el mundo sospecharía de inmediato de todo el mundo, y la cosa sería mucho más difícil. El método de selección, entonces, pasaba por el convite de las chicas. Aquel marino que aceptaba y consumía no podía hacerse mucho el ofendido, y lo más probable era que agarrase viaje. No había riesgo de meter la pata con gente derecha, y hasta capaz que se le podía vender algo a la misma mula.


            Tres días después de zarpar, un domingo a las dos de la tarde, al tipo lo llaman de máquinas (el buque, en navegación franca, no tenía guardia de oficial maquinista porque su electrónica lo calificaba como apto para “guardia desatendida”. Y la Empresa le tenía tanta confianza a esa electrónica que había dispuesto una guardia de veinticuatro horas con los tres engrasadores del buque). El engrasador le dice que no es una emergencia, pero que tiene un problema eléctrico.
            Cuando el tipo baja, y después de dar muchas vueltas, avergonzado, el engrasador le dice que no hay ningún problema. Que encontró un “paquete” escondido sobre unos tanques de fuel oil. Que ya tuvo problemas por drogas hace un tiempo (en una redada andaba con un amigo que tenía una bolsita de marihuana encima, y que la policía le había dejado una colección de moretones bastante completa, con la promesa de proceso –y muchos moretones más- si lo volvían a pescar) y que no quería más lola.
            El tipo evaluó las posibilidades. De blanquear el asunto, en principio, lo que se conseguiría sería marcarlos a él y al engrasador como entregadores: bueno desde el punto de vista procesal, malo para la salud. Luego, y como nadie deja en esos paquetes una tarjeta de “favor devolver a fulanito de tal, teléfono tal, dirección tal”, ni había forma en que una huella digital –de haberla habido- hubiera sobrevivido a la mugre, aceite y calor del lugar donde estaba escondido el regalito, todo el buque quedaría marcado como principal sospechoso. No hay que engañarse: aquello de “todo el mundo es inocente hasta que se demuestra lo contrario”, todo aquel andamiaje argumental de la televisión policial, donde sesudos detectives se desviven para encontrar entre los sospechosos al verdadero culpable y reunir pruebas para condenarlo, eso, no corre para los marinos. Para la mayoría de las legislaciones mundiales, el culpable es el buque, así, in toto. Separar la paja del trigo es mucho trabajo, y el barquero no cuenta con prensa que lo defienda, así que todos los que estaban a bordo son considerados como más o menos culpables. Quizá no vayan todos presos (aunque ha pasado), pero sin duda todos los legajos quedan manchados. Y aunque uno sea inocente, si vuelve a estar en un caso similar,  el legajo le juega en contra y se puede encontrar de repente en una cárcel turca sin otra esperanza que la de que no duela mucho.
            Este engrasador hacía guardia de mediodía a cuatro de la tarde, y de medianoche a cuatro de la mañana. El tipo apareció a las dos de la mañana, le dijo al otro que se perdiera por ahí, trepó al tanque, sacó el paquete, fue a cubierta y contribuyó un poco más a la contaminación de los mares.
            Hasta allí, fácil
            Pero el tipo se cree astuto, y no pudo evitar que su cabecita loca se pusiera a estudiar la cosa.
            Lo ponía mal el lugar que habían elegido para esconder el “paquetito” porque era un lugar en absoluto práctico. Para quien no era de máquinas parecía ideal: un espacio donde no había nada que hacer, de no más de cuarenta centímetros de alto, al que se entraba por un agujero pasahombre no mucho más grande que la tapa de un inodoro, a cuatro metros sobre el piso y en un lugar mal iluminado de máquinas. Este espacio era profundo, y no había forma de ver qué había en el fondo sin trepar deliberadamente y espiar el fondo con una linterna.
            El problema era que era tan perfecto para esconder cosas que, a vuelta de cada viaje, uno de los primeros sitios que revisaba Aduana era ese. Nadie de máquinas sería tan tonto de esconder algo allí. El tipo llegó a la conclusión, entonces, de que el bandido era alguien de cubierta o de cámara, y que unía a su deshonestidad una peligrosa ignorancia de las costumbres de Aduana en máquinas: Si no escondía bien (y NO escondía bien), si las autoridades encontraban su contrabando, no sólo el buque iba a ser sospechoso, sino que los primeros sindicados como culpables iban a ser los de máquinas (“Si está en tu sección es tuyo” suponen los Sherlock Holmes de Aduana)
            ¿Qué hacer, qué hacer?
            El tipo concluyó que la cosa ya lo superaba, y pensó que lo mejor sería llevarle el problema al Jefe. El Jefe ya era mayorcito, cercano a su retiro y poco amigo de meterse mucho en las cosas de máquinas (eran otros tiempos…) pero sin duda, cuando el tipo le explicase el peligro que corría la sección, le demostrase que hacía falta revisar concienzudamente toda la sala de máquinas, y que era fundamental el mayor secreto, el Jefe le agradecería el dato y colaboraría con él en lo que hiciera falta.
            Curiosamente, no fue así. El Jefe se enojó, sin que quedara en claro cual cosa en particular originaba su enojo. Aparentemente, el primer causante de su molestia fue que el tipo le hubiese contado. (“-¡Uuuuh…No me traigás problemas, no me traigás problemas…!-“fue su sesuda evaluación de la crisis) El segundo causante fué que en el mundo pasasen esas cosas. Y el tercero, que se esperaba de él algún tipo de medida. Aceptó guardar el secreto y pensar qué se podía hacer, ofendido aún por la incomodidad que el tipo había metido en su vida.
            Dos horas después el tipo fue llamado al camarote del capitán, el que le preguntó si era verdad todo lo que el Jefe (el que iba a guardar el secreto, ¿se acuerdan?) le había contado. El tipo reconoció que si, y se tuvo que aguantar el reto del capitán. No sólo eso: tuvo que soportar que le mostrara la cajita con reactivos químicos que le habían provisto, junto con un manual sobre cómo usarlos para identificar estupefacientes, y todo el protocolo para proceder en caso de encontrar mierda a bordo. Fue inútil que el tipo le explicara que nada de eso servía para indicar un culpable, sino apenas para pintar una cruz negra sobre el barco: el viejo venía jugando con la idea de hacer de detective y, tal vez, ganar algo de gloria como defensor de la ley. Sin riesgo, claro, porque, siendo él el denunciante, las posibilidades de quedar manchado eran mínimas.
            Y el tipo venía a decirle que no tenía caso, porque toda la evidencia estaba en el fondo del mar (alterando seriamente la conducta de muchas especies de la zona, suponía). Como con lástima le mostró al tipo que también tenía un equipo para huellas digitales, y tuvo que aguantar la evidente aclaración del tipo de que, para subir a un tanque que se mantiene por arriba de los sesenta grados hay que tener los guantes puestos o las manos de amianto.
            Finalmente, luego de un par de frustrados rezongos más, lo dejó ir, pero bajo la solemne promesa de que, si volvía a ocurrir algo así, el tipo no iba a volver a actuar por sí mismo sino que iba a dejarlo en manos de quienes estaban preparados para manejar situaciones como esa. El tipo le dio todas las garantías posibles, murmuró un “Tomá de acá…” apenas salió al pasillo y volvió a máquinas, a ver qué hacía.
            En el cuarto de control se encontró con todos los muchachos, que le pedían que cuente cómo había sido la cosa. El tipo había desoído aquel principio fundamental de la vida a bordo, que advierte que el único secreto que el marino guarda es el propio, y ahora lo pagaba con la incómoda celebridad de ser “el que tiró el paquete al agua”.
            Como la cosa ya no tenía arreglo, siguió para adelante y organizó una requisa rápida pero inteligente de todos los lugares obvios para esconder cosas en máquinas –los que todos conocían y nadie usaría jamás- y concientizó a todos a tener los ojos abiertos por si aparecía algo en un sitio no esperado. Por su parte se sentó a esperar la represalia de el o los correos que transportaban el paquete, (sólo, porque en ningún momento se mencionó al engrasador y éste se cuidó muy bien de no reclamar su porción de gloria), pero esta nunca llegó. Quizás proceder contra él en navegación hubiese sido lo mismo que firmar una confesión escrita, y quizás, también, como estaba tan claro que un idiota a bordo había tirado la cosa al agua, ninguno de sus “empleadores” podía acusarlos de haberse quedado con la carga para uso o lucro personal. La cosa quizás se pusiera fea en tierra, pero tampoco pasó nada. El tipo se desembarcó pronto y se fue a Entre Ríos de licencia, y nunca tuvo problemas por el asunto.
            Nunca más, tampoco, pudo volver a encontrar un rincón oscuro y perdido sin desconfiar de él y alumbrarle el fondo con una linterna.

ANÉCDOTAS DE BARCOS: EL CUADRO DEL ALMIRANTE





EL CUADRO DEL ALMIRANTE:
-El tipo y un capitán muy simpático con el que le tocó navegar en el La Pampa descubrieron, en una de esas charlas de sobremesa, que ambos habían pasado en diferentes momentos de su carrera por el Almirante Stewart (No por el almirante en sí, claro, sino por el buque que llevaba su nombre) Y si bien lo hicieron en momentos diferentes, ambos compartían la experiencia de haber viajado con el capitán que más lo tuvo a su cargo –que es casi como decir el capitán al que el uso y costumbre, y su propia convicción, entendían como dueño del barco-
            Ambos conservaban una memoria indignada de dicho capitán, y la charla se convirtió en una letanía de amargas críticas al comportamiento de aquel sujeto. Al tipo le tocó, entre otras cosas, contar sus pésimas experiencias durante el Famoso Caso de La Torta (que quizá otro día aparezca en este blog), y el capitán correspondió con su propia expulsión del Stewart por motivos de conducta.
            Lo echaron por jugar a los dardos usando de blanco el retrato del Almirante. Para muchos puede ser un motivo más o menos fundado, pero necesariamente tienen que ser personas que jamás contemplaron aquella obra. El tipo, que la conocía, simpatizó inmediatamente con el capitán exiliado.
            Para aquellos que piensen que no era para tanto, baste decir que, cuando el tipo conoció el buque, el retrato estaba en la comisaría del buque, en una pared del fondo y a la sombra. Se lo entreveía por entre los barrotes del mostrador (aquella oficina conservaba aún la vieja tradición de proteger con acero al comisario de las manifestaciones de disconformidad de los tripulantes), y causaba una impresión bastante fulera. El pobre almirante, de creer en el artista –que, en vista del resto del retrato, parecía bastante bueno y fidedigno- no era de por sí algo que alegrara la vista contemplar. Calvo, de mandíbulas fuertes, poco cuello y ojos pequeños, de haberse presentado como actor hubiese conseguido en seguida algún papel como el malo sádico de la película. El cuadro lo presentaba de uniforme blanco, de las rodillas para arriba y en escala casi 1:1.  En una mansión, en un edificio gubernamental, quizás la cosa hubiese pasado desapercibida: en un buque, cuyos techos están apenas por arriba de los dos metros diez, aquel paño presentaba un problema decorativo. La única forma de que pareciese un cuadro y no una puerta era colgarlo cerca del techo, y esto tenía el desgraciado efecto de hacer que el almirante quedase mirándolo a uno desde arriba. Como no se sabía bien dónde miraban esos ojos chiquititos, y como su expresión tenía un algo de censura, era inevitable sentir que el tipo lo vigilaba a uno, y que no estaba para nada satisfecho con lo que veía.
            A bordo contaban que, de astillero, el óleo había sido ubicado en el camarote del capitán (en aquella época los buques salían decorados con óleos originales), pero que pronto fue “donado” al comedor de oficiales. Ningún capitán podía vivir cómodo con Mussolinni mirándolo en la intimidad. Del comedor fue retirado casi de inmediato por arruinar las comidas de quienes comían allí, y, para cuando el capitán del La Pampa hizo su malhadado viaje en el Stewart como primer oficial, el retrato ya había pasado a un sereno exilio en el salón de oficiales, donde ya nadie le daba mucha pelota.
            En el salón se leía (allí estaba la biblioteca) se escuchaba o se tocaba música, se conversaba de sobremesa, y –sobre todo- se hacían copetines y picadas. Los copetines, a veces, (justo es reconocerlo) dejaban a la gente sumamente alegre y, en ese estado de caída de las inhibiciones, no es raro que el nuevo primer oficial de cubierta manifestase su profunda inquina ante la mirada de soberbio desprecio del Almirante. Y como una cosa lleva a la otra, y como el marino no es hombre de andarse con vueltas cuando tiene una inquina con algo y cuenta  con las herramientas con qué descargar su ira, organizó ipso facto el campeonato de dardos que le terminó por acarrearle a él la pérdida del puesto, y al almirante un serio caso de puntos negros en la tez y en la inmaculada blancura de su pechera.
            Pero la realidad es que no fue por eso por lo que lo cambiaron de barco, no señor. En Nápoles, un mes antes, había descubierto algo que haría imposible su pertenencia a bordo. Se lo contaba al tipo, años después, con los ojos aún desorbitados por la incredulidad.
            El Buque había empezado a descargar a la mañana siguiente a su llegada. La descarga y descarga de un buque de carga general era, por aquel entonces, un caos estentóreo en el cual sólo aquellos que eran del oficio podían discernir algún tipo de orden. Todas las tapas de bodega estaban abiertas, todas las plumas estaban trabajando, sacando bultos y transportándolos por el aire hasta el muelle, en todas las bodegas había una multitud de estibadores y algún que otro fork lift moviendo pallets, fardos, cajas y bultos diversos, por cubierta iban y venían estibadores, capataces, marineros, gentes del buque, alguna autoridad de puerto, y en el muelle había más fork lifts, camiones acelerando y tocando bocina, muchos estibadores más, apuntadores, y tipos que nadie sabía bien qué eran pero que también pululaban sobre los adoquines. Había cajas que se caían y se rompían, pedazos de madera que se retiraban del trincado, y granos, aserrín, aceite, flejes… y todo el mundo gritaba. Algunos hablaban por walkie talkie, es cierto, pero la tradición, lo clásico, lo que relajaba el espíritu era el alarido, y la mayoría se decantaba por él.
            A este panorama caótico súmesele el que el puerto era Nápoles, y se tendrá una idea lejana de lo que contempló desde el alerón del puente el primer oficial de cubierta. Eso quizás explique el que tardara un poco en darse cuenta del camino de hormiga que iba de la bodega que traía café de Brasil hacia el casillaje del buque. Cuando la vio, abrió los ojos estupefacto, y se quedó unos instantes sin saber qué hacer.
            De la bodega salían tripulantes del buque con bolsas de café al hombro. En vez de enviarlas a tierra, donde debían, las llevaban a las entrañas del propio buque. Una hilera de bolsas iba hacia la puerta de cubierta, y otra salía de ella hacia la bodega. Los oficiales a los cuales pensaba recurrir el primer oficial para detener aquel ilícito, su contramaestre, sus marineros de confianza, eran quizás los más atareados con el transporte. Todos los de la cocina  iban por la fila, vestidos de blanco y con el delantal de laburo aún anudado al cuerpo, y todos los mozos con sus pantalones negros y camisas blancas. Algunos de máquinas también hombreaban con ahínco las pardas bolsas de arpillera.
            Siempre se aceptaba que algo de la carga podía quedar a bordo, en concepto de cajas rotas o de “barrido de bodega”. Los cargadores lo sabían, y aceptaban aquellas pérdidas como parte del costo del flete, sin hacer jamás un tema de ello. Pero aquella fila de hormigas cortadoras se estaba robando la carga, lisa y llanamente.
            Sin saber cómo proceder, el primero fue al camarote del capitán. Vale la pena aclarar que estamos hablando de un capitán de los de la vieja escuela: culto, aristocrático, digno y alejado siempre de cualquier familiaridad con los tripulantes. Estricto e inflexible. Concurrir a su camarote siempre era una experiencia intimidante: el viejo lo atendía a uno con cara de archiduque de Austria, sentado en un sillón repujado y con tachas, y detrás de un escritorio que podría llegar a usarse como bote salvavidas por su tamaño. El juego de escritorio de bronce, los oleos en las paredes de madera oscura, la lámpara de cristal verde, la enorme biblioteca a su espalda… el ambiente hablaba de una majestuosidad y de una importancia ajena por completo a las debilidades de los simples mortales.
            Cuando el primero entró, el capitán estaba estudiando las carpetas que el pilotín de cubierta le estaba presentando (algo así como la tesis para recibirse de oficial). Levantó los ojos de los papeles, intrigado por la interrupción, y escuchó la denuncia urgente de su primer oficial. Cuando éste terminó de pintar el inadmisible cuadro de toda la tripulación (oficiales incluidos) acarreando carga ilícitamente por cubierta, el viejo lo miró serio e indignado pero sin perder en absoluto la elegancia de su indudable sangre azul.
            -Hacéte el bolúdo- le ordenó.
            El primer oficial (no hay que olvidarse de que era su primer viaje en el Stewart: no conocía bien al viejo, y siempre quedaba la posibilidad de no haber escuchado bien, o no haber captado algún matiz de humor o ironía en su voz) preguntó de nuevo qué quería el capitán que se hiciese. En serio. De veras.
            -Hacéte el bolúdo, te dije-
            Y allí, en una epifanía digna de mejor causa, el primer oficial, que podía hacerse pero no era, comprendió cuánto de barniz tenía la aristocrática rectitud de aquel sinvergüenza.
            Sin embargo, de vez en cuando suena un tiro para el lado de la justicia: en medio de la confusión del muelle aparecieron algunos guardie di finanze (Aduanas, para nosotros) que no se había previsto anduvieran por allí (o que habían quedado fuera del soborno) y se armó la de dios es cristo. Gritos, patrulleros, gente de uniforme, y todo parado hasta que terminaran las actuaciones.
            El camarote del capitán pronto se vio lleno de autoridades y de gente del consulado. Volaban órdenes, papeles, inspecciones. Gritos, sellos, máquinas de escribir y papel carbónico. Cuando la cosa más o menos se calmó (tarde a la noche, y sólo una vez que se hubo consensuado la multa y el soborno correspondiente para que la cosa no pasara de allí), se reunieron el capitán, el primer oficial y el representante de la Empresa en la zona. El capitán estaba furioso, indignadísimo con la burda ralea de truhanes que le había tocado por tripulación, y por el terrible problema que le habían causado con su deshonestidad.
            -Quiero que los echen a todos. De la Empresa, no del barco. Los quiero a todos despedidos- le descerrajó al de la Empresa.
            -¿A todos?- preguntó éste, sufriendo ya de un agudo dolor en la entrepierna al pensar en el costo de los pasajes de los reos y de sus relevos, y mirando sugestivamente para el lado del primer oficial
            -A todos. Estaban todos metidos. Que los echen a todos-
            El primer oficial tosió discretamente, y le dijo –A mi no, capitán. Yo fui el que le avisé, ¿se acuerda?-
            -¿Vos me avisaste? ¿Seguro che?- (esto debe leerse imaginándose que suena con el clásico impedimento de dicción que padecen nuestras clases acomodadas. Algo así como una papa en la boca, para los que nunca tuvieron el disgusto de escucharlo…)
            -Seguro- Y sacó entonces el as que tenía en la manga –Estaba el pilo delante cuando yo le avisé- Miró fijo al capitán, medio por las cejas y con ganas de guiñarle un ojo pero sin atreverse -¿No se acuerda de que estaba delante, entregándole las carpetas?-
            Sin que se le moviera un pequeño músculo del rostro, el viejo dijo que ah, sí, se acordaba. Que a éste no, pero que a los otros los echaran a todos.
            Y los echaron, nomás. Y vino una tripulación de cubierta nueva.
            Y unas semanas después, por un juego de dardos justiciero, el capitán decidió que tampoco quería más en su buque al irrespetuoso del primer oficial de cubierta.